No sé si estos trenes seguirán ahí, oxidándose en una especie de basurero improvisado a la entrada del Barrio Chino de la Habana. La foto la hice en el 2009.

domingo, 12 de septiembre de 2010

[20] De cumplimientos y sobrecumplimientos



Los cubanos tenemos fama de ser hospitalarios, algo que hemos aprendido y heredado de nuestras familias. De quitarnos lo que tenemos −y lo que no− para dárselo al prójimo. De recibir, con bombo y platillo, al amigo que se queda en casa −y segundos antes de su llegada, salir disparados a recoger los regueros, a hacer una limpieza rápida, y si no queda más remedio, a echar el polvo bajo los butacones…
Aún me tengo que cohibir cada vez que viene un obrero a mi casa, ya sea el pintor o el reparador de la lavadora, para no brindarle un vaso de agua bien fría o una tacita de café. Cuando lo hacía, al inicio, me respondían con un rotundo “no” que me cortaba las buenas intenciones. Y aún así les decía: “pero si quieren pasar al baño o ponerse cómodos, están en su casa”.
Ese empeño por “quedar bien” nos ha llevado muy lejos.
¿Alguien tuvo que fingir alguna vez saberse la pregunta del maestro cuando, en la etapa primaria, algún inspector revisaba las clases? Teníamos un código bien ensayado: si levantábamos la mano derecha, nos sabíamos la pregunta. El maestro tendría luz verde. Si levantábamos la izquierda, entonces no éramos los más indicados para responder: sólo rellenábamos la escena.
Estábamos bien coordinados a la espera de que algún día viniera alguna visita o inspección. Las cosas se complicaban para el pobre maestro si los niños −¡ay! los niños− con su espontaneidad, metían la pata.
Recuerdo el día que tocó, por fin, que un inspector eligiera nuestra aula: ensayamos el código minutos antes. Lanzó la pregunta el maestro, pocos levantaron la mano derecha (muchos la izquierda) y señaló a Ana, quien respondió con titubeos y de forma incorrecta. Sin darme cuenta le solté un reproche:
−¿Pero si no te sabes la respuesta por qué levantaste la derecha?
−¡Porque me equivoqué de mano!, me respondió sin pensárselo dos veces.
El aula se vino abajo de la risa y el inspector desplazó al maestro y nos dirigió un breve interrogatorio que debimos responder con caritas llorosas. Aquel cuento llegó hasta mis padres, que también pertenecían a la odiada raza de los inspectores de educación.

En otra ocasión, colaron a alumnos de un grado más avanzado −entre los que estaba yo− en el grupo de segundo. Era una clase de matemáticas y recién empezaban a enseñar los productos. Como parte del teatro, la maestra dice que elegirá algunos alumnos al azar para comprobar si se han aprendido las tablas. Otra vez volví a meter la pata. Como estaba en tercero se suponía que ya me las sabía y no, le hice quedar mal, cancaneé sin parar. Lo peor fue que tuve que soportar la humillación de que los de segundo se burlaran de mi ignorancia. Al llegar a casa me castigué severamente: no salgo a jugar hasta que no recite las tablas.
Este desvelo por quedar bien, por aparentar ser mejor de lo que éramos se debía a la dichosa “emulación socialista”, al cumplimiento y sobrecumplimento de los planes. Nuestra escuela tenía que ser bien evaluada; los maestros tenían que aprobar al 100% de los estudiantes para no afectar los índices (aunque para ello tuviesen que repasar el examen el día antes), y contaminados con el entusiasmo de las centenas, debíamos tener 100% de asistencia y puntualidad, 100% de retención escolar, 100% de aprovechamiento, y de paso, medio grupo con 100 de promedio. Empezando por el aula y terminando en los talleres, empresas y fábricas, se inflaban las estadísticas, los resultados.
En las etapas al campo, como Jefe de brigada, me enseñaron a bajar las cifras de cumplimiento pronosticadas para poder sobrecumplir fácilmente. O sea, nos poníamos como norma sembrar 10 surcos diarios, aún a sabiendas de que normalmente podíamos hacer el doble. Así, a la caída de la tarde, reportábamos 20 surcos por estudiante, con lo cual cumplíamos y sobrecumplíamos las normas y nos convertíamos en brigada vanguardia. De esta forma, repito, funcionaba la “emulación socialista”.

Eran verdaderamente lamentables las performances que se montaban en la Vocacional cada vez que venía un visitante. Un despliegue de demostraciones, y no olvidemos que esta palabra viene de monstruo: los estudiantes se convertían en enanos de feria que exhibían sus dotes, sus habilidades. Aquel, que había estudiado varios años en una escuela de Arte, ponía su caballete como al descuido y, si le preguntaban, explicaba que todas las técnicas las había adquirido en un “Círculo de Interés” de la Vocacional; más allá, el cuerpo de baile mostraba sus coreografías y el grupo musical cantaba algunas canciones. Instrumentos y zapatillas se recogían hasta la próxima función: hasta que alguna delegación de visitantes extranjeros asomara su cabecita preguntona y otra vez a preparar el show.
De todas aquellas mentiras, la que más me conmovió y repugnó fue el día que el Ministro de Educación de entonces (Luis Ignacio Gómez) visitó el IPVCE con todos los directores de Educación de provincias y de Vocacionales. Estaba en 12 grado y como miembro de la FEEM Provincial formé parte de la comitiva, no ya de recibimiento, sino que me integré a la nómina de los visitantes. Por primera vez hice todo el recorrido por la Vocacional contemplando las habilidades y mentiras de mis colegas con impertérrita vergüenza: mis amigos se mostraban, enseñaban sus números de circo. Pero lo que sin dudas fue contundente, como un mazazo en medio de la cervical, fue el almuerzo que nos ofrecieron. En un “ranchón” de madera que habían reconstruido rápidamente en la huerta donde trabajábamos (y preciosamente adornado), había mesas de varias decenas de metros a la redonda con varias decenas de alimentos variados. En unas, los arroces; en otra, las chicharritas de plátano, papa y malanga; en otra, las carnes: jutía, conejo, oca, cordero, cerdo; en otra, el pescado (de un cultivo acuífero que jamás de los jamases probamos). El director general explica −antes del “tropelaje” del “sírvase usted mismo”− que todos, absolutamente todos los alimentos que comeríamos, se producían en la finca de la Vocacional y que todos, absolutamente todos, eran disfrutados por los estudiantes (¡aquel día quedaba demostrado que las escuelas podían autoabastecerse!). Y vengan los aplausos, y el orgullo de pertenecer a una escuela Vanguardia, en la que pasaríamos los mejores años de nuestras vidas.

Juro que no pude tragar bocado, apenas algunas cosas que picaba al vuelo, mientras el Ministro y su séquito se “apunchinchaban” con la comida que nos pertenecía. Deberé recordar que estoy hablando del año 1993, en pleno Período Especial; el año en que nos daban sopa de coles, boniatos duros y huevos hervidos. El año en que empezamos a ir a trabajar al campo para producir lo que el Ministro ahora se comía.
(Ese día mis compañeros estaban felices: en el Comedor les habían dado arroz blanco con tres mini−croquetas de cerdo y una botella de refresco de “tropicola”).
Y, como si esto fuera poco, el propio Director anunció, al término de la comida, que el postre nos lo comeríamos en la propia escuela, en un sitio habilitado para ello. El lugar elegido fue el Museo de Historia que, acristalado e impúdico exhibía, como joyas medievales, las bandejas de repostería fina (“confeccionadas en la dulcería de la escuela, y también, disfrutadas por nuestros estudiantes”), mientras algunas caras curiosas se pegaban al cristal, hipnotizadas y hambrientas. A este circo final no me sumé. Ya era demasiado el rubor de mi cara.

Días después, y con la incomodidad acumulada, fui a hablar con el Director: tenía que desahogarme. Por respuesta una simple pregunta: “¿Cuando tienes una visita en casa no le ofreces lo mejor que tienes, e incluso, lo que no tienes?”

viernes, 10 de septiembre de 2010

VAGÓN 204



LUCES Y SOMBRAS

El sol de Cuba, esa estrella que ilumina y mata, que agobia y abraza, ha lanzado sus dardos como dios heleno, cada vez que los endurecidos párpados han debido esperar jornadas enteras de arengas, discursos y letanías bajo el sol insular. Pero la luz proyecta insospechadas sombras. En el juego de posiciones y poderes, quien se sitúa de frente al sol −¿como Martí?− o de espaldas varía en rango, al menos simbólico. Como divertimento, quiero jugar con estas luces y sombras.

1.
El día 4 de enero del 59’, al comienzo del segundo discurso que Castro daría en su periplo hacia la Habana (en Camagüey), el orador declara sentirse abrumado ante tanto pueblo reunido, y por ello mismo lamenta tener que contemplar, a causa del sol que lo encandila, una masa sombreada. Quisiera ver las caras de los que lo observan con admiración, los gestos de euforia y aspaviento. Pero la luz no lo deja y dirige su discurso a un destinatario grupal que no logra distinguir: “Yo quisiera ver al pueblo, y la luz no me permite ver”, afirma. Eso sí, sacrifica su visibilidad en función de la imagen que de él, artífice histórico, puede ser capturada; una imagen lo suficientemente iluminada como para que recorra el mundo en las noticias: “A pesar de todo, brindémosles a los periodistas todas las facilidades, porque para eso hay libertad de prensa en nuestra patria (APLAUSOS); que ellos tomen sus películas…”
La luz al servicio de las finas películas de celuloide.

Desde entonces, el pueblo seguiría posando como una masa oscura al final de la foto (a pesar de que ese mismo pueblo tendría que derretirse al sol en las largas jornadas de trabajo o donar sus domingos a labores voluntarias −“domingos rojos” en los que yo me levantaba a ver el cielo, pensando que sería de ese color). El encandilado líder no vería jamás la realidad ante sus ojos; de regreso a la sombra de su despacho solo podía ver la utópica redondez de sus ideas −crecí escuchando aquella famosa frase de que las cosas pasaban porque Fidel no se enteraba de nada; porque tenía un estratégico parabán −funcionarios tamizadores de la luz− que le ocultaba la verdad. Poco después, la proclamada libertad de prensa también quedaría relegada a la sombra de la impostura, mientras la luz serviría solo para mostrar las breves −y autorizadas− instantáneas de gloria.

(Casi 50 años después de aquel discurso, un amigo camarógrafo me comentó que, a pesar del ventajoso salario de los operadores de la “Mesa Redonda” cuando comenzó a emitirse, y de la simplicidad infantil de las tomas, muchos rehusaban este trabajo por el peligro siempre latente de enfocar, un día, lo que debía permanecer en la sombra: cualquier discusión inoportuna, cualquier desliz imprevisto o secreción inadecuada colgando de una boca envejecida… Para este tipo de imprevistos, o para espetarle a los disidentes, a los críticos o a los turistas de oscuras gafas, siempre ha estado a mano la frase de Martí: “El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz”).

Con la vejez, el azote del sol insular se convertirá en pretexto para concluir las arengas cada vez más pronto, como atajos necesarios para el cuerpo cansado. En el último de sus discursos −como Presidente−, el 26 de julio de 2006, explicaba: “No quiero extenderme, aunque podría hablar hoy de muchas cosas. Vean lo que yo escribí −y como poeta iluminado, recita: 'El Sol se levanta minuto a minuto y sus rayos pueden hacerse insoportables'”. Después se refugiaría en la sombra de la enfermedad y la lenta recuperación, en la sombra verbal, y en la sombra del Poder, mientras cedía la luz, aparentemente, a su hermano, que llevaba años diciendo: ¡La luz, bróder, la luz!


Sin embargo, a pesar de que le otorgasen el mando, en el aniversario 56 del Moncada (celebrado en Holguín, 2009), Raúl se autoproclamaba una sombra; esa que vieron los que estaban allí reunidos, una sombra que hablaba y gesticulaba como si fuera el Presidente. En un acto fallido, o en inocente comentario de novato triunfador, o en perversa burla que avivaba los dobles sentidos, a la vez que advertía de su destino perennemente ensombrecido, Don Segundo Sombra afirmaba: “Pudiéramos empezar haciendo una pregunta por pura curiosidad personal […] a qué comprovinciano se le ocurrió ponernos el sol, aquí detrás, que a mí no me molesta, pero estoy seguro de que ninguno de ustedes me puede ver; verán, si acaso, una sombra: ese soy yo.”

