No sé si estos trenes seguirán ahí, oxidándose en una especie de basurero improvisado a la entrada del Barrio Chino de la Habana. La foto la hice en el 2009.

sábado, 29 de mayo de 2010

[6] Cómo nos vestíamos, 2da Parte


(Foto de tarjeta de productos industriales, año 1991. Nótese que se quedó sin usar. Nada podía comprarse en las tiendas: el Período Especial había comenzado)

Había varias cosas sagradas en la “cómoda” de mi madre. Una de ellas, un pequeño cofre estilo japonés donde vivían enterrados fragmentos de cadenas de oro, aretes solitarios, anillos sin piedras y alguna que otra joya servible, pero condenada al letargo por ser demasiado ostentosa para lucirse en las colas de las tiendas o en las aulas de los preuniversitarios, prácticamente los dos únicos espacios por donde mi madre podía desfilar cada día. En las almohadillas del cofre, donde debían reposar los anillos había, sin embargo, un ensarte de alfileres y agujas que socorrían a mi madre cuando hacía “costuras”, y a veces, junto a las cadenas, los carreteles de hilos enredaban sus madejas formando una algamasa de oro y colores que simulaba exóticas joyas. El cofre tenía, entonces, doble función: era el joyero y el costurero de la casa.

La otra cosa intocable, como si fuese una estampilla de santo consagrada, era una delgadísima libreta con números, letras y líneas para rasgar. Aquel cartoncillo era casi más venerado que las joyas rotas de la familia. Con ella, mi madre compraba en las tiendas, de vez en vez, los zapatos del año, los juguetes de reyes -básicos, no básicos y adicionales-, alguna que otra ropa imprescindible, y metros y metros de tela -poplín chino de colores, laster, nylon: tejidos calurosos de diseños horribles-que almacenaba en una gran gaveta para cuando tuviese tiempo y pudiera convertirlos en lujosas prendas de vestir.
Había una sola casilla al año para “ropa interior”, algo absurdo para las mujeres que dio pie a una canción obscena en la que se enumeraban las dos partes involucradas en esa especie de “decisión de Sofía” tropical: había que elegir tapar una u otra.
Pero estas compras eran posibles si coincidían milagrosamente algunos factores: que ese mes “surtieran” las tiendas, que el “surtido” fuera el adecuado como para arriesgar un cupón, que “tocara” nuestra letra y que, por último, ese día mi madre pudiera escapar de su trabajo y dedicar la jornada a las colas.

(Arriesgo el precio de una llamada a Cuba para recuperar estos datos y una voz ilusionada se anima a repoblar mi memoria.)

Apenas recuerdo cómo se compraba en aquel entonces. Solo conservo la imagen de la libreta intocable y las largas colas en las tiendas: yo tirada por el piso, cansada de estar de pie por horas, y mi madre suplicándome que aguantara un poco más, que ya estábamos a punto de llegar al mostrador, aunque al final, la cola se bifurcara en pliegues infinitos y calurosos como los mismos rollos de telas. Vivíamos haciendo colas y eso lo aprendimos desde la infancia. Nunca alcanzábamos lo que queríamos; llegábamos a casa deprimidas y con el color más opaco, la textura más áspera, el juguete menos atractivo, o a veces, nada.
Recuerdo que muchas veces se compraba por comprar: después de tres horas de estar de pie, cuando al fin lograbas mirarle la cara a la vendedora, le decías ya casi sin aliento: "dame lo que queda" (y ese "lo que queda" quedaba vegetando por las gavetas o colgado en el fondo del escaparate). Si era una talla mayor lo que nos ofrecían, pues mejor, podría ser usado más adelante. (Tengo la sensación de que siempre llevábamos la ropa poco entallada, de tal forma que sirviera para varios años, y dentro de la cual, como en Alicia en el País... -¿en Cuba?- el cuerpo iría acomodándose hasta, finalmente, desbordarse.

