No sé si estos trenes seguirán ahí, oxidándose en una especie de basurero improvisado a la entrada del Barrio Chino de la Habana. La foto la hice en el 2009.

lunes, 15 de noviembre de 2010

[26] La Habana, 1994: historia íntima.



La Habana empezó a incrustarse en mi piel justo cuando comencé a vivir en ella: los fragmentos de su cotidiano hacían unas rasgaduras dolorosas, densas y rebordadas como los pasamanos de las escaleras que no me atrevía a escalar. Fue entonces, cuando entre tantas marcas y desabridas mañanas fuera de casa, me refugié en un rostro aniñado −alguien que me brindó su edad descoyuntada por la gravedad de la música y por cierta terquedad, ejercitada algunas tardes, de quebrar el aliento, de hacerse poderoso para olvidar la provincia y el dolor intersticial de la familia también descoyuntada.

Su música no estaba en la pauta; estaba en la intensidad de sus ojos −demasiado oscuros y empozados para sus cortos años. (Los dedos se deslizaban rompiendo el silencio y todos aplaudían la ejecución. Pero en la ejecución no había misterio: había esfuerzo; el misterio estaba en el rictus de su mandíbula triturando los sonidos, y en sus ojos plomizos). Solo cuando reía se despejaban las tinieblas y regresaba el animal doméstico, el niño que había que despiojar y mimar: esa gravedad se pierde con los años y sin ella, nos volvemos anodinos…

Cinco, tal vez veinte años, nos separaban, y como en algunas utopías fílmicas, soñaba detenerme a esperarlo y envejecer con él, simultáneamente, hasta que ni una arruga ni una simple cana simbolizara las diferencias. Sólo que no fui capaz de prever que los cuerpos hablan un lenguaje de años muy diferente al lenguaje de gestos, de experiencias…

Quería ser la dualidad o abolir las dualidades, abrirme la piel como un abrigo y refugiar dentro de mí al cuerpo que recién empezaba a amar. Quería ser la confluencia perfecta entre el sufrimiento y la belleza; el instrumento −madera y sublimidad mezcladas a partes iguales−; el arpegio que dejaba caer el amor como si lloviera, lentamente sobre mis poros vueltos cántaros, y la simultaneidad de los sonidos, difusos en la noche. Quería ser el cansancio y la repetición infinita de una pieza inconclusa… Terminé por ahogarlo, como la libélula fósil en la burbuja de ámbar.

Los ires y venires de La Habana a la provincia se llenaron de lentas madrugadas tejiendo intensidades, que luego debían destejerse al llegar a la ciudad. Nos internábamos en ciudadelas estudiantiles y vivía el martirio de la distancia como el suplicio que pagaba a cambio de instantes de trascendencia que me eran regalados −como un viaje arrodillado y doloroso de camino al santuario en busca de la promesa que salva la vida−. Me ausentaba, vivía ausente, comía ausente la insípida y casi ausente comida que me daban, dormía ausente entre el bullicio de los pasillos −vivía una especie de vida sin mí, o mi vida conmigo alcanzaba un grosor, una intensidad o una forma que aprendí a sentir y dimensionar sólo cuando volvía a ser un continuum, una vida consigo. Por aquellos días tenía la certeza de la inmortalidad: ni una hoja de otoño podría herirme; cualquier muerte cotidiana estaba demasiado lejos de la totalidad que sentía entonces. (Como si Dios no se atreviera a interrumpirnos; como si sintiera pudor de deshacernos en plena hechura.)

Lo cotidiano era un trámite, apenas un cobertizo donde actuaba o una pausa: no dejaba entrar a mi cuerpo lo cotidiano; demasiado sucio, decadente, ocre. Tenía aspecto de museo, con animales disecados y sonrientes, con olor a serrín y formol. La vida estaba en otra parte, y salía a buscarla, atravesaba la ciudad hasta llegar a la ciudadela suburbana, cuyo aire de sonidos en la distancia, de chelos y trompetas despeinaba mi acritud. El amor fue una excusa ideal para sublimar la violencia que sufría cada día al despertar. Y lógicamente, un amor no puede sustituir el entramado en el que vivimos, no puede crear una ciudad perfecta, un laberinto hecho a la medida de nuestros sinuosos deseos: la ciudad dejaba sus esquirlas, sus punzantes restos en mi piel y rompía la burbuja en la que intentaba calentar los cuerpos, unificarlos. Como un árbol enquistado en el pavimento y cuyas raíces pueden romper la ciudad, levantarla un día sin que haya remedio, mi amor se enquistó en las aceras: el dinero escaseaba, las distancias eran cada vez más insalvables, mis años de más empezaron a pesar sobre su ligera espalda de Sísifo imberbe…

Quería soñar que La Habana estaba recién asfaltada y que yo caminaría, entonces, como los chiquillos, queriendo dejar el hueco de mis pisadas para siempre (y de las suyas, a mi lado…). Pero no pude ser cántaro para que el agua no escapara, ni ahuecando las manos: mis poros dejaron de aposentar los arpegios de lluvia y se cerraron.

No supe nunca más de esa vida sin mí−consigo que enterré en algún lugar de mi cuerpo. Dios no tuvo el más mínimo pudor de deshacernos en plena hechura.