Como una parábola, el sol insular es un azogue en el que se reflejan o proyectan las imágenes. Aquella primera vez el sol oscurecía la masa en éxtasis: Fidel debía ignorar al pueblo mientras hablaba -tal y como lo hizo periódicamente en aquellas infinitas jornadas de verbo inflado con martirio. Pero que el orador se encandile no le resta efectividad ni potencia al acto. Todo lo contrario, le permite el ensimismamiento… Lo importante es que lo miren a Él, y mejor aún si el sol se colocara como un halo detrás de la figura. (Si lo hubiese podido mover como parte del atrezzo, seguramente lo hubiera colocado allí).
Otra cosa es que el orador, como Raúl, sea quien desaparezca de la mirada común de los que se congregan para idolatrar al César: se rompe el círculo de la adoración cuando sucede el eclipse.

Y ahora que, llevada de la mano por el juego de ilusiones ópticas o por el resplandor del verano, creía que el pueblo comenzaría a estar alumbrado, mientras sus conductores permanecerían en la sombra, vuelve a salir el ‘iluminado’ para advertir al travieso mundo −que en su ausencia ha seguido jugando con bombas− que el que juega con fuego se quema, y como si fuera poco, descubrir que el modelo cubano ya no funciona ni en Cuba −ese que hace más de 30 años los propios cubanos ya saben que hay que darle golpes, como a un muñeco de cuerda para que siga andando.

El pueblo hace rato que ya no quiere morir de cara sol.

domingo, 5 de septiembre de 2010

[19] Preuniversitarios en el Campo: "Cuna de nueva raza" (II)


("La nueva escuela" de Silvio R.)

Tengo 15 años y hace solo dos semanas que estoy en la Vocacional. Los primeros días son intensos; incorporamos con rapidez un inmenso catálogo de caras. Los varones de 12 grado invaden en tropel los grupos de 10mo para estudiar los rostros nuevos, para catar los cuerpos recién enfundados en el uniforme azul. Nos observan −nosotras también los observamos−. Los profesores tantean la nueva hornada; los directores amenazan y explican el reglamento, el uso del uniforme: las medias altas y blancas por las rodillas, ningún sello o adorno estridente; ningún pelado o peinado extravagante.

Y ¡cataplum!, para la piscina. Acabo de cumplir los 15 años a sólo dos semanas de estar en la escuela y varios amigos nuevos me lanzan al agua, con uniforme y zapatos puestos. Casi me ahogo porque no sé nadar; uno de los lanzadores se da cuenta y se tira, también con el uniforme puesto. Escena romántica con rescate y sin beso. Me enamoré de inmediato.

El primer fin de semana de pase celebré mis quince. Fueron modestos: no alquilé vestidos de princesas ni fotógrafo profesional; no posé en sets inventados, en bañeras de casas ajenas o sosteniendo un teléfono, como las fotos que el kitsch de aquella época había puesto de moda: la nueva economía del país no me lo permitió, por suerte. Ante mis reclamos, mis padres decían que no se sabía lo que iba a pasar y que había que guardar el dinero −todavía hoy siguen con esa filosofía, “porque uno nunca sabe”−. Aunque eso sí, mi madre me hizo algún que otro vestido con las telas de la casilla y compramos algunas cosas −zapatos, jeanes− a contrabando.

Desde aquel septiembre de 1990 y hasta mi marcha, no se volvió a llenar la piscina de la Vocacional, aunque los próximos cumpleaños también los pasaría mojada; esta vez, con el agua de cubos lanzados desde los “aleros” −esos días era imposible ir a clases; me ponía a secar al sol y ya casi seca me lanzaban otro cubo, y no valía la pena esconderse: ¡siempre te hallaban!. La piscina acumuló durante esos años el agua de lluvia; con el tiempo, el agua se puso verde y en aquel verde nacieron oleadas de mosquitos −aunque echaban y echaban las pelotitas de veneno− y murió alguna que otra rata que caía desprevenida al agua. La limpiaban −alumnos, por supuesto- y el ciclo volvía a empezar.

A las pocas semanas de estar becados nos informan que veremos a nuestras familias y pisaremos nuestra casa cada 11 días. Se acaban, como por arte de magia, los buenos desayunos y las meriendas con las que nos habían seducido las primeras semanas. Un día encuentras unas bandejas encima de la mesa del comedor con mantequilla para untarle al pan y al otro día puede que no hubiese ni pan. Nos tiraron a la piscina del período especial con la ropa y los zapatos puestos y sin preguntarnos si sabíamos nadar.

Una amiga llora sin parar. No se adapta. Me despido con tristeza pero no le sigo: la Vocacional ya me ha seducido con sus pasillos de mármol y la promiscuidad de la convivencia: estoy rodeada de azules, se nos vuelve azul la mirada… Además, la ilusión por ser una futura estudiante de aquella escuela es formada desde años antes, en la secundaria, mientras nos preparamos para las pruebas de ingreso. Todos los sueños de entonces se encaminaban hacia allí.

De niña solitaria pasé, entonces, a ser una pieza de un engranaje inmenso que funcionaba con sorprendente exactitud: todos los horarios estaban planificados, todas las obligaciones preescritas. En los primeros matutinos generales daba la vuelta a mi cabeza para contemplar aquella ola que me tapaba y arrastraba a la orilla: éramos una inmensa masa sincronizada, todos semejantes en la distancia, todos acompasados, como cuando hacíamos aquellos “aplausos deportivos” que retumbaban el Anfiteatro. Por supuesto, estábamos solidificando el sentido de pertenencia a aquella especie de comunidad−nación que nos acogía y nos representaba (con sus fronteras, sus lindes, sus leyes, sus castigos y sus 4 pequeñas provincias en pugna), sin entender los mecanismos de cohesión que estaban detrás, y que aún hoy siguen funcionando, a pesar del tiempo y las distancias. Este ideal de homogeneización (que incluía hasta las chanclas de plástico para ducharnos, ropa de campo, jabones, las mismas libretas, los mismos lápices, etc) se fue resquebrajando por la falta de insumos. Aunque los padres seguían haciendo magia para procurarnos los zapatos negros y la medias blancas.

En realidad, mi grupo era bastante variado; conozco por primera vez la multiplicidad: el ocurrente, que no para de idear chistes, de esconderme los zapatos mientras me duermo en los cinco minutos de descanso; los que secundaban al ocurrente y se prestaban para todo tipo de bromas; el “raro”, inteligente y solitario, del que todas huíamos por su proverbial desaseo (por decirlo suavemente); los bailadores, los “patones”; los serios, los “quemaos” o “tacos” (como le llamábamos a los más inteligentes); la ensimismada, la histérica, la gritona; las presumidas o 'maduras', el afeminado que debía soportar las constantes burlas de los varones de otros grupos… todos interfiriendo en el espacio vital de cada cual, en el carácter y los gustos, hasta olvidar a veces donde terminaba lo propio y empezaba lo ajeno.
Al no tener demasiadas posibilidades de elección, debíamos fidelizarnos inmediatamente: pronto nacía el orgullo de pertenecer a la Unidad X (la 1 en mi caso) y al grupo X (me es imposible recordar el número), y había que responder por ello. Gritaríamos en los chequeos de emulación convencidos de que éramos los mejores…

A partir de onceno grado pertenecería a la FEEM (Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media) a nivel provincial. Los que me conocieron por aquella fecha recordarán que tuve que triplicar los esfuerzos: faltaba mucho a clases y por la noche, durante el estudio, me ponía al día con las libretas de mis compañeros (algunos profesores eran muy tolerantes con mis ausencias). Pasaba los días en reuniones, coordinando actividades que no importaban a nadie, en inauguraciones de eventos o actos políticos disímiles...
También visitábamos los preuniversitarios de la provincia y anotábamos los problemas de los estudiantes para discutirlos con el Director Provincial de Educación o con Fidel Ramos (el Primer Secretario del Partido), que siempre oían nuestras quejas, para luego decirnos que eran muy difíciles de solucionar, dada la situación que atravesaba el país…

Conocí el caso de una alumna violada continuadamente por un profesor y por sus compañeros de clase (y supimos de este caso porque fue denunciado, aunque imagino que habrían muchos más); de algún que otro suicidio, fruto del acoso y la violencia. De alumnas que eran obligadas a pasarse un día entero lavando y planchando la ropa de los varones, mientras éstos asistían a clases (para menguar la falta, el director nos explicó que aquel oficio de ‘planchadoras’ era rotativo y que le parecía la cosa más natural del mundo, porque si no, ¿quién lo iba a hacer?). Conocimos estudiantes con fuertes contusiones en el cuerpo y algún que otro tajo que, sin embargo, decían que se habían caído por las escaleras. La mayoría de las denuncias eran interceptadas a medio camino: directores y profesores se encargaban de silenciarlas.

Los albergues despedían, invariablemente, un olor a azufre y a amoniaco, como si el diablo campeara por allí, porque no tenían los instrumentos de limpieza necesarios ni los líquidos desinfectantes. Muchas veces, revisando los albergues, descubríamos que eran prácticamente mixtos; que las parejas convivían sin demasiadas prevenciones. (Eso, tomando como patrón la férrea disciplina de la Vocacional, me descolocaba por aquel entonces). A veces era tanto el desorden, la mala dirección y los problemas de la convivencia, que éramos nosotros los que mirábamos hacia otra parte, tapábamos nuestros oídos y cerrábamos las bocas. ¿A quién decir que aquel modelo de escuela, "cuna de nueva raza" podía ser un desastre? ¿Quién podía oírnos?

En cierta ocasión llegamos a un “Pre” y nos percatamos de que todos los alumnos estaban formados en el matutino con los maletines al costado. Pensamos que saldrían de pase por alguna eventualidad. Al pasar inspección en los albergues, las colchonetas estaban dobladas y amarradas con sogas de mil nudos a la litera: aquello era un espectáculo desolador. En efecto, nos dijimos, se van de pase. Al llegar a las aulas, una tendedera surcaba el espacio: en ella estaban tendidas algunas toallas, camisas y hasta prendas interiores….
Cuando preguntamos el motivo del pase a mitad de la semana, nos miran sorprendidos: aquella era su rutina. Todos los días bajaban de los dormitorios con los maletines recogidos, y la ropa debía secarse frente a sus ojos, mientras recibían las lecciones. Agobiados por los robos y por la imposibilidad de reponer las toallas o los uniformes −casi transparentes−, la dirección permitía tales costumbres. Enmudecimos: sentí vergüenza de mi saya azul oscuro y de mis blanquísimas medias altas. Aunque reportamos los hechos, desconozco si pudo erradicarse el vandalismo en aquel “Pre”.
(¡Y pensar que minutos antes había hablado en el matutino de consagración y resistencia; de los sacrificios que nos pedía la patria y del compromiso de estudiar en pago al privilegio de una educación gratuita! A partir de aquellas experiencias, me cuidaba mucho de hablar idioteces.)
En algunas ocasiones nos colábamos en las aulas para inspeccionar las clases. Nunca olvidaré la pregunta con que un profesor de algún “pre” de Troncoso comenzó su clase de matemáticas: “¿qué es un cubo?”. Todos los alumnos permanecieron callados, tal vez sobrecogidos por la visita o porque no sabían la respuesta. Empecinado, repitió la pregunta. Nadie respondía. El Director de la escuela que nos acompañaba en la visita, enfurecido con el silencio del alumnado, se paró inmediatamente y avanzando hacia el frente, dijo: “¿pero cómo no van a saber lo qué es un cubo?” Levantó el cubo de la basura mientras gritó a voz en cuello: “¡esto es un cubo!”
Otra vez volvimos a enmudecer: esta vez sentí vergüenza ajena y comprendí que mi preparación “ipeveceana” nunca podría igualarse a la de los estudiantes que tuviesen que oír semejantes disparates.
Por las noches aquellos preuniversitarios morían. Cada cual iba a lo suyo y una oscuridad casi absoluta se tragaba la edificación con los estudiantes dentro. Solicitamos a la UJC Nacional altavoces y equipos de música para alegrar las noches en el campo, pero nos fue imposible exportar el modelo de “recreación” de la Engels, con baile y multitud (el país estaba en crisis; no había música para todos). En aquellas ocasiones, dormía en una litera que sentía doblemente ajena, oyendo las ranas y sintiendo alguna fuga de agua en los baños. Echaba de menos mi ordenado albergue de la Vocacional, aunque por supuesto, extrañaba mucho más mi acogedora casa. Al despertar, sentía que aquellas provisionales compañeras me miraban con hostilidad: era la niña de ciudad, la “informante” de la feem, con uniforme demasiado nuevo y con la timidez de no haber “roto un plato” en su vida. (Francamente, trataba de no cuestionarme demasiado si realmente tenían algún sentido aquellos sacrificios de dirigente inservible, atada de pies y manos: cuando me lo preguntaba, podía andar todo el día deprimida.)