Como una letanía que justificaba su fracaso, mi madre repetía que los hijos de trabajadoras no tenían los mismos derechos que los de las coleras. Por suerte, tanto ella como mi abuela sabían coser y cuando decidían ponerse manos a la obra, convertían la casa en un espléndida anarquía de retazos deshilachados: abrían el cofre japonés de los alfileres, instalaban la máquina Singer- y lograban hacer del laster más vulgar una bata preciosa que lucía con orgullo -previas jornadas, claro está, de "pruébate esto", "cuidado no te pinches", vuélvetelo a probar".
Aún guardo en casa el vestido con el que me disfracé de Pilar para un desfile por el 28 de enero, en homenaje a José Martí. Aquella bata rosa con grandes lazos a la espalda se volvió una tortura cuando el laster, incitado por el sol, olvidó la nueva función que le había sido otorgada y empezó a picar indisciplinadamente. Pilar tenía ganas de llegar a casa y regalarle el vestido a la primera niña que pasara por delante, como el personaje del poema de Martí, feliz de andar descalza y semidesnuda por la playa.

Creo que nunca alcancé los juguetes básicos y no básicos (que eran los más grandes y por los que se “mataban” en las colas). De todas formas, algo siempre me “tocaba” y cuando no era de mi agrado, ahí estaba la foto de "Paulita" -aquella niña pinareña, como yo, que acariciaba un leño por muñeca-, para recordarme que debía estar feliz y ser agradecida por los siglos de los siglos. La imagen de Korda (tomada antes del 59') me acompañó siempre. Fue el chantaje perfecto para sintetizar las figuras de los reyes -que ni siquiera podían ser los padres- en un solo Dador, aquel que nos ofrecía juguetes a cambio de cupones.


Recordando los juguetes que tuve, rememoro un pinocho plástico cuya nariz era un peligro para mis ojos, pero al que amaba incondicionalmente. Un día me regalan un pinocho más pequeño y decido que éste será el hijo de aquel y se llamará “Pinochet”. Evidentemente el nombre sonaba tanto en los noticieros que lo creí aceptable, y por supuesto, desconocía su origen, su peso nefasto en la Historia. En una de esas tardes de juegos estaba en casa celebrando el cumpleaños del muñeco cuando mi madre me pide que la acompañe a hacer alguna gestión urgente. Salimos "disparadas" y no nota que llevo en una mano el juguete y en la otra un letrero, como hacíamos en los desfiles, hecho con mi mejor caligrafía. Iba por la calle mostrando, orgullosa, mi pancarta. Sin embargo, empezamos a notar que la gente nos mira asombrada, y cuando mi madre descubre el por qué -el letrero decía “¡Viva Pinochet!”- me grita en plena calle como nunca y de su enfado solo entiendo que deberé ponerle a mi muñeco otro nombre y ¡punto!. Teme que alguien haya avisado a la Policía y regresamos a casa prácticamente a trote, con el sudor frío del miedo.


Luego de esta etapa de colas y tejidos nacionales vendrían las “Tiendas de la Amistad”, donde se podía encontrar productos de los países socialistas de Europa del Este y de mejor calidad que los autóctonos. (En realidad ambas alternativas coincidieron en el tiempo, pero mientras una fue empobreciendo su oferta cada vez más, la otra se iba encareciendo). No se necesitaba cupón alguno para estas tiendas amistosas, pues la limitación eran sus precios. La moda se sovietizó radicalmente, aparecieron los sweaters de cuadros y las matriuskas adornaron casi todos los hogares, junto a las "flores plásticas".

Cuando desaparecieron estas tiendas -porque desaparecieron los países socialistas y las ayudas beneficiosas a cambio de aplausos, y por ende, "la amistad indestructible"-, justo a punto de cumplir mis quince años, mi madre contactó con una señora que vendía ilegalmente la ropa que le mandaban de Estados Unidos. Subimos las escaleras de aquella casa con una mezcla de miedo y ansiedad. Francamente creía que estábamos introduciéndonos en un antro peligroso -el del mercado negro que, en los 90', llegaría a tener colores más luminosos, exhibidos a plena luz del día-, y que de un momento a otro nos podrían llevar presas. Pero nos alentaba el descubrir y poder usar, de una vez y por todas, aquella moda contemplada solo en las revistas. Cuando nos abrieron la puerta quedamos heladas: la "trapicheante" era mi maestra de primer grado. Gracias a ella me vestí de “princesa” quinceañera (o lo que entendíamos por tal), pero el impacto de ver a aquella mujer que me enseñó a escribir, en tales mercadeos, fue imborrable.
Aunque pensábamos que en los noventa lograríamos, al fin, vestirnos de pasarela made in USA ,fue por esa época que se pusieron de moda los vestidos de Mikey Mouse y del Pato Donald; prendas que, en realidad, eran económicos ropones de dormir comprados "al por mayor" en tiendas extranjeras –junto con otras tantas baratijas- y diseminados por toda la Isla a través de ese verdadero río “cauto” del mercado sumergido.
Las casas escondieron en los rincones las matriuskas y se llenaron de objetos frágiles y dorados -como aquella lámpara de celdas florescentes que coloreaba la sala de intermitentes matices y con la que, por cierto, solía atemorizar a mi perro quién sabe por qué misterios de la percepción canina. Las flores aquirieron la consistencia nueva de la tela; el plástico estaba ya demasiado punteado por las moscas.

Esta tarde he sacrificado el precio de una llamada a Cuba para repoblar mi memoria.
Mi madre me suelta alguna de sus perlas por teléfono cuando se percata que pregunto demasiado por el pasado. Activa inmediatamente la autocensura y la retórica oficial. Aclara que las cosas se vendían “a precios irrisorios”, que el shampoo “Fiesta” era excelente, y el jabón “Batey”, insustituible (aquel que, decíamos, servía para bañar a los perros), y otra vez la niña con la muñeca de palo, y otra vez el pánico del encierro.

Cuelgo el teléfono y busco en mi joyero el único anillo del cofre familiar que sobrevivió al cambio en la “Casa del Oro y la Plata”: ese engendro con el que los cubanos entregaron las pocas prendas heredadas que guardaban, a cambio de otros bienes de inmediata premura. El país necesitaba oro, y lo trocaba por espejitos.
Con aquellos restos de sus prendas intocables que había enterrado en el cofre japonés, mi madre compró la ropa y los zapatos que su hija usaría en La Habana, en la Universidad. Esta vez la cola era menos larga y la moneda más exclusiva y dolorosa. Ya la libreta había dejado de existir y las tiendas en pesos cubanos vendían su desolada libertad.

El anillo de compromiso que mi abuela se negó a ofrecer o que nadie se atrevió a pedir, está aquí conmigo. Nada sagrado queda, ahora, en la cómoda de mi madre.

martes, 25 de mayo de 2010


[0] Les dejo esta huella de mi punto cero, cuando el “contador” empezó a funcionar…
Me lo han enviado mis padres, que lo guardaron con celo estos 34 años, como si fuese una reliquia que les diera fuerzas (ahora, ancianos, se desprenden de ella, y eso me desvela). En ese instante aún no tengo nombre, solo soy una prolongación de mi madre con peso, color y fecha de existencia. También soy un cuerpo con sexo y con raza. Y, aunque no se dice, el espacio se expresa a través de la precariedad del material: he nacido y creceré en un país del Tercer Mundo.
Toda mi vida pudiera estar resumida en ese cartoncito identificatorio.

domingo, 23 de mayo de 2010

[5] Instantánea de aquellos años (detalle)



Quiero mirar mi felicidad en esta foto.
Recordar que cada mañana tenía pequeñas certezas que me tiraban de la cama; mínimos obsequios que eran suficientes para estar en paz: un perro olisqueando las sábanas, una abuela hirviendo la leche en la cocina, una madre enloquecida porque siempre se hace demasiado tarde… Eran años tranquilos, en los que aún la familia podía canjear su felicidad por un desayuno escueto pero decoroso: el vaso de agua azucarada vendría después.
(En los 90’ tomábamos agua fría con azúcar para suplir la leche, y agua caliente con azúcar para sustituir una buena infusión. Lo cierto es que esto último, como la mejor de las tilas, nos granjeaba el sueño a pesar del estómago vacío.)

Miro la foto y rememoro mi uniforme rojo vino. “El” uniforme. Cuando tenía 12 años mi cuerpo empezó a querer estallar las costuras, y los botones de los tirantes estaban ya casi en el borde, dejando la marca de su constante migración. Pero solo nos permitían comprar un uniforme al año y el cuerpo debía adaptarse a las medidas de la economía nacional.

Solíamos llevar unas medias blancas -según las normas de mi colegio provinciano-, y para sostenerlas en la pantorrilla, las madres confeccionaban unas increíbles ligas -elástico blanco adornado con los encajes del baúl de la abuela. Si renunciabas a las ligas entonces las medias se caían a cada paso, resbalaban pierna abajo dejándote en la más absoluta vergüenza: los chicos te preguntaban si tus medias eran “checas”, un chiste que completaba su sentido cuando te decían “de las que che caen solas….”
Aunque sobrevivíamos gracias al campo socialista, sus productos eran constantemente devaluados a través del chiste popular: siempre había un americano, un ruso y un cubano involucrados en la comparación y la burla: el americano, inteligente pero prepotente; el ruso, brusco y torpe, especie de oso polar en el trópico; y el cubano, pobre pero listo, listísimo. Un amigo fue expulsado de una clase por decir que “las tizas eran rusas”, al ver que a la maestra se le partían sin cesar….