A pesar de estos vagabundeos de dirigente; de los discursos y las arengas en escuelas lejanas, retornaba a la “Engels” para intentar poner orden a mi desordenada vida estudiantil y volver a reírme, despreocupadamente, con mis compañeros de aula. Aprovechaba al máximo las recreaciones, en las que bailaba como si no hubiese nada más importante en el mundo. Trataba de no figurar demasiado en mi propia escuela, siempre que me fuera posible (ya se sabe, “candil de la calle, oscuridad de su casa”). En ese aquí y allá viví mis dos últimos años de “pre”. Años en los que quedé completamente saturada de las organizaciones estudiantiles.

martes, 31 de agosto de 2010

VAGÓN 204



El 4 de enero de 1959 el joven Fidel Castro hablaba sobre la libertad de prensa y la libertad de reunión y elección que habría en el país a partir de su triunfo. La lógica que explica es elemental: "solo cuando los gobernantes se han granjeado la enemistad de su pueblo, pueden concebir la estupidez, la injusticia, de negarles a los ciudadanos el derecho a reunirse". Subrayo este fragmento que cae verticalmente, como la famosa saliva del refrán, encima de la cara del Poder:
Para leer el fragmento de discurso ampliado haz click aquí

domingo, 29 de agosto de 2010

[18] IPVCE Federico Engels: un viaje por el córtex de mi generación. (I)


(Foto tomada de la página de facebook "Vocacional Federico Engels")


De camino a casa voy conversando sin parar sobre mi etapa preuniversitaria. Quiero hacer este post y tengo la ventaja de contrastar mis recuerdos con los de mi pareja; recuerdos que, salvo las diferencias de género o los nombres de la provincia y la escuela, son muy parecidos. Me asedia la sensación de haber vivido una vida seriada y de repetirme −ahora− en las sinapsis neuronales de los que, como yo, rememoran el tránsito: similares procesos de pensamiento, similares descargas químicas y códigos de análoga intensidad. En los pliegues del córtex, mi generación abriga su aprendizaje y su memoria: grupales descensos al infierno, obsesiones en grupo, breves visitas guiadas por las tierras prometidas y análogos pasadizos para alcanzar la felicidad…

Casi todos los estudiantes cubanos de entre los 15 y 18 años cursan -¿o cursaban?- el preuniversitario en régimen de internado con pase semanal o quincenal. Las escuelas, edificaciones seriadas que poblaron el país, se situaban en las afueras de la ciudad y mientras en una media jornada se estudiaba, en la otra se trabajaba en el campo. Solo había un preuniversitario en la ciudad para enfermos y minusválidos; la otra alternativa era el IPVCE (Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas), con mayor rigor en la enseñanza, gracias a lo cual nos exoneraban de las labores agrícolas -o al menos eso pensábamos cuando entramos-.

Mi pareja, siempre más reacia que yo al coro y al clamor, define con dos palabras su vida en el preuniversitario: espeluznante y agria. Las dos se refieren a respuestas corporales, a sensaciones físicas enlazadas al encierro que sus neuronas hacen revivir: ese fragmento de memoria le convoca al horror y a la acidez, reacciones básicas de sobrevivencia cuando se detecta el peligro −el alimento contaminado, el espanto de la cacería. Él, que nunca aprendió a bailar y que prefiere la música baja en vez de los estridentes altavoces; que dado su temperamnento, no disfrutaba a plenitud de las grandes concentraciones en el Anfiteatro y que odiaba trabajar en el campo, no puede recordar esa etapa como feliz. Mientras conduce de regreso a casa dice “espeluznante y agria” casi sin pensarlo, y yo lo imagino por aquellos años a ras del tiro y sin la posibilidad de la huida. Enciende la radio poniendo fin a la conversación: prefiere oír canciones ajenas cuando conduce; ciertos viajes por los acantilados de la memoria suelen ser peligrosos.

En silencio, voy ordenando mis recuerdos, aunque esas palabras no sean las que definan mis años de preuniversitario (soy incapaz de definirlos con dos palabras tan tremendas).

Introito

En un principio fueron las pruebas de ingreso, los repasos previos con maestros particulares, los concursos… Después, la ilusión por entrar al IPVCE, por cambiar la falda color mostaza de la secundaria por la azul marino; por unirme en un engranaje más sofisticado de pertenencia y respuesta −aunque no todos tuviésemos esa conciencia. Por formar parte de una membresía cohesionada y gangosa que devolvía, como ganancia, el respaldo −o el rechazo− colectivo y las primeras andaduras fuera del alcance de los padres.
Después, los ritos carcelarios −espeluznantes y acres−, los únicos que forman la experiencia coral y una subjetividad clonada. Y más allá de los ritos (y del hambre y del estudio), los subterfugios para alcanzar la felicidad, que por aquel entonces podían ser tan simple como encontrar buenos amigos y reírnos sin parar con las ocurrencias propias o ajenas...
Algo importante: mis años de preuniversitario coincidieron con el comienzo del Período Especial.

Cronograma (con más o menos variantes)

Nos levantábamos a las 6.30 de la mañana. A esa hora sonaba una alarma general que indicaba el fin del sueño, mientras los profesores de guardia iban albergue por albergue gritando a voz en cuello un “de pieeeee” infinito y pegajoso que, en muchos casos, les provocaba placer (era la mejor ocasión para desquitarse de las majaderías de las clases. En el alberggue de los varones ciertos profesores llegaban a levantar a puñetazos a sus alumnos, que se convertían, desde entonces, en pequeños hombrecillos humillados jurando desquitarse algún día.

Siempre intentaba dormir un poco más, aunque fuese tan solo unos minutos, pero ese intervalo bastaba para hacerme a la idea de por qué y hasta cuándo estaría allí. Ocupaba la parte de arriba de una litera y desde mi atalaya vigilaba el momento en que no quedara nadie más durmiendo: momento de lanzarme como un zombi y asearme y vestirme de manera enloquecida, mientras una amiga incondicional ayudaba a tender la cama. En el albergue femenino unos 60 cuerpos se abalanzaban frenéticos al baño para, en un tropel mañanero, lavarse los dientes, la cara y las intimidades que, hacía mucho rato, habían dejado de serlo. Una hora después del “de pie” se acababa el agua y como yo llegaba tarde, casi siempre terminaba acudiendo a escasas porciones recolectadas la noche anterior en un "jarrito".
(Las más presumidas se levantaban un poco antes para poder vestirse y peinarse con calma; yo, en cambio, bajaba a clase hecha un desastre, sin apenas mirarme al espejo. Cuando descubrí que con el pelo rizado me ahorraba el paso del peinado, no dudé en acudir a la peluquería del barrio a procurarme los rizos).

Después, había que correr al comedor para hacer la cola del desayuno: un refresco que consistía en agua con azúcar coloreada o sirope de fresa; después empezaron a dar “cerelac”, aquel preparado intragable y tan extraño como su nombre, y un pan pequeño y redondo de menores dimensiones que el que daban por la "cuota".(Hubo una etapa en que tuvieron que dar el pan partido a la mitad para que alcanzara. Con una retórica sacrificial explicaron en un Matutino General la necesidad de compartir el pan nuestro de cada día e inmediatamente tuvimos la ocurrencia de apodar el alimento como el "pan martiano", por aquello de "con todos y para el bien de todos"). Ese era todo el sustento de nuestra mañana, salvo que sacaran “algo” en la cafetería de la Unidad: unas “bolitas” de carne de origen dudoso o unos sorbetos destostados. Todo el mundo se congregaba allí; podía ser un espectáculo de empujones y trifulcas, de chicos fuertes apoderándose de la comida y repartiéndosela a sus novias o amigos. En el 93 las cafeterías cerraron, ya no tenían nada que vender.

Pero antes de esto, y para seguir el estricto horario de un internado, formábamos en la plaza −con el desayuno apenas deglutido− para hacer el matutino. Cada grupo hacía una fila de menor a mayor y así, parados y aburridos, debíamos atender a la dosis de instrucción diaria. Cada semana le correspondía a un grupo. Varios estudiantes se subían a la tribuna para leer las noticias más relevantes del periódico, como si se tratase de un noticiario de titulares predecibles: “Noticias nacionales”: decía uno, y a continuación leía una nota en la que el Comandante inauguraba algún círculo infantil, algún plan de reforestación. “Noticias internacionales”: decía otro, y nuevamente se oía la palabra Comandante, ahora relacionada con alguna Cumbre, con algún alegato en defensa de la libertad y los derechos humanos; “Noticias Deportivas”: el partido de béisbol de turno, las “mulatas del caribe” −como se le llamaba al equipo de baloncesto femenino−: glorias todas de la Revolución; “Noticias Culturales”: más glorias y algún que otro “Comandante” enunciado por el medio. A veces, efemérides y celebraciones interrumpían la regularidad: el mal gusto ritualizado −y por ello mismo imperceptible− alcanzaba sus dosis más altas cuando un coro recitaba poemas patrióticos o una voz -la mía, a veces- cantaba canciones de Silvio. Lo "cheo" en estado puro, para decirlo en buen cubano. En otras ocaciones, algún "esquech" (sketch) ingenioso aireaba el tedio, y agradecíamos la risa, una de las principales armas con la que nos defendíamos de la rutina.

Este instructivo matutino terminaba, casi siempre, con un regaño colectivo de quien tuviese el cargo de “Vida Interna” (en mi Unidad, un negro descomunal que parecía más bien el portero de una discoteca ibizenca o un guardaespaldas profesional tras el que se escudaba, justamente, el Director, un pequeñajo retorcido, experto en vigilar y castigar). A veces, el dúo directivo subía a los infractores a la tribuna para que se avergonzaran y entonaran un mea culpa por haberse escapado de la escuela o por haber estado practicando sexo la noche anterior en algún rincón perdido…
Realmente muchos éramos los infractores, aunque no todos tenían la mala suerte de ser “atrapados”. En reiteradas ocasiones me fugaba para comer en casa. Siempre había que regresar antes del estudio por si pasaban lista o a las 6 de la mañana, para colarse en el albergue. Teníamos localizado el hueco de la alambrada por el que escapábamos. Lo arreglaban y a los pocos días, otro hueco “aparecía” y así sucesivamente. Pero, claro está, yo era una privilegiada porque vivía en la capital de provincia. Los del "interior" tenían que conformarse con los víveres ofrecidos en el comedor...