En la cabeza llevo unos lazos que me hacen recordar a la vecina búlgara que tarde en la noche visitaba mi casa para vendernos aquellos adornos o unos bombones poco dulces para nuestro paladar. Hablaba con infinitivos y los masculinos los feminizaba -decía, por ejemplo, la colegio, la problema-, pero se comunicaba con todo el vecindario con tal de sobrevivir. Casi todas las niñas que llevábamos lazos los habíamos adquirido de aquella extraña manera que nunca levantó sospechas en las autoridades (estoy siendo irónica, por supuesto). Semejante moda no se comercializaba en las tiendas nacionales pero llevar ese peinado era lo bien visto, lo correcto, así que las madres estaban abocadas al incesante trapicheo.

Otro tanto sucedía con los zapatos negros. Una especie de consenso daba por sentado que quien se ponía otro tipo de calzado -sandalias, tenis…- vulneraba una norma imprescindible, y como tal, debería sentir vergüenza, esconderse en la foto de nuestra feliz homogeneidad. En fin, no servía para representar. Por eso, los que me conocieron uniformada de azul -en el preuniversitario- recordarán también los zapatones que llevaba y mi especie de chancleteo descuidado por los pasillos -que no era un estilo, sino una necesidad-, pues heredé los zapatos de una prima que calzaba dos números más que yo. La esperanza era que en tres años me creciera el pie, pero evidentemente ya por aquel entonces había alcanzado las medidas definitivas. Una amiga me cuenta que, por el contrario, su pie de hermanastra tuvo que sufrir los rigores de un zapato pequeño con tal de disfrazarse de esa princesa uniformada que se le exigía ser. Hoy tiene algunas deformaciones en sus dedos como prueba de aquel suplicio. Mi generación no tuvo, por suerte, que calzarse los "kikos" plásticos -una especie de pariente Neanderthal de los actuales zapatos de goma Crocs-. Aquellas cárceles antitranspirantes que sí aprisionaron con impunidad los pies de mi hermano y de mis primos en los años 70, eran repartidas con el uniforme escolar y debían ser usadas obligatoriamente, entre otras cosas, porque no había otro tipo de calzado disponible. Aún podía ver, cuando formábamos en el patio de la escuela primaria, algunos desafortunados que habían heredado sus zapatos de hermanos mayores. Los miraba con lástima porque había oído en casa los innumerables inconvenientes del plástico, que alcanzaba altas temperaturas al pisar el asfalto tropical.

Miro las escasas fotos que tengo de esos años. Prácticamente todas coinciden con aquellas fotos-postales que nos hacían en el colegio por el día de las madres, o con actividades revolucionarias: en una marcha, cuidando una urna electoral, recitando un poema… No tengo fotos familiares; fotos de picnic, de playa, de comidas al aire libre con perro incluido, ni siquiera de cumpleaños o de primeras citas. Seguramente pocos de mi generación las tendrán: si podías acceder a la tecnología del momento y tener una cámara rusa pesada y difícil de enfocar, por demás, en blanco y negro, se te frustraban aquellos rollos-vampiros al sacarlos a la luz, o si no, no había papel de revelado en los “Estudios”; y los recuerdos quedaban almacenados para siempre en el fondo de una gaveta.

Por eso, mi memoria fotográfica está circunscrita al colegio, al uniforme y la uniformidad, pero también, a la placidez de las mínimas certezas que me hacían levantar cada día con la voz de mi madre de fondo gritando que no hay tiempo, que se nos hace tarde…

miércoles, 19 de mayo de 2010

[4] Aprendiendo a anestesiar al Poder



Siempre me gustó cantar. Si estorbaba, silbaba obsesivamente hasta que me doliese la boca. Aunque parezca una patraña de la memoria, recuerdo que mi tío -alguien del que hablaré en otro momento- me pidió varias veces que lo acompañara a la Estación de Policía para que yo, esa rubita vestida con una bata casera y con lazos en la cabeza según la moda soviética, cantara para los polis y, como si fuese un milagro, le cancelaran la sanción de tráfico. (En los 80’-90’ se nos enseñaba que un policía era el mejor amigo de un niño. Un spot televisivo anunciaba esta marca ideológica a toda hora: un chiquillo que apenas sabía articular palabras decía con una voz tartamuda: “policía, policía, tú eres mi amigo”. Muchos soñábamos con ganar un prestigioso concurso, “Amigos de las FAR” [Fuerzas Armadas Revolucionarias], para ir al encuentro de Raúl Castro -ese era el premio- y que aquel hombre, tan “cercano”, te arropara en sus brazos).

La canción preferida (¿por los policías?, ¿por mi tío?, ¿por mí?) era un himno de guerra en aquel entonces: todos repetíamos aquello de “viva la patria entera embravecida, ruge el coraje de su pecho herido”, de Osvaldo Rodríguez, un cantante ciego que se ponía unas gafas enormes y que a los pocos años se exilió en los Estados Unidos, dejando a la patria “enfurecida”.
Seguramente mi tío me creó esa fantasía que ahora cuento, y tras mi canción, iba y pagaba su multa como cualquier infractor sin que yo lo supiese; pero lo cierto es que desde entonces comprendí que mi singularidad era cantar, y sin importar si era manipulada o no por los adultos, yo pagaba el costo con el placer de la actuación.

Así, empecé a subirme a los podios, a cantar el Himno en los actos revolucionarios y después, un poco mayor, y a causa de mi escaso miedo escénico, a representar a los estudiantes en las organizaciones comunistas. Representar era una peculiar forma de encarnar al Líder, de que su espíritu se metiera adentro (previas misas colectivas de invocación), y sin acomodarse lo suficiente en el cuerpo de una niña, empezara a fluir por tu boca con palabras demasiado rugosas para gargantas infantiles.

Representar significaba repetir lo que los adultos (que a su vez representaban a otros adultos que a su vez representaban a otros adultos…) habían pensado y dicho para ser repetido, con una retórica que era muy fácil de corear: las mismas fórmulas, los mismos mensajes ad infinitum. Leía “comunicados” que otros escribían: comunicábamos la felicidad, el agradecimiento y, sobre todo, la libertad de poder comunicar -otros niños del mundo no podían expresarse abiertamente, eso nos decían. Recitaba poemas a viva voz; lloraba cuando olvidaba alguna estrofa -y los adultos frente a mi, mirando perplejos la incapacidad de una niña para memorizar los largos, larguísimos poemas del Indio Naborí.

Representar era, justamente, actuar, y actuar era todo un oficio intensamente aprendido. No me exculpo: ya mi tío me había enseñado el truco de anestesiar al Poder. Lo importante era sobrevivir: algunos, repitiendo arengas que no entendíamos en toda su complejidad, y otros, callando y actuando como si, pero en definitiva, repitiendo el silencio que tampoco entendían en toda su complejidad. Mi generación creció en este juego ideológico en el que las reglas, tan evidentes y previsibles, nos parecían naturales.

Era cuestión de perspectiva: el Poder, como las iglesias, tiene una escala demasiado distinta a la de la persona. Nuestro cuerpo empezaba en la piel y se extendía a esa masa difusa que marchaba -codo a codo- en la Plaza, mientras el Líder nos veía desde lo alto. Éramos los cronometrados píxeles de una pizarra humana -como las que se pusieron de moda por entonces. En definitiva, un perfecto dibujo animado. (Y ensayábamos, no parábamos de ensayar: tablas gimnásticas, coros, bandas, desfiles: la vida era una actuación perpetua) Por eso, en aquel entonces me parecía natural que me diesen por escrito la pregunta que debía hacer en el Congreso de Pioneros, en la que fui representando a mi provincia. Y al cabo de algunos años fue natural vivir en carne propia cómo se orquestaban las mentiras.

Estoy por segunda vez en el Palacio de la Convenciones -tengo 26 años y ahora no represento a nadie; voy con una amiga para satisfacer el morbo de ver al Líder envejecido y disfrutar del banquete- y un pionero pasa por mi lado aprendiéndose unas décimas que llevaba escritas en el papel. Le comento a mi amiga que habrá “actuación”. Más tarde, el Líder, antes de comenzar su discurso, le pide a ese pionero que le improvisase un poema. Se trata, dice, de un “gran decimista", un logro cubano de la invención y la espontaneidad. Y todos ríen y todos aplauden la actuación del niño genio, y el propio viejito recalca, para darle más lustre a su fidelísimo retoño: “esto no ha sido preparado, les juro que esto es fruto de la improvisación”. No culpo al niño: alguien debió enseñarle el truco para anestesiar al Poder.