Sobre las 12.30 terminaban las clases de la mañana. En un cuarto de hora debíamos ir al Comedor, formar nuevamente los grupos y una vez que estuviésemos todos enfilados, nos pasaban a comer. La bandeja llenaba sus espacios con las escasas porciones de los alimentos que nos ofrecían: arroz precocido (con un olor a saco que lo hacía incomible), col hervida o sopa de col, o agua de chícharos, y mermelada de tomate o arroz con leche (con cerelac). A veces daban “arroz con suerte” (¡y había que ser muy dichoso para tener suerte!), que era un arroz amarillo con trocitos invisibles de perro caliente, pollo o cerdo. (Para una escuela de miles de alumnos mataban un solo cerdo y con él hacían el arroz amarillo. El color se lo llegaron a dar con pastillas de “multivit”, un complejo vitamínico de fabricación cubana con el que se pretendía amortiguar las carencias alimenticias. Por supuesto que con este aditivo solo lograban que la comida supiese peor, pues las vitaminas seguramente se perdían en el proceso de cocción). Y había días de fiesta, de “chequeos de emulación”, de visitas nacionales o internacionales −amigos de otros países a los que se les mostraban las bondades de nuestro sistema educativo−, días de tirar la casa por la ventana y de comer una rodaja de jamonada y un potaje más condimentado, o un muslo de pollo que veíamos con el asombro de una especie en extinción.
Si habíamos sido de los primeros grupos en pasar a comer, entonces podíamos ir al albergue a consumir algún pan tostado con azúcar. Por aquella época no había ni mermeladas, ni leche condensada, ni miel, ni mayonesa para untar; por aquella época los que tenían una bolsa de pan tostado lo debían a que su familia había hecho acopio diario del pancito redondo que le tocaba a cada miembro durante la semana para donarlo al hijo becado.

Por las tardes, volvíamos a las aulas. Estábamos en el Pre de Ciencias Exactas, un modelo de escuela diseñado para sacar al país del subdesarrollo creando geniecillos que patentaran vacunas, artefactos, software de última generación… Recibíamos 11 turnos de clases al día (o sea, 8 horas de docencia repartidas en las dos jornadas), y en los equipados laboratorios de química, física o biología, nos preparaban para ser el futuro, sin contar con aquellos entrenamientos agotadores para los concursos: cada provincia tenía un IPVCE −el Federico Engels, de Pinar; Lenin, de La Habana; el Carlos Marx, de Matanzas…− y cada año se celebraba una “Olimpiada del Saber” en la que los “talentos” de las diferentes ciencias se batían −muchos ansiaban formar parte de la “selección”, la crème de la crème, que se veía recompensada con altas cuotas de popularidad y admiración.
En mi último año se remodeló el proyecto, y por las tardes nos enviaban a trabajar en el campo para que la escuela se autoabasteciera de viandas y hortalizas. No mejoró nuestra alimentación aunque se nos llenaran de callos las manos.
A partir de entonces, el modelo inicial de IPVCE sería cada vez más obsoleto.

Gracias a un profesor de Literatura, atípico en aquella escuela procientífica, pero muy necesario −era quien hacía los discursos que se debían leer en actos oficiales; quien ponía su pluma y buen gusto al servicio de la dirección para desempeños variopintos−, pude evadir la perfección de las ciencias exactas. Seguramente nunca imaginó lo que agradecería sus encuentros -no por el futuro, aunque también tuvo que ver con la elección de mi carrera, sino por ese presente en el que vivía. Creó un grupo de “Concurso de Español” y todos los exiliados nos refugiamos allí para analizar figuras retóricas o leyes de la gramática y para escribir lo que llamábamos “composiciones”, variaciones sobre un tema dado, generalmente con un trasfondo de patriotismo sentimental; aquello era lo más cercano que teníamos a la “creación”, pero lo agradecía. Había que buscar las brechas que el sistema ofrecía, los respiraderos…

Terminada la jornada de la tarde −de clases o de campo− corríamos nuevamente al albergue para ducharnos. Otra vez tendríamos un horario muy corto para que todo el albergue pudiese beneficiarse de la intimidad de una ducha −en una hora y media cerraban los grifos−, por lo que la mayoría de las veces, debíamos bañarnos en “parte de delante” (decíamos “partealante”) o “parte de atrás” (“parteatrás”). Traducción: en la zona anterior y posterior de los baños había una especie de lavadero multiusos con una serie de grifos. Allí, agolpábamos nuestros cuerpos, desnudos y jabonosos, mientras nos echábamos agua con un “jarrito”: la compañera de al lado te restregaba la espalda, mientras otra se burlaba del jabón que te había caído en los ojos, o de las costillas que ya habían empezado a salir… −ya estábamos tan acostumbradas a ver cuerpos ajenos que se ritualizaba este amasijo “de cuerdas y tendones”. Corríamos semidesnudas por el albergue hasta llegar a nuestra litera y allí nos vestíamos con premura (otra vez el uniforme como otra piel) para salir nuevamente, a paso acelerado para el comedor. Cola de los grupos enfilados, bandeja en mano, arroz precocido, sopa de col o agua de chícharos, y arroz con “cerelac”…

En este intervalo era que aprovechaba para fugarme (cuando me llenaba de valor o de hastío). Salía a la avenida a parar una botella y desaparecer rápidamente. Casi siempre terminaba en el asiento de atrás de una bicicleta, pues los carros por estas fechas apenas circulaban. Llegaba a casa sobre las 7.00, me duchaba, comía y mi padre o mi pareja me regresaban en bicicleta para llegar a tiempo al estudio.)

En cambio, si me quedaba en la escuela, entre la comida y el estudio nocturno −quizás media hora o 45 minutos−, peregrinaba por el resto de las unidades para saludar a viejos amigos o conocer rostros nuevos y atractivos con los que renovar las ilusiones y los pactos de permanencia en aquella cárcel estudiantil.
A veces me integraba en grandes ruedas de casino donde hacíamos gala de complicadas coreografías con vueltas retorcidas. “La 71”, gritaba la voz cantante; “sacar agua del pozo”, “la prima”, “enchufe”, la prima con enchufe y bótala”… una verdadera locura memorística y de coordinación, casi tan difícil como los logaritmos, pero por supuesto, mucho más divertida…
De 8.30 a 9.30 fingíamos estudiar, muertos de sueño frente a los libros. Los profesores de guardia pasaban lista y deambulaban por los pasillos exigiendo un silencio absoluto que se lograba a fuerza de amenazas. Prácticamente esa era la única hora en que podía leer alguno de los libros que tenía pendientes; en todo el cronometrado día apenas un momento para los gustos personales, para el crucigrama de la infancia o el ensimismamiento en el que me sentía tan a gusto. Eso, si no me ponía a jugar a "tres en raya" con la amiga del lado, o a pasarnos papelillos por toda el aula...

Y una vez a la semana (¿o dos?) la recreación: la piruleta que nos daban como premio y que agradecíamos con nuestra incondicionalidad (a veces, nos la quitaban y era un castigo doloroso; nos costaba sobrellevar la semana a sabiendas de que no habría "RECREACIÓN"). El baile, la expansión, el desmadre, el agotamiento de todas las energías para que apenas quedara resquicio para pensar en el hambre... También, los chequeos de emulación en el Anfiteatro, la competencia entre las unidades que provocaba una euforia colectiva, una gritería descomunal...
Después de aquellos momentos de clamor nos acostábamos felices, atiborrados de adrenalina y orgullosos de pertenecer a una membresía cohesionada.

Ordenando mis recuerdos y despojándolos de la inocencia de creer que aquello que vivíamos era maravilloso -¿acaso conocíamos algo mejor o teníamos otras alternativas para elegir?, agradezco al IPVCE el haberme impuesto tantos compañeros de convivencia de entre los que, por ley de probabilidades, habría de encontrar amigos verdaderos. Quizás, solo eso.

Posdata

Después de leer el post, mi pareja, que se siente involucrada desde el inicio, me recrimina haber olvidado algo esencial para él; su pesadilla cotidiana: los robos. Le explico que en los albergues femeninos, en cambio, eran bastante esporádicos. Y entonces enumera para mí sus suplicios: debía dormir con las botas bajo la almohada -"no sé cómo lo lograba", me dice-, y a cada rato se despertaba para comprobar que el uniforme seguía allí, a su lado; debía recoger cada mañana todas sus pertenencias -toallas, sábanas...- y llevarlas consigo para el aula: detrás de su silla o tras la puerta estaban seguras. La comida -el pan tostado- ni siquiera estaba a salvo en el aula: un profesor amigo se lo guardaba en su despacho... Tal vandalismo en una de aquellas escuelas que se autoproclamaban las mejores del país.... Y, para colmo, debíamos agradecer nuestra suerte. En el resto de los preuniversitarios en el campo las experiencias podían llegar a ser traumáticas, sembradas de una violencia continuada, endémica. La hombría podía ser una prueba difícil, y la felicidad, el imperio de los más fuertes.

Pero no es esta mi experiencia, y aunque algún amigo me haya narrado sus heridas, no seré yo quien le ponga voz.
Continuará.

domingo, 22 de agosto de 2010

[17] Alrededor de los 14 años...



Alrededor de los 14 años decidí que quería ser escritora.

Era una edad difícil y mi adolescencia fue nostálgica y taciturna, a ratos. Recuerdo haber llorado bastante por las prohibiciones paternas que ponían zancadillas a mi agitada efervescencia, precoz como casi todas las adolescencias cubanas: yo no tuve ni campismos, ni bobaliconas andaduras por la calle Real, los sábados en la noche… Fue la etapa del tránsito, de escribir intensos poemas de amor sin haber experimentado aún intensos amores, de vestir de adulta sin poder inflar las prendas, de respirar de manera entrecortada −¿asmática?- el olor de mi incipiente autonomía. Y de imaginarme poetisa atormentada.

Al principio soñaba ser periodista, pero mi madre supo aconsejarme de manera contundente: "si te tocan las columnas culturales podrías darte con un canto en el pecho, pero… ¿y si tienes que ocuparte de los reportajes sobre las granjas avícolas, y de los sobrecumplimientos de los planes lecheros…? Visualicé el periódico Guerrillero −de Pinar del Río− y me dio pavor mi destino: estudiar para escribir aquellas notas periodísticas. Desde entonces supe que quería ser filóloga con la esperanza de que, por esta vía, pudiera escapar de las noticias regionales.
Comencé a levantarme de madrugada a rellenar hojas en blanco y mis padres respetaban aquellos desvelos, convencidos de mi vocación. No sabían que, en realidad, se trataba de una especie de obligación autoimpuesta, una disciplina… Había leído la biografía de Delmira Agustini donde se hablaba de sus insomnios adolescentes y había decidido imitarla, aunque me pasara la noche haciendo garabatos. Allí leí por primera vez la palabra hiperestesia y me la apropié. Recuerdo haberme catalogado, por aquella época, como una persona “hiperestésica” (tan solo de recordarlo me muero de risa), con lo que dejaba claro sobre todo, que era rara, rara... También me adueñé de la palabra “hiperquinética”: evidentemente me hice adicta a los superlativos y a las palabrejas médicas, que daban un toque sofisticado a cualquier caracterización.

Empecé a asistir, esporádicamente, a los talleres literarios del Museo de Historia de Pinar del Río en donde me tachaban los versos hasta convertir mis largos poemas en breves líneas cautelosas. Conocí a poetas excelentes: a Nelson Simón, que por aquel entonces cargaba el peso de la isla y yo adoraba sus versos de Sísifo tropical; a Luis Hugo Valín, que no paraba de contar sus pillerías de pícaro de provincia, a Juan Ramón de la Portilla... Después conocería a Juan Carlos Vals, al que escuchaba tímidamente (y con el que reí, al cabo de los años, al oír sus archivadas anécdotas de los talleres literarios: por ejemplo, cuando rememoraba aquel verso surreal de un joven poeta que decía algo así como “el coche de Fidel se desplaza/ soviéticamente /por las calles de La Habana”); a Joaquín Badajoz, a Ernesto Ortiz, a José Félix León… Después, el taller literario mudó sus encuentros para el Centro Hnos. Loynaz, en donde tomábamos té bajo la sombra de las enredaderas y Pinar se convirtió en el sitio de los orígenes, del desperezo después del nacimiento.

En uno de aquellos encuentros escuché atontada a Raúl Rivero, mientras explicaba con un tono sarcástico de aes abiertas y palabras con tufo a alcohol, sus conceptos sobre la literatura. Para una adolescente que aún debía estar en la fase de poesía de amor a lo Buesa, aquel encuentro fue una especie de tiro de gracia. Me firmó su libro, que llegó a ser un animal doméstico, de compañía. Oficio de poeta, decía, y algo que parecería tan obvio, fue sin embargo un descubrimiento: ya no aguardé más el “instante fecundo”, ni la iluminación en noches insomnes. Intuí, en cambio, que una vida sedente y sedienta me esperaba −lo que en la Universidad, la profesora Ana Cairo rebautizara con aquello de “muchas horas nalgas”: según ella, ese era el currículum que se necesitaba para llegar a ser un buen escritor o investigador. (En mi primer cuaderno de poemas pondría como pórtico unos versos antirrománticos y comprometidos de R. Rivero que cito de memoria: "La poesía no debe hablar de mí, sino conmigo, de las cosas que pasan")

En esos años pude oír a Silvio y a Pablo en vivo y asistir a algún que otro concierto catártico en la Escalinata del Alma Mater para corear hasta la afonía aquellas canciones de Moncada: “Hoy es siempre todavía”, o “Arriba las manos, es un asalto de amor armado…”. Ya tenía edad suficiente como para ir “sola” a la Habana, donde vivían mi hermano y mis primos universitarios. Mis padres me encomendaban al chofer de turno y en la estación de autobuses me recogía mi hermano. Comenzaba para mí un fin de semana de adulta, con espectáculos y paseos por el malecón. Iba a la Plaza de la Catedral a comprarme largas sayas de algodón y pulseras y colgantes de cuero con la imagen de Silvio Rodríguez… La Habana se convirtió en el punto de comparación, en el sitio donde los orígenes eran refrendados. También en el lugar de las anécdotas -me convertía, por obra y gracia de mi experiencia viajera, en la narradora de sucesos fantásticos-. Pinar, síntesis y esencia, era la poesía; la Habana, la narrativa.

Viví varias experiencias en aquellos viajes interprovinciales. En una ocasión, el ómnibus quedó reducido a cenizas -en cuestiones de minutos- mientras los pasajeros enloquecidos se lanzaban por las ventanillas y otros se alejaban temiendo una explosión. Yo pude escapar por la puerta y sin contratiempos, dejando, eso sí, mi pequeño equipaje dentro.

En otro de aquellos viajes, el autobús se rompió a mitad de camino. Muerte súbita. Ilusiones varadas en la carretera; la fundamental, un concierto de Carlos Varela. Casi inmediatamente los pasajeros fueron desapareciendo por grupos; algunos pararon “botellas” para regresar a Pinar mientras otros se animaban a seguir adelante. El chofer, en cambio, me había advertido que me quedara cerca del autobús para cuando vinieran a recogerlo: debía cuidar de mí por encargo paterno. En un ataque de independencia, crucé la carretera sin ser vista y logré parar un carro con destino a la Lisa… o sea, ¡a la Habana! No tenía ni idea de las distancias, de los recorridos… pero ya en la ciudad me las arreglaría…
Una vez en la Lisa, y con la inocencia del advenedizo, llegué, de botella en botella, a la Estación de Autobuses donde debía esperarme mi hermano, justo a la hora planificada. Con taimada pulcritud, me senté a esperarlo en la sala de llegadas. Al encontrarnos, nada delató la irregularidad de mi viaje, pues de mi discreción dependían mis futuros desplazamientos. Ese avance a tramos, de semáforo en semáforo, lo había aprendido en viajes anteriores a la capital cuando, con una de mis primas, iba de la Víbora a cualquier rincón de la Habana (incluso a Guanabo) mientras las paradas de ómnibus parecían concentraciones revolucionarias.

(Un tiempo después, y porque todo se sabe en una provincia pequeña, mi padre se encontraría casualmente con el chofer del autobús, quien lo pondría al tanto de la rotura y de mi desobediencia… )

Gracias a aquella temeridad, pude asistir a aquel concierto de Carlos Varela en la sala Charles Chaplin (abril de 1989) donde cantó por primera vez “Guillermo Tell” −creo que confesó haberla compuesto momentos antes del concierto. (La menor de mis primas se había vuelto "farandulera" a su llegada a La Habana, lo que significaba que, además de andar con una mochila al hombro y de apenas aparecer por casa, estaba al tanto de lo "último" que sucediera por entonces). Aquella canción, junto a los eufóricos gritos de los allí congregados, fue una revelación de otra manera de decir, diferente al Silvio de giros sutiles y crípticas metáforas. Se encendió una lámpara: había dado un mordisco a la manzana prohibida, la misma que pendiera de nuestras cabezas sin saberlo. Varela se convirtió, ipso facto, en una especie de contraseña, un código secreto que muy pocos conocían y que empezaba a exigir a la entrada de ciertos diálogos. Lo más parecido a una marca generacional (como aquel "mortal" que decíamos para todo y que ya casi nadie recuerda). Pronto me ví rodeada de nuevos amigos que, en Pinar, comenzaban a oirlo, pasándose de mano en mano un cassette mal grabado con sus canciones. Nos sentábamos en el "contén del barrio" a mezclar las alabanzas con las dudas, como los textos de Varela...

Al llegar a casa escribí un poema que incluí en mi primer cuaderno titulado Para atrapar un instante -un título adolescente como la mayoría de los textos que compilaba, y que estaba preparando por entonces para presentar al concurso Dulce María Loynaz.
Este poema −y todos los del libro− pasó por las manos de Luis Hugo Valín, que entintó la página de rojo hasta dejarlo como un cuerpo enfermo, con varicela… Estuvo toda la tarde dándose columpio en la casa y enmendando entuertos, mientras leía los textos en voz alta, con una extraña cadencia que se puso de moda en los recitales poéticos.


Ese poema me granjeó una áspera desilusión en un Encuentro Municipal de Talleres Literarios, celebrado en la Casa de Cultura de Pinar. Al terminar la jornada, una mujer desconocida −funcionaria de Cultura− se aproximó para preguntarme quién era “realmente” el autor del poema y que le enseñara otros que hubiese escrito… Caí en la trampa, pues pensaba que sus dudas sobre la autoría se debían a mi edad y me ofrecí, orgullosa, a enseñarle los otros textos… Aquella mujer con un look poco “artístico” −nunca olvidaré aquella apreciación: tenía pantalón de láster, nada más incongruente en la “farándula”− me acompañó a casa y hojeó con desprecio mis libretas escolares llenas de poemas, mientras me preguntaba si no tendría algún otro texto que no fuese de mi puño y letra, o si estos los había copiado de alguien.

Al ver los textos marcados con tinta roja y algunos versos rehechos palmeó la libreta con furia y me preguntó quién era el dueño de aquellos subrayados. Ya por entonces pude intuir que algo andaba mal y le dije, con la cara más inocente de mi repertorio, que había sido mi padre, el único que revisaba mis poemas. Me devolvió la libreta aunque no muy convencida de mi respuesta y me aconsejó que no me dejara guiar por ciertos escritores del Taller que podrían ser una mala influencia… Nunca más la volví a ver, ni supe exactamente qué era lo que quería, aunque podía sospecharse. Probablemente buscaba (¿o buscaban?) descubrir si habría “alguien” escondido tras mi fachada de niña buena, algún ghost writer que no daba la cara y que ejercía alguna influencia sobre mí.
Pocas veces, después, volví a sentir el peso de la censura: hay límites que solo se trazan una vez. Es probable que, a partir de entonces, la autocensura -y el silencio de la escritura privada- se haya encargado de ejercer de funcionaria vigilante. (Como diría Shentalinski al referirse a los escritores soviéticos -en esa pieza monumental sobre los archivos literarios de la KGB-, el oficio del escritor en el comunismo consistía en estrujar, gota a gota, al esclavo que había en su interior. Sedente, sedienta, y esclavizada)

En septiembre empezaría la Vocacional, y en aquellos años de beca perdí muchas de las libertades aprendidas, disfrutadas. No más viajes a La Habana, ni visitas al taller literario. Empezarían los años del encierro y del hambre, tras la caída del padre socialista. Una larga trenza nos había sido cortada y nuestros cuerpos se habían quedado tirados en el pantano, sin pasado ni futuro. Mientras el patriarca, cada vez más encanecido, seguía conminándonos a la resistencia, al ahogo.

miércoles, 18 de agosto de 2010

De la efectividad de las listas

(A partir de una idea sugerida en el Diario de Pelusa)


("Pecera", Hebert List (1937)


Cuando apago todas las luces de casa y no hay ninguna llamada del mundo para que gire la cabeza −el ordenador desconectado, la cocina recogida, el gato durmiendo en su estera− entonces me obsesiona la idea de que en Cuba ha pasado algo…
Vuelvo a encender la luz, y llamo desesperadamente a la Isla para oír, del otro lado de mi impaciencia, la voz tranquila de mi madre… Solo entonces puedo soñar que soy un pez y que navego en libertad por las aguas de mi conciencia.

Si desatiendo el reclamo angustioso y al apagar las luces voy directo a la cama (siempre habrá una razón poderosa para declinar el capricho: las llamadas son costosas) entonces esa noche no podré dormir aunque cierre los ojos y haga listas y listas de las cosas, que en el alejado diálogo con mis padres, he logrado tener.

Bajo el sopor de noches de insomnio, enumero los deseos nimios de mis padres y cómo habré de satisfacerlos, poco a poco: una cafetera nueva, un sofá donde reposar los recuerdos, una blanca dentadura, quizá un olor de la infancia que en algún almacén europeo podré recuperar −casi siempre sus deseos son compartidos, duales: padre y madre fundidos en la ilusión del encuentro. Y bajo esa protección que con fidelidad me adormece en plena noche, voy volviéndome nuevamente pez en libertad, huido de la urdimbre recelosa que teje mi conciencia.

(Mientras duermo, los muebles de Ikea se desarman, las frutas se maceran, y los pilares de mi cama se desmoronan: no hay inventario de ganancias que no sucumba al desequilibrio de mi dolor; apenas queda una sensación de coleccionista que no acaba de completar sus piezas…)

Al otro día, una taza de café me devuelve la cordura, al tiempo que practico, desde el cristal hermético de mi ventana, el oficio diario de repoblar la memoria con árboles ajenos, pájaros sin historia. Y ya entonces es inevitable correr al teléfono y convocar a mi madre con el sobresalto del timbre a mitad de su noche. En esos días suele decirme que no la he despertado, que apenas había podido dormir por extrañas pesadillas en donde ponía en la balanza listas y listas de lo que tuvo, no ha podido tener, o simplemente perdió.

jueves, 12 de agosto de 2010


REVISTA VOCES 1

Reproduzco el texto de presentación de la revista, publicado por Orlando Luis Pardo en Lunes de Post-revolución

VOCES YA ES VERDAD

Un documento circula La Habana, la circunda.
Es VOCES 1.
Dossier de discursos disímiles, dentro y fuera de Cuba.
Una veintena de escritores y una ventana para mirar dentro y fuera de Cuba.
Voces de cambio y continuidad, veloces al punto de lo inverosímil.
Inéditos y reciclados, inauditos así en papel como en la pantalla. Al
Este del Paraíso. Más locuaces que líderes de nada, maratonistas de la
resistencia retórica. De cara al cuerpo crudo, sin pacaterías
políticas, pedaleando entre lo espiritual y lo estúpido, reportando al
pie de la horda, ficcionando los huecos negros de una nao que zozobra
en su necia noción de nación.
Maneras de narrar nuestra desidia desideológica en pleno siglo XXI.
Formas de reformularlo todo por dos mil décima vez. Entusiasmo
endémico de quienes queremos ganar si no una voz, al menos sí una
garganta.
Efeméride futura. Encuentros de culturas post-cubanas. Collage, más
que coro. Bitácora de bits. Penúltimos papeles. Arte de la esperanza
más que de la espera. Bullet-in de bloguiteratura.
Bienvenido a VOCES como lector lúcido. También te esperamos en tanto
autor al margen de toda autoridad.