(Les dejo esta secuencia de 1:42 mint del corto "Utopía" de Arturo Infante. Una sátira sobre el Hombre Nuevo, ese Golem que no podrá encarnarse diciendo palabras prestadas, inentendibles, cual ventríluoco. Golem, en la mitología judía, era un ser animado a partir de la materia inerte: de la basura, de la roca, de la madera; hoy, en hebreo moderno significa "tonto".Como el cuerpo desencajado, crecido y siempre infantil de esta "niña", así, el Hombre Nuevo)

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domingo, 16 de mayo de 2010

[3] Tengo nueve años...



Tengo nueve años.
A esa edad se alteró por primera vez la composición de mi familia. Mi abuelo dejó de sentarse en su sillón de siempre.
Después, su ausencia se convirtió en una marca corporal punzante y dolorosa, como el recuerdo mismo: toda la familia tuvo que inyectarse en el brazo algo que llamaban “tuberculina” y esperar unos días. Si se inflamaba la piel tendría la muerte de mi abuelo en las entrañas -algo así pensaba yo- y me miraba obsesivamente el brazo… A la única que le creció un bulto enrojecido fue a mí. Sesión de inyecciones y nunca más hablar de lo sucedido. Los libros de lectura escolar explicaban claramente que aquella enfermedad -junto a otras tantas- era un residuo del pasado. Y mi abuelo, claro está, era un residuo del pasado.

Supongo que la enfermedad la adquirió en su juventud y la mantuvo en su cuerpo -sin saberlo y a su pesar- como un símbolo de resistencia: no todo pudo ser erradicado, ni todos se amoldaron al higienismo revolucionario: esa mezcla de ideología y darwinismo que prometía un salto evolutivo sin precedentes, ya se sabe, el hombre nuevo. El cuerpo ocultaba sus secretos, sus obstinadas convicciones. Es curioso que los síntomas del cuerpo tuberculoso de mi abuelo no hayan aflorado hasta su muerte (su cuerpo se negó a lo lineal, se ramificó por dentro como si quisiese rescatar raíces, sembrarse de nuevo mientras veíamos de él un tallo en-callado en su silla). O lo que sería peor, no fuimos capaces de leer esos síntomas, adoctrinados en el nuevo abecedario.

Tengo nueve años y el delirio de una invasión no me deja dormir tranquilamente. Hace calor por las noches pero debo dormir con una bata larga y más bien gruesa: mi madre responde ante el pánico de una evacuación repentina resguardando el cuerpecito de su hija que empieza a desarrollarse. Las sirenas no paran de sonar en mi cabeza: el claxon de un coche, una ambulancia, las campanas de una iglesia lejana… cualquier sonido prolongado y extraño me tira de la cama con angustia y me coloca de un salto entre mis padres. Le temo a los aviones.
Por esos días, un avión espía había sobrevolado el territorio nacional y el país estaba en pie de guerra. En los domingos de la defensa tirábamos falsas granadas y avanzábamos por la hierba, arrastrados y felices. La defensa de la patria era, en ese instante, solo la libertad de correr al aire libre y untar los cuerpos con barro. Pero por las noches, la defensa de la patria se volvía pesadilla, temor a vivir las escenas con que nos bombardean en el noticiero, a convertirnos en los otros. El otro siempre era -es- o el niño famélico de África -el niño que seríamos si el enemigo destruyera la Revolución-, o los cuerpos ensangrentados y moribundos por los conflictos armados.

El país se llenó de refugios. Mi padre tuvo que dejar las aulas por unos meses y convertirse en topo, ciego cavador de túneles. Eso decía y todos reían el supuesto chiste mientras yo imaginaba un extraño ratón humano con la cara de mi padre. Cuando volvía a casa en su forma humana me enseñaba sus manos encallecidas, sus cicatrices, sus uñas negras de tierra (y a lo mejor pensaba que cavaba con sus propias manos transformadas en pezuñas). El país era una inmensa tumba y los adultos colaboraban para que los huecos se hicieran a tiempo, para que cuando la sirena sonara y los aviones cortaran el aire, pudiéramos escondernos bajo tierra y simular un país vacío.

Al cabo de tantos años mi marido se despierta sobresaltado algunas noches. Alguien le da el “de pie” a gritos, alguien lo tumba de la cama y le dice que es un mal soldado. Su pesadilla es otra; es la huella del servicio militar. Mi insomnio recuerda, sin embargo, las noches en que oía sirenas y en que corría a enterrarme en el vientre de la isla, que era, en aquel momento, el intestino agitado de la Patria.

sábado, 15 de mayo de 2010

[2] Nombrando las cosas

…Y Dios entró a mi vida, quiero decir, oí por primera vez la expresión Dios cuando la primera amiga del colegio me dirigió su palabra. Mi encuentro con alguien ajeno a mi familia, el primer rostro que recuerdo cuando intento ponerle un perfil a la palabra amigo, es el de esa chica. Y coincide milagrosamente con mi primer encuentro con la Trascendencia. No es de extrañar esta ignorancia a los 6 años viviendo en un país en el que la religión católica -y todas las demás- se practicaban en la culpabilidad silenciosa de las casas, y los templos eran como alucinaciones de paseantes estólidos que los veían cada día al caminar por la ciudad pero, como los engaños del desierto, sabían que no pertenecían al entramado citadino, que existían justamente para ser negados y continuar la travesía. En mi casa toda imagen, toda idea, toda minúscula referencia al pasado religioso fue abolida. Ya adulta, encontré una edición de la Biblia, de finas páginas con reborde dorado, dedicada por mi abuelo a su reciente esposa, y a través de esas palabras pude reconstruir su dolor por la renuncia a Dios, ese miembro amputado necesariamente, después del 59, para que sobreviviese la familia.

Mi amiga rezaba en silencio por cosas simples: castigos levantados, madre comprensiva, clase sin deberes; me enseñó a persignarme, a desear lo improbable y sobre todo a ocultar cualquier señal de lo aprendido. Me recuerdo encerrada en el baño de la escuela pidiéndole a ese Dios de mi amiga que mi amiga regresase al colegio, después que la dirección decidiera que no podía continuar contagiando con el virus de dios al resto de niños sanos. Pero esto sucedió después.

Antes me había pedido que entrelazáramos las manos y rogáramos por su padre que estaba preso. Lo dijo con una paradoja que debí consultar con mi familia, algo así como: “está preso por la libertad”, o “su cabeza está libre aunque su cuerpo esté prisionero”. Antes, mi amiga se volvió sospechosa con sus secretos de dioses y padres extraños con cuerpos fragmentados; y mi madre debió ir al colegio a indagar por el origen de mis preguntas. Antes yo hice mi primer soplo, mi primer chivatazo, mi primera delación política en toda regla, y como somos un recipiente de culpas que nos pasamos la vida intentando vaciar, justo escribiendo esto descubro que la palabra traición está ligada al nombre de mi amiga y al extraño perfil de Dios.

Después de que mi madre fuera al colegio, la profesora nos dio una lección que no esperábamos para ese día. Recuerdo su fanatismo como si se tratase de una posesa repitiendo lo que un muerto le dictase -eso lo supe después, cuando de adulta fui a toques de santos. En aquel momento solo escuché el timbre de una voz que no me era familiar y que usaba palabras ¿presas?, mientras su cuerpo en peligrosa libertad daba golpes en la mesa. Recuerdo enunciados sueltos: ¡no podíamos pisar una iglesia: ni siquiera el césped colindante con la acera, ni siquiera entrar al jardín, ni siquiera… ¡Debíamos cruzar la calle y mirar al frente! Supongo que haya construido sentencias a la manera de los poemas kitsch comunistas para decirnos que la Verdad, el Camino y el Caminante, la Trinidad y las Cinco virtudes del pájaro solitario (como diría San Juan de la Cruz), eran en definitiva UNA: la mezcla de Historia, Revolución, País, Socialismo y Fidel. Agregó que la religión era el opio de los pueblos (juro que no supe el significado de la palabra 'opio' hasta por lo menos 10 años después, cuando satanizando a un escritor simbolista otro preceptor habló de oscuras prácticas derivadas de la droga: aun así, y lo confieso, la frase me pareció hermosa como para recordarla: seguramente interpreté algo muy distinto a lo que me estaban diciendo), y por último, hizo poner de pie a mi amiga para que repitiese en voz alta: DIOS NO EXISTE.
Justo escribiendo esto descubro que la palabra valor tiene también el perfil de mi amiga.
Nunca más volví a verla. Mis rezos en el baño no surtieron efectos y su rostro de palabras nuevas desapareció. Poco después sería, además, la primera persona en llamarse exilio sin despedida.