INDICE DE LA REVISTA:

Orlando Luis Pardo Lazo ( 1 ) "Reportaje al pie de la horda"
Claudia Cadelo ( 4 ) "Líderes de una revolución alternativa"
Eduardo Laporte ( 7 ) "Yo no sé qué tienen los perros"
Melkay ( 9 ) "La mejor selección del mundo"
Wendy Guerra ( 13 ) "Entre Perseverancia y Virtudes"
Iván de la Nuez ( 15 ) "El cercano Este"
Reinaldo Escobar ( 18 ) "El alcance de la “cíber-disidencia”. Reportaje al pie de la horda"
Emilio Ichikawa ( 19 ) "Papel y pantalla"
Jorge Ferrer ( 21 ) "Escribir un blog cubano (decálogo)"
Yoani Sánchez ( 23 ) "Ése ya no volverá"
Antonio José Ponte ( 25 ) "Una infancia sin cómics/una adolescencia sin pornografía"
Juan Abreu ( 28 ) "Una educación sexual"
Miriam Celaya ( 30 ) "Carta abierta a la BBC"
Maikel Iglesias ( 35 ) "Pinar del Río City" (poesía)
Jesús Díaz ( 36 ) "Réquiem" (poesía)
Luis Marimón ( 38 ) "Muerte el Yumurí" (poesía)
Mirta Suquet ( 39 ) "Prosperidad y bondad: la otra cara del iluminismo martiano"
Miguel Iturria ( 43 ) "Martí: espiritualidad y manipulación política"
Ernesto Morales ( 45 ) "La felicidad del corredor de fondo"
Ena Lucía Portela ( 49 ) "Huracán" (narrativa)
Dimas Castellanos ( 56 ) "Los límites del inmovilismo"
Yoss ( 60 ) "Próximos pero lejanos: el universo de al lado" (reseña)

Para leer o descargar la revista haz click aquí

Para leer mi artículo "La otra cara del iluminismo martiano", haz click aquí

lunes, 9 de agosto de 2010

[16] Ni Cenicienta ni Princesa



Pinar del Río.
Aún debo escribir este nombre cada vez que hago un trámite, cada vez que en una casilla insípida indagan por esencias que deberé encarnar hasta el final de mi vida, aun cuando mi cuerpo trashumante no reconozca las huellas de su ciudad. Nací y para siempre seré identificada como pinareña. Apenas recuerdo ese pinar al lado del río que los funcionarios europeos, ajenos a la topografía cubana, evocan cuando leen el nombre de mi ciudad natal… apenas recuerdo si existía ese pinar al lado del río.

Pinar…, la ciudad por la que transitaba, cuidando de no pisar las rayas del asfalto con los menudos pasos (¿“menudos pedazos”?) de mi infancia. Como una oscura amenaza de lo que haría toda nuestra generación, jugábamos a no cruzar los lindes, a no traspasar fronteras; quien lo hiciera recibiría un castigo diseñado por las rimas infantiles: “quien pise raya come toalla”. Aún me sorprendo evadiendo las divisiones de las baldosas cuando camino por las calles de Santiago u otra ciudad del mundo… También aprendimos que si abandonábamos un sitio perderíamos nuestro espacio y con él nuestras pertenencias: "quien fue a las Villas perdió la silla; quien fue a Morón, perdió el sillón". Toda una ideología imperceptible estaba hilvanada con estas jerigonzas infantiles: la ideología del despojo, de la expropiación. Siempre vendría alguien a reemplazar tu sitio, a descolgar tu foto de la pared… Cuando me alejé de Pinar supe que había perdido la silla y que nunca más podría reclamar mi espacio en aquella casa que había dejado de ser mía.

Arrastrar en las huellas de identidad el nacimiento pinareño era aprender a sonreír con el chiste fácil. Toda una vida ejercitándome en ese oficio de escurrirme de las burlas como los peces… Nacíamos tontos; bebíamos desde pequeños el elixir de la idiotez y de la bondad: siempre seríamos timados por una habanero listo que descubriría en nuestras uñas la tierra de los ancestros. Una islita tan pequeña para tantas ojerizas…

En un viaje reciente a Madrid me tropiezo con un cubano que indaga sobre mi procedencia, y le digo “Santiago” pensando que se refiere al lugar donde vivo actualmente. En el acto, comienza a burlarse: “¡así que eres palestina, de las que dice caco por casco, canné de idad por carnet de identidad!”. Al darme cuenta del malentendido le explico que actualmente vivo en Santiago de Compostela −no de Cuba− pero que soy pinareña. En el acto, enmienda sus chanzas: “¡así que eres una guajira! Eres del sitio donde dejaron una concretera en el cine, donde pusieron el yeso a un hombre con el reloj puesto, donde hicieron una carroza de carnaval que no cabía por las calles, donde los elevadores se llaman por los botones de las camisas y los hombres se suben a la mata, tocan la fruta y al comprobar que está madura, se bajan y le tiran piedras para tumbarla…"
Es tan largo el disfraz que arrastro que voy dejando jirones en cada esquina, exvotos de una identidad maltrecha, de enano de feria…

En la Universidad, algunos colegas me entregaban aquellas sobredosis de cinismo cada vez que me veían con las maletas al hombro −los mismos colegas que practicaban la discriminación con la misma intensidad que la paz y el amor−: "¿y qué, te vas pal’ pueblo?", me decían. Y sí, los viernes era mi día, como diría la canción. Apenas recuerdo gestos de solidaridad de mis compañeros de curso habaneros hacia los de provincia, hacia los becados… También eran los años de la epidemia de insolidaridad, del sálvese quien pueda… Y los tontos pinareños −también los de otras provincias− traíamos de regreso algunas provisiones imposibles de encontrar en la capital, y las habríamos de revender para, a su vez, salvarnos como podíamos…

Intento revivir mi ciudad natal pero tal parece que se tragó mi infancia y mi adolescencia sin casi detenerse en el mordisco. ¿O fue mi vida uniformada la que se tragó la ciudad?

Todo lo que recuerdo de ella son los “planes en la calle”, las guardias en la bodega “El caballo blanco” en los aniversarios de los CDR; los domingos de la defensa en el río Guamá, contaminado y maloliente, y las acampadas en el Cerro de Cabra o en la Loma del Taburete −a las que íbamos obligados, a pasar frío, para vivir en carne propia las experiencias de los barbudos en la Sierra…
A veces nos llevaban, por la escuela, al Teatro Milanés −una joya de la arquitectura decimonónica. “Había que llenar localidades” y debíamos ir uniformados a ver las esporádicas funciones de ballet o los artistas de moda que venían de la Habana -a toda hora con el uniforme, desde que amanecía hasta que nos acostábamos. En aquel semiderruido teatro actuábamos en los “festivales de aficionados,” diluidos en el coro gigante de la escuela “Lenin”, mientras interpretábamos “Las noches de mi Moscú” con aquella tristeza rusa lejana a nuestras voces agudas… Después, el Milanés cerraría con la promesa de una “reparación” que no llegaría a ver concluida.

Asaltábamos los parques conducidos por nuestros maestros: el gran parque Colón estaba poblado por ancianos tristes, por pastilleros, por vendedores de dólares (¡de cuando estaba a 5 por 1!), y nuestra presencia bulliciosa era más efectiva y menos costosa, políticamente hablando, que una redada policial. Los parques de Cuba estaban llenos de niños que jugaban y cantaban canciones infantiles…: una impecable foto de portada. No recuerdo haber ido a los parques motu proprio, con familia y bicicleta; con perro y chambelona de colores…


Recuerdo los desfiles de bandas rítmicas: invadíamos la calle Real con las batutas hechas de boyas sanitarias pintadas de plateado... Recuerdo el Coppelia y tardes enteras de domingo haciendo colas junto a mis padres para comer chocolate; los cines Praga y Zaidén, donde vi “Voltus 5”, “E.T” y “La niña de los hoyitos” −aquel exitazo de taquilla cuyo nombre sirvió para bautizar a la isla cuando empezó la paranoia de cavar túneles para la guerra. "La Casa de la Trova", donde viejitos consumidos por la edad y el alcohol, tan parecidos a Compay Segundo, enterraban el sueño de la fama; las esporádicas visitas al restaurante del 12 Plantas -el edificio más alto de la ciudad- desde el que contemplábamos los techos de tejas naranjas...

Llevada de la mano de los maestros, en la tropelía del grupo, en la armazón contagiosa de la masa, la ciudad se quedaba circunscrita a las lozas que no debía pisar… Para colmo, desde los 15 a los 18 años −edad en que podría tantear por cuenta propia la vida de la ciudad- me vi recluida en un preuniversitario, en donde éramos condenados a estudiar bajo el precio de nuestra libertad. En el breve lapso que duraba nuestra independencia -un fin de semana cada dieciocho días- apenas me alcanzaba el tiempo para comer, descansar y preparar nuevamente las maletas. Y a los 18 años me iría a la Habana, y a otra beca y a otros rigores semicarcelarios...

Cuando regresaba a casa los fines de semana, al imperio de la placidez, después de haber vencido ese largo periplo de paisajes y heredades abandonadas de mi provincia que contemplé tantas veces subida a la parte trasera de un camión, la ansiedad apenas me permitía dirigirme a otro sitio que no fuese a la calle Maceo, en donde mi madre me esperaba con aquellos filetes que no se comían en toda la semana, aguardando mi regreso. Y cuando conseguía un pasaje en autobús −cuando mi multifacético padre, convertido en guardián de colas y listas, me procuraba un pasaje−, entonces el regreso al origen perdía el olor luminoso de mi infancia. Al llegar a la Estación, un hedor a boñiga seca y a orín infestaba mis recuerdos; los convertía en restos malolientes. Los "carros de caballos" esperaban a los viajantes, como si regresásemos al tiempo de las calesas y las sombrillas de plumas… Y a caballo se iban esparciendo los viajeros por los recovecos cada vez más depauperados de la ciudad. (El Hospital Provincial quedaba en las "afueras" de la ciudad y las urgencias debían asumir el trote lento del caballo a falta de coches o ambulancias. Cierta vez, tuve que ir al Hospital por un ataque de asma, y por el camino, y de tanta desesperación, mi padre se bajó del carro y fue un trecho a nuestro lado, corriendo, como si con su paso agilizara el del animal... Pasado el susto, nos reíamos mucho con la anécdota...).

La provincia nunca pudo ser disfrutada, amada (aunque en algunos de sus rincones amaría con nostalgia). Como si con el hidromiel que tanto añoraba mi abuela −aquella bebida “misteriosa” cuya fórmula emigró junto a sus propietarios después del 59’− se hubiese ido el sabor de la ciudad, mientras los descascarados dinosaurios del Palacio de Guasch −otra joya de la provincia construida en 1909−, con su color deslucido, dejaban de impresionar para siempre a los chiquillos… Toda la belleza que la ciudad fue acumulando en el XIX y el XX −ese neoclásico Museo de Historia, el Parque de la Independencia y el edificio de la Colonia Española, La Catedral, las casonas de tejas…-, toda esa belleza se llenó de la pátina de la vulgaridad y el desencanto.