viernes, 14 de mayo de 2010


[1] Repaso mis ires y venires, mis reencuentros y desencuentros con el sitio en el que nací; esa demarcación geográfica que te hace hablar, pensar, sentir -y creer que hablas, piensas y sientes- de una manera particular. Curiosamente, tratando de recordar el fragmento de vida más lejano, aparecen las figuras prodigiosas del suelo de mi casa. Las formas y colores del enlosado de los años cincuenta; las luces verdes y amarillas de los cristales que presidían las puertas y que reflejaban su vitalidad sobre el piso y los muebles. Recuerdo una atmósfera, un estado de cosas detenido en el tiempo, como si fuese el inicio de un sueño. Mi abuelo en su sillón de siempre, en su duermevela sempiterna; yo sentada al piano, tocando una misma nota sin cesar (tengo sólo tres años) y la casa inmensa, vacía (mis padres en el trabajo; mi hermano en la beca) era una extensión solidaria en la que vivir era un placer.

En aquel entonces jugaba a colonizar espacios, municipios y provincias aún no nombradas; a descubrir gavetas cerradas, a frecuentar el escaparate del abuelo en el que veía objetos demasiado extraños como para pertenecer a un hombre atado a un sillón: cables, piezas de un armatoste raro -¿un radio deshecho?- huellas desconocidas de la juventud de un ingeniero en telecomunicaciones. En el fondo del armario de mi abuela, escondida, perdida para siempre, descubrí una lámina extraña que no recuerdo qué sentido pude haberle dado con tres años. Sólo sé que durante mucho tiempo me escabullía para contemplarla, con arrobo y terror. Era una placa de rayos x de cabeza. ¿Suya?, ¿de sus hijos?, ¿de quién? Nunca lo supe. ¿Mi primer encuentro con la muerte, o con la irrealidad? ¿La primera puerta a la tristeza, o al exilio del cuerpo…? ¿Acaso sería esta extraña contemplación mi estadio del espejo?

(Tenía un columpio en el portal, y me mecía en él como si fuese un barco. Lo paraba, me bajaba, recorría el portal y decía: esta es la tierra más hermosa del mundo -versión infantil de la frase de Colón que tanto solía repetirse en cualquier sitio. Las doctrinas ya había entrado en mi cabeza sin saberlo, pero yo aún era la fundadora de una casa.)

A ese estado inicial de la infancia en el que un país es una casa, regreso muchas veces, ya hoy, cuando soy yo la que construyo la atmósfera en la que quiero vivir.
Claro que pronto descubrí que el país entraba delirante a la casa; que era el dueño, el huésped que nunca se iba y que, a la vez, nunca anunciaba quedarse, mientras vivíamos como si su presencia no fuese molesta. Solo en la adultez comprendí algo tan simple como el esfuerzo de mi padre para que el huésped no llegara a tomar del todo la casa y, a la vez, su secreta lucha interior para que nosotros creyéramos que se trataba de algo natural: que un país es la prolongación de un hogar; que una ideología, una forma de gobierno, una retahíla de símbolos, metáforas y consignas es la realidad misma; que un jefe de estado es el Padre de familia y que una familia -cualquiera que fuese- era el extracto, la síntesis -breve sinopsis para noticiarios- de la Nación. Mi padre calló su tristeza toda la vida, aún hoy, cuando lo veo ir con una botella vacía, sucia y pegajosa a buscar en el cambalache del barrio un poco de aceite para que mi madre cocine. Sus hijos aprendieron a amar a ese otro padre impuesto, a esos hermanos adoptivos tan iguales con los que se convivía desde la infancia -en las duchas, los matutinos, las aulas, los actos, las histerias colectivas, los amores- hasta que descubrieron la trampa.

Repaso mis ires y venires y trato de comer el recuerdo delicioso de unos plátanos fritos que mi madre acaba de hacer; trato de oler el recuerdo de aquellos almuerzos sencillos; de tocar el recuerdo de mi mano acariciando el pelo de mi madre, agradeciéndole la mesa servida a pesar de la tristeza por su familia errante. Y el recuerdo viene a mí como un gato obediente, adiestrado en los años de exilio; viene a mí para acurrucarse a mi lado y hacerme recordar que, a veces, mientras construyo la atmósfera en la que quiero vivir, la casa de la infancia es lo único que puedo evocar de un país.