La playa “Las canas”, la peor de las playas del mundo de tan contaminada y triste, y cuyos habitantes, pescadores en su mayoría, vivían como dejados de la mano de Dios, quedaba a escasos kilómetros de la ciudad, pero era casi imposible llegar a ella, cuando la gasolina y el transporte público comenzaron a desaparecer. Mi familia vio morir su casa en la playa dos veces: la casa que construyó mi abuelo, trasladando maderas en un bote, de orilla a orilla, cuando la playa era un sitio cuidado y placentero, fue confiscada al triunfo de la revolución y cedida a familias necesitadas del puerto de la Coloma −aquellas mismas dejadas de la mano de Dios que, en los años duros, sacrificaron el portal de madera de su −¿su? ¿mi?- casa para hacer leña… A finales de los 80 y viendo las condiciones paupérrimas de la playa, “devolvieron” las casas a sus antiguos propietarios y mi padre se agarró una lesión incurable en el rostro de tanto sol… Lo vi levantar pilares, echarse a sus espaldas la construcción de la casa para devolver el sueño de su infancia a mi madre. Pocos años pudimos disfrutarla. En los 90 se paralizó el país; no había cómo llegar a la playa y la casa fue donando sus maderas para que los lugareños hiciesen fuego… No sobrevivió al último ciclón…

Disfrutar de la expansión de la naturaleza pinareña es un privilegio que solo hoy mi bolsillo de turista pudiera pagar… Viñales es una huérfana alcancía verde…, el Orquideario de Soroa, una marchita promesa, y María la Gorda y Cayo Levisa, los nombres exóticos de arenas que nunca conseguí pisar. (Ahora contemplo la luz de la Praia Do Vilar y proyecto su naranja de sol poniente sobre el espejismo de mis posesiones perdidas…). Nunca nos enseñaron a amar las vegas de tabaco, las grandes extensiones de cultivo. Las trabajábamos en las etapas al campo y en las escuelas en el campo, y por ello mismo, por la identificación con lo impuesto, las aborrecíamos. Nunca fui de excursión por los montes, nunca tendimos un mantel en el medio del campo y compartimos nuestra felicidad en familia −aunque el cuadro bucólico parezca ridículo−. Galicia es el Pinar que no pude tener, que me arrebataron: reverdecida y solitaria, la Galicia profunda restablece mi robado origen pinareño…

Releo en Paradiso el breve homenaje que hace Lezama a sus antepasados pinareños, a través de Eloísa, la madre de José Eugenio Cemí, tan delicada y frágil como las hojas de tabaco. Evoco a través de ella mis ancestros guajiros de San Luis y la ternura de un tío abuelo llevándome a casa grosellas y mamoncillos. En la novela, Eloísa es obligada a abandonar sus vegas para vivir en el Central Azucarero Resolución, propiedad del esposo Vasco, lo que precipita su muerte. Quiero leer esta muerte como el vaticinio de lo que sería la identidad cubana bajo el sempiterno régimen autoritario -primero, el de la dominación hispana; después, el del caciquismo castrista. Ese “Resuelvo en el Resolución”, sentencia que repite con terquedad el esposo Vasco de Eloísa, bien puede ser la redundancia del poder cayendo sobre toda la isla. Resolución… Revolución…

La Cenicienta nunca llegó a ser Princesa, aunque nos lo prometieran en los discursos con esa retórica infantil con la que parecería que se aceptaba la puerilidad "fronteriza" del pinareño (un eslogan revolucionario suponía que Pinar del Río, otrora "Cenicienta de Cuba", se convertiría en "Princesa"). Ni antes fue una mendiga, ni en 50 años llegaría a ser noble... porque probablemente nunca se le preguntó si quería aceptar las normas de palacio, los zapatitos de ciudad.

Hace años que perdí la silla y no he podido regresar al río y a los pinares, si es que alguna vez existieron. En la casa de la calle Maceo ya nadie me espera con los filetes adobados...

viernes, 6 de agosto de 2010

LA VIDA DE NOS-OTROS


(Foto de Orlando Luis Pardo Lazo)

De las palabras, las manipulaciones y los recuerdos (2), por Amir Valle.

Es de tontos negar que todos los niños cubanos teníamos derecho a educación gratuita. Es también de tontos negar que luego de 1959 la isla se llenó de escuelas, incluso en aquellos sitios tan intrincados de las montañas adonde no llegaban ni las señales de radio. Pero también es tonto negar que cada una de las clases que recibíamos eran inyecciones muy sutiles de doctrina, un muy fino, cuidadoso y sostenido lavado de cerebro.

Hace unos meses, un amigo me trajo desde La Habana dos de las libretas que utilicé cuando estudiaba en el nivel secundario para copiar las clases de literatura.

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martes, 3 de agosto de 2010

LA VIDA DE NOS-OTROS



Agradezco el milagro de leer las vidas de los otros... A Orlando, por ese retrato esparcido en nuestra errancia, que nos empeñamos en borrar para que los días no nos señalen con la culpa de la ceguera...


TODO SOBRE MI PADRE, por Orlando Luis Pardo Lazo.


Mi padre no pidió limosna, aunque dependió de un hermano y otro hijo en USA. Mi padre no tuvo que salir a la calle a vender un paquetico de nada, aunque dio clases de inglés a domicilio como un caballo. Mi padre vivió en casa hasta los 81, cuando prácticamente ya era sólo el padre de mi madre (se llevaban 17 años). Mi padre, el abuelo que nunca tuve de grande.
Cada día regreso de la calle con mi padre en la cámara Canon y la cabeza calcinada por tanto sol y tanta soledad. Casi no hice fotos de mi padre en vida. Y ahora pago el precio de ese descuido de adolescente (fui su hijo de la vejez).
Por eso me lo encuentro por las aceras y soportales cubanos. Boqueando, mal afeitado. Con ropa humildísima que olía siempre a cigarros Populares de 1.60 pesos (un aroma que extraño: todos los fumadores apestan, excepto él). Un tipo tan tierno, cuando yo me atrevía a decirle al menos media palabra. Tan torpe para las cosas prácticas, tan iluso para las letras inútiles. De mirada inmortal cuando mi psico-rigidez me permitía decirle de vez en cuando (de voz en cuando): papá…

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viernes, 30 de julio de 2010

[15] 1989




Un compañero de estudios me confiesa misteriosamente que estaban tumbando el Muro de Berlín. En ese momento, con 14 años, era tal mi ignorancia política que no sabía de la existencia “real” de aquel muro. Con aire de superioridad aclaré: “El muro no existe; es una metáfora”. Ya por esa época me creía escritora y leía la realidad en términos poéticos. Pensaba que las dos Alemanias estaban divididas por una frontera natural, geográfica: un río, una cordillera, pero nunca por una muralla medieval construida por los hombres. Creía que se trataba de un símbolo -cuestiones tropológicas y no topológicas-, como la “muralla” del poema de Guillén musicalizado por Ana Belén con la que se separaba fácilmente el bien del mal: “al corazón del amigo… ¡abre la muralla!; al veneno y al puñal… ¡cierra la muralla!”. Mis padres tuvieron que romper la barrera de lo que no se hablaba para sacarme medianamente de las tinieblas. Ninguna imagen de la caída en el Noticiero Nacional.

En noviembre, mientras el mundo celebraba las alianzas con apoteósico despilfarro de ilusiones, en casa aplaudíamos frente a un pequeño cake, animando a mi abuela a que apagara las velitas de su 80 cumpleaños. La familia había hecho confluir los caminos para que ese día nos reuniéramos todos en torno a aquel pilar fundamental y venerábamos su resistencia: era la que nos mantenía unidos. Mis tíos habían dejado de ser embajadores tres años antes y tuvieron que poner los pies en tierra de una forma violenta. Antes de irse a Filipinas de misión vivían en la provincia oriental y al regreso, no tenían ningunas intenciones de retornar a aquella casa olvidada. Después de 12 años de servicios, se vieron obligados a deambular por las casas de los amigos -a veces dormían en el coche- hasta que lograron una permuta de Santiago de Cuba para la Víbora, en La Habana. En ese proceso de reacomodo vendieron muchas de las cosas “traídas”.
La mansión de la Víbora estaba prácticamente en ruinas: una viejita centenaria la llevaba cuidando 30 años en espera de que sus “señores”, que se habían largado a inicios de la Revolución, pudieran regresar a recuperarla. Aquella criada santiaguera había emigrado a La Habana y allí se había quedado varada. Ahora, gracias a la permuta, regresaba a su tierra natal. Recuerdo haber pensado, con las palabras propias del discurso oficial, que gracias a la revolución la “servidumbre” había sido erradicada, a pesar de que en mi casa, Mercedes, una negra inmensa, con unas manos sumamente grandes de tanta sábana lavada en su vida, “ayudaba” a mi abuela en las labores de casa. Las dos tenían edades similares y junto a ellas almorcé muchas veces fantaseando con la abuela negra y la abuela blanca y me embelesaba con los cuentos que me hacían, provenientes de experiencias tan dispares. Por supuesto que la palabra “empleada” nunca osó pronunciarse en casa (¡y prohibida en el colegio!) a pesar de que mi madre le pagara, no solo con la mesada acordada, sino también con comida y cuanta ropa me quedara chica –destinada a su nieta Catalina que tenía mi edad. (Esta señora siguió yendo a casa a “trabajar” aún cuando mis padres se ocuparan de enmendar su trabajo: estaba tan viejita como mi abuela y apenas podía ya hacer las labores, pero necesitaba el sustento y cada vez se conformaba con menos, aunque fuese con un plato de comida).

En aquel cumpleaños de la abuela, la familia estaba preocupada por los acontecimientos mundiales y nacionales, por la carestía de la vida... Mi tío bebía en demasía y no paraba de decir aquella frase machista de doble sentido que ya entendía perfectamente y con la que resumía su frustración: “Tim tiene, Tim vale” (o “Tim tiene timbales”).

En ese infinito año 89 habíamos estado siguiendo durante un mes el último –y uno de los más impactantes- “culebrón político” con el que se mantenían vivos los ardores revolucionarios y entretenido al país: el terrible juicio sumario que terminó con el fusilamiento por tráfico de drogas y alta traición del General Arnaldo Ochoa, de su ayudante Jorge Martínez, del Coronel del Ministerio del Interior Antonio de la Guardia y del Mayor Amado Padrón (Causa No. 1 y 2).
Los “muros de la vergüenza” seguían alzados en Cuba: frente a aquellos paredones fueron fusilados antiguos servidores y un “Héroe de la Patria” convertidos entonces en traficantes de marfil y drogas… El 13 de julio, a solo un mes del 63 cumpleaños de Fidel, a unos pocos de la caída del Muro de Berlín, o del fusilamiento de Ceausescu y su mujer, el máximo líder autorizaba la ejecución de cuatro de sus hombres bajo el amparo de la ley. Recuerdo que mi madre tuvo que explicarme esto como si fuese lógico: “el código militar así condenaba a los traidores”…, y el pueblo reclamaba el paredón como lo hiciera 30 años antes, al triunfo revolucionario. Siempre hemos vivido en ese círculo de ascensos y caídas; aunque ahora nos entrenábamos con los saltos…

En ese infinito año, todos saltamos con aquel lema de “el que no salte es yanqui”, y las paredes se llenaron de consignas de la u jota ce -entre ellas la de “mi honda es la de David”, que podíamos encontrarla escrita con o sin hache. (En un examen de historia debíamos enunciar logros recientes de la Revolución y le “soplo” la respuesta a un compañero de aula: “el Blas Roca”, le digo, refiriéndome al Contingente que se crearía en esos años. Su versión de lo escuchado fue memorable: “el Hotel Las Rocas”. En ese mismo control había que explicar la frase “mi honda es la de David”, y al salir nos dice con ingenuidad que había dejado la pregunta sin responder pues no sabía quién era ese tipo con tanta onda.

El artífice de aquella renovación histérica fue Roberto Robaina, que instaba a brincar a la masa al inicio de cada acto como si fuese un ritual afrocubano para despojarnos de los maleficios… O para euforizar -y extenuar- al cuerpo joven de la nación, que ya empezaba a sufrir de hambre y desencanto… Coincidí con aquel dirigente saltarín en un acto y cual estrella mediática, después de su show de brinco y consignas, le pedí un autógrafo.

Acababa de inaugurarse aquella seguidilla de 31 y pa’lante, a la que se le sumaría cada año una cifra: 32 y pa’lante, 33 y pa’lante... Cuba era -es- el único país del mundo que da nombre a los años, en Asamblea de Diputados. El año en que yo nací -1975- fue bautizado como “Año del I Congreso del PCC”. Los años eran dedicados a fechas históricas, a conmemoraciones, a metas por alcanzar, a héroes…, pero en el intervalo “especial” los nombres escogidos demostraban la urgencia de sumar y sumar años, de no caerse. Junto al nombre oficial (“Año 31 ó 32 ó 33 ó 34… de la Revolución”), el nombre en jerga “juvenil”: “31 y pa’lante”.

En ese infinito año 89’ comenzó la “Operación Tributo”. Había acabado la guerra de Angola y, tal como lo prometió el Comandante, regresaban a la isla más de dos mil féretros de jóvenes internacionalistas. (El año en que yo nací fueron enviados a Angola los primeros batallones de jóvenes, muchos provenientes del Servicio Militar Obligatorio, apenas unos niños de 18 y 19 años. Fidel había vaticinado -en un discurso en la ONU en 1976- que “de Angola, cuando termine la guerra, solo nos llevaremos la satisfacción del deber cumplido, y los restos de nuestros compañeros caídos”. Ave Caesar, morituri te salutant!. Evidentemente, con el juicio de Ochoa se probaba que algo más se habrían de llevar de Angola, aunque no quedase muy claro quién ordenaba el tráfico…)

Junto a un grupo de “pioneros” formé parte de la guardia de honor que cuidaría una de las cuatro esquinas de uno de los féretros de los 130 jóvenes de Pinar del Río que caerían en combate. Uno de tantos que había saludado y ofrecido su vida al César… Recuerdo que mirábamos con ansiedad aquellas fotos de jóvenes hermosos, casi niños, y brindábamos cálidas miradas a las tranquilas madres que a nuestro lado velaban a sus hijos.

Ese día 7 de diciembre de 1989 fue de los más tristes de mi adolescencia. Se decían frases enardecidas con música de fondo, pero yo había visto y oído lo suficiente (como el testigo de Gastón Baquero); había estado allí cuando el acto había terminado, y en esos breves minutos en que la familia se despedía de sus muertos, una madre comenzó a gritar enloquecida provocando el desorden. Se rasgaba la garganta contra Fidel, el asesino que había entregado a su hijo a la muerte a cambio de una consigna. Gritaba, como cualquier madre lo hubiese hecho, menos las que estaban allí, que habían sido previamente amoldadas al papel de madres de la patria, de Marianas Grajales (no por gusto aquel día era un 7 de Diciembre y todas las alegorías redundaban en la fecha). A aquellas mujeres impávidas se les prohibió el llanto, el espectáculo; sus hijos ya no eran suyos, sino del pueblo. En el acto público un dirigente había dado un discursillo sobre el trueque de jóvenes por héroes, y ahora, a puertas cerradas, aquella mujer gritaba que no quería un héroe, que quería a su hijo. Eso fue lo último que alcancé a oír, cuando se abalanzaron sobre ella y se la llevaron a rastras.
Regresé caminando a casa bajo la lluvia sin apenas apresurar el paso; estaba en una especie de shock, y mi madre, que tanto celo había puesto para evitarme el espectáculo de la muerte familiar, no podía entender cómo se nos hacía partícipe de la muerte colectiva… Confieso que lloré por muchos días y escribí, escribí, escribí... para desahogarme, para contar qué se sentía frente al heroísmo indeseado, impuesto…

Cuatro años después de aquel infinito 1989, Roberto Robaina, ya bastante entrenado en su oficio, daría un gran salto en la política al ser ascendido a Canciller, para luego caer estrepitosamente desde lo más alto. Sería fusilado, en este caso metafóricamente, y desterrado del panteón heroico al dejar de ser el saltimbanqui que entretenía a las fieras… Siempre hemos vivido en ese círculo de ascensos y caídas y ya nada podría sorprendernos. (Su sustituto, Felipe Pérez Roque, también caería en el 2009). Solo los “muros de la vergüenza” seguían en pie…

En 1990 empezaría el “Período Especial”, y descubriría, en carne propia, que la caída del muro de Berlín era mucho más que una metáfora.

miércoles, 21 de julio de 2010

[14] El maleficio escondido



(A Lorena, porque la traición es un pan demasiado salado...)

En mi segunda etapa al campo, con trece años, descubrí esa mezcla de sensaciones, texturas y olores que nos hace presentir, en un relámpago de lucidez, que somos apenas fragmentos dispersos, piezas incompletas…

Todo el campamento estaba reunido en una improvisada competición deportiva y los contrincantes voceaban frenéticos el nombre de quien cruzaría la línea de meta con un impulso extraordinario. En el intervalo de segundos que pudo haber demorado la carrera, distinguí aquel cuerpo, con el que tantas veces me hubiera tropezado sin apenas notarlo. Y ese cuerpo tuvo para mí, ese día, un rostro, un nombre y un nacimiento. Como nunca podremos saber qué suma de misterio y casualidad interviene en el instante en que construimos esa bella ficción que llamamos enamoramiento, decidí que aquella figura que cortaba el aire como si se tratase de un ser inasible y escurridizo, fuera la encarnación del amor en mi mirada. Lo detuve en mi contemplación −apenas un flash fortuito− para extraerlo de la difusa niebla del anonimato y convertirlo en la pieza que se añade al cuerpo solitario. La pieza que nos duplica y ensancha.
De aquella historia guardo el recuerdo de su bondad, mezclada con una torpeza infantil, casi ingenua. Y la dulzura de la timidez, cualidad que habría de perseguir, a partir de aquel instante, en cada elección. Supe que en el momento en el que los ojos se tropiezan, estrábicos, segundos antes de que la boca digiera el susto del primer beso, se comunican los deseos más limpios, los que apenas se olvidan.

Al cabo de varios años, ya en la Universidad, coincidimos una vez más. Vivía en La Habana y vestía un uniforme verdeolivo tras el que escondía la misma torpeza infantil. Presumía de esa nueva virilidad que el uniforme le brindaba y me ofrecía su casa, recién estrenada, junto a otras comodidades, como un auto estatal: prebendas todas obtenidas por su oficio. Me sorprendió verlo convertido en "oficial", posicionado en un poder que le quedaba muy grande -desde los primeros encuentros adolescentes supe que la agudeza no era su fuerte-, aunque evidentemente tenía talento para obedecer y eso era más que suficiente.
Corrían los días del Festival de Teatro de La Habana y me invitó a ver una obra, sabiendo que sería un buen comienzo. Al llegar al Trianón enseñó dos credenciales y pasamos inmediatamente sin detenernos en una cola infinita que auguraba la calidad de la pieza. Yo estaba exultante, porque me había sido imposible ver algo en aquel festival en el que las entradas se acababan al instante y poco después valían el doble, en las manos de los revendedores.
Cuando salimos, anotó algo en una libreta y me pidió que le comentara de qué trataba la obra pues le costaba entender exactamente algunos parlamentos, algunos signos escénicos demasiado crípticos. Después de mi charla, volvió a anotar en la libreta y comenzó lo que sería el descenso a los infiernos: me proponía, a cambio de una credencial especial, que reseñara las obras que viese, que apuntara si decían algo inconveniente, "contrarrevolucionario" y las reacciones del público. Después continuó explicando el por qué de nuestro reencuentro.
Lo que en un principio supuse como un cruce fortuito de caminos había sido, sin embargo, una premeditada búsqueda. Trabajaba en la “zona” donde estaba enclavada la Beca Estudiantil de F y 3ra, y le habían encomendado un estudio sobre el consumo de drogas en el edificio y las posibles consecuencias disidentes de la campanilla y la marihuana. Necesitaba informantes, sobre todo en los pisos de Artes y Letras, y pensó en mí (o mejor, me buscó en el ordenador, registró mi expediente y consultó mi posible captación, como me contó después). Quería saber qué se cocía en aquellas orgías de letrados a las que no podría entrar; qué brujos oficiaban el rito y quiénes eran los posesos. Y para eso estaría yo y otros tantos que ya habían sido captados (información que redobló mis paranoias). Debía exprimir a mis amigos e indagar hasta el sabor de la médula de los que compartían conmigo estancia, profesión y simpatía. Trabajar para él, con él.

En aquella ocasión volvió a ser el anónimo sin rostro, sin nombre, sin nacimiento que pasaba por mi lado, en una frenética carrera hacia una Ítaca lejana.

Por increíble que parezca, ese "reclutamiento" lo padecí en varias ocasiones.
Cierto día (creo que en 1995, segundo año de la carrera), cojo una "botella" con destino a la Víbora en un coche de "chapa verde", y en el trayecto, el militar me pregunta por qué estaba tan callada. Sin pelos en la lengua le respondo que porque mi hambre era tal que apenas podía hablar. Me pide explicación y le comento que la comida de la beca es intragable y que a veces, cuando ya estoy al límite del desmayo, visito a mi familia en la Víbora para reponer fuerzas. Creo que mi confesión lo aturdió: me miró con tristeza y me invitó a que fuera a su unidad militar (cerca de la Beca); allí me daría una tarjeta para el comedor. Días después, fui al sito sugerido no sé si porque aquel hombre me había parecido amable y convincente (era, en definitiva, un Capitán del Ejército), o porque el hambre convence de una manera más rotunda, lo cierto es que comí, en esa ocasión, mucho mejor que en casa de mis familiares. Pero en la segunda visita el Capitán me citó, previamente, a su oficina. Después de una corta entrevista saqué una cosa en claro: o trabajaba para ellos o no habría más "papa". Ante mi negativa, y como dirían los versos martianos, volví "hosca a mi rincón, el alma trémula y sola"

Unos años antes había sufrido, en carne propia, los acosos de la Seguridad del Estado. Unos acosos que fueron realmente lacerantes porque se disfrazaron de conquistas amorosas, jugando con mi vulnerabilidad adolescente.

En 1993 −y junto a una delegación de 100 cubanos bulliciosos− visité por algunas semanas Francia, en lo que sería mi único viaje antes de emigrar definitivamente de la isla. Compartí vuelo con un joven villaclareño que se sentó casualmente a mi lado y ya en París me acompañaría por unos días confesándome su amor, pegajoso y asfixiante, en cada esquina luminosa de la ciudad. El viaje se volvía un infierno con el martirio de su compañía, hasta que grité a los cuatro vientos que me dejara en paz (para colmo, en el mirador de la Torre Eiffel, rompiéndose para siempre el sueño romántico del viaje). Justo ese día conocí a un estudiante universitario que reemplazaría al pedante y que no me dejaría sola durante las semanas siguientes.

En realidad -como luego supe- me proponía su amor a cambio de vigilancia, y todo porque antes de salir de Cuba, en un delirio de grandeza o imaginación sin límites, yo había comentado a viva voz que mi apellido era francés y que intentaría localizar mis ancestros. Aquel sueño inocente parecía un plan bien urdido, pues cuando alguien intentó indagar cómo lo haría, afirmé sin titubear: “pues busco una cabina telefónica, consulto la guía y llamo al primer Suquet que encuentre”. Así de fácil. Como si del otro lado hubiese algún francés dispuesto a entender mi español y a ofrecerme sus brazos “familiares”. Esta ingenuidad puso en funcionamiento todas las alertas. Parecía ser una posible desertora y había que impedirlo a toda costa.

Cuando descubrí que aquel joven guapísimo que me acompañaba por los campos Elíseos no era estudiante de Derecho −su coartada−, sino un oficial de la Seguridad del Estado que cumplía con su deber (en total eran 25 los que nos vigilaban, o sea, la cuarta parte del grupo, y entre ellos, el villaclareño seductor y la chica con la que compartía habitación), la madurez le dio un manotazo certero a mis dieciocho años, dejándolos envejecidos, irreconocibles. Al saberme ilusionada, no pudo mantener por más tiempo la farsa y me contó la paranoia que lo dominaba cada vez que me perdía de su punto de mira. Mi exilio podía arruinar su carrera de contrainteligencia para siempre. Agradecí la sinceridad y no interrumpí su misión (de lo contrario me espiaría otro sabueso farsante). Siguió el resto del tiempo “prendado” de mí, aguantando mis insufribles bromas que consistían fundamentalmente en despistarlo, en inventar fugas o deserciones que lo hicieran sudar y expiar su fraude.

A mi regreso −ya a las puertas de la universidad− nunca más volvería a apostar por un ideal desalmado. Mi desencanto amoroso fue también la ruptura con un idilio mayor, más esencial. Debía certificar que los niños se morían de hambre en la Francia capitalista y yo certificaba otras cosas más tangibles: la delegación arrasaba por donde pasara. En cada lugar a donde íbamos (escuelas, fábricas, museos…), desaparecían los jabones del baño, los rollos de papel sanitario, las toallas… Mi conocimiento de inglés -un poco mayor que el de la media que me acompañaba- propiciaba que mis compañeros me usaran para pedir "grabadoras" de música, y hasta ropa para bebés imaginarios (una chica del grupo fingió estar embarazada para que le regalaran una canastilla que guardaría para cuando la mentira se hiciera realidad). En ese viaje se quebraron muchos sueños. Y mi ingenuidad también.

Alguna vez más visité en su unidad militar al "estudiante de derecho", convertido en amigo a fuerza de compañía, hasta el día en que me pidió que compartiera su oficio, que me convirtiera en la amante ficticia de algún joven inconforme. Pienso que, desde entonces, no volví a creer en ángeles protectores si no me enseñaban, de antemano, el maleficio escondido.