No sé si estos trenes seguirán ahí, oxidándose en una especie de basurero improvisado a la entrada del Barrio Chino de la Habana. La foto la hice en el 2009.

lunes, 28 de marzo de 2011

Gato por liebre



(Imagen: "Homenaje a Balthus", Roberto Fabelo)

En un viaje en “camello” del Vedado a Alta Habana −en una de aquellas migraciones impuestas por la beca a causa de la escasez de agua−, una señora delgadísima, de unos 50 años, se desmayó a mi lado. Recuerdo que al caer casi me arrastra consigo. Cuando se recuperó levemente, le ofrecí un poco de azúcar que solía llevar conmigo para casos similares. En ese fugaz intervalo tuve tiempo de ver la blanca y lisa palma de su mano, casi sin huellas digitales, pero surcada por unas profundas líneas. Casi habría podido inventarle un pasado a la desconocida, y probablemente, y con más acierto, un futuro. Al cabo de unos minutos en aquella mole cerrada, otra persona cayó al suelo, quizás por las mismas razones que la primera −había mucho calor; era un día de primavera de 1995 y la comida escaseaba. Aquellos desmayos desencadenaron una catarsis colectiva dentro del “camello”; se convirtieron en la excusa para gritar los problemas más graves de aquel momento: el hambre, la falta de recursos de todo tipo, el hacinamiento en los transportes públicos...

Antes de ser la próxima en desmayarme, me bajé a mitad del trayecto y en aquel punto intermedio entre la beca y la casa de mi hermano no supe qué hacer, en dónde exiliarme. Aquel día terminé, casi de noche, en mi casa. De botella en botella llegar a Pinar del Río y allí, junto a un plato de comida (después de haber disfrutado de una prolongada ducha), maldije la simplicidad de nuestras urgencias y la imposibilidad de satisfacerlas. Ya para entonces me había convertido en una especialista en huidas. Cualquier cosa podía ser un antídoto contra el malestar cotidiano; con solo girar la cabeza al otro lado dejaba de mirar el edificio derrumbado, la basura acumulada, el perro callejero invadido por la sarna o la persona que se cayese en plena acera.

Un año antes había empezado yo también a tener unos desmayos que escogían los momentos más inoportunos para aparecer y dejarme inconsciente. Me pusieron electrodos en la cabeza y no detectaron nada preocupante. Hipoglucemia, concluyeron. Una palabra sofisticada para enmascarar la falta de alimentación, sumada a un estrés prolongado. A partir de aquel día tuve fobia a quedar inconsciente en medio de una turba de gente y me pertrechaba de pequeños paqueticos de azúcar o algún caramelo. Gracias a un certificado que me hizo un médico del Instituto de Endocrinología, pude evadir por unos años las concentraciones, los desfiles, los actos de repudio. Sencillamente no iba y no se me ocurría justificarme, pero si alguien se atrevía a señalármelo, ahí tendría la causa escrita en un papel institucional: hipoglucemia.

Los desmayos fueron espaciándose cada vez más, pero siempre quedó el miedo a caerme en plena calle. Cuando estaba algunas horas bajo el sol o un tiempo prolongado sin ingerir alimento, empezaba con la cantinela de las “fatigas”. Otra de mis compañeras de beca, en cambio, padecía de “temblores” y nos los mostraba, sosteniendo una mano en el aire. Formábamos un trío equilibrado: ella con temblores, yo con fatigas y la tercera pata de la mesa, la amiga camagüeyana que iba cada seis meses a su casa, ni se quejaba. Era nuestro sostén.

En la única visita que hice a la CUJAE (el “campus” de las facultades de Ingeniería e Informática), motivada por una invitación que prometía convertirse en “cita”, volví a desmayarme. Había estado cogiendo “botella” media tarde para llegar al otro extremo de La Habana y cuando finalmente llegué, me desplomé. “¡Comida, tú lo que tienes es falta de comida!”, sentenció un compañero de piso de mi amigo al que fulminé con la mirada por su indiscreción. De inmediato se pusieron a ajetrear alrededor de una cocinita eléctrica que tenían instalada clandestinamente en el cuarto -de aquellas hechas con una base de barro y una frágil resistencia que se partía y volvíamos a empatar una y otra vez. Preparaban un arroz con pollo y los olores hicieron que pasase de la fatiga al desespero.

Saboreé la carne, chupé los huesos, y casi al terminar pregunté qué era lo que había comido exactamente pues, aunque parecía “gallina vieja”, aquellos huesos no eran de pollo. “Tú come y no preguntes”, me dijo por lo bajo mi amigo y alguno soltó una sonrisita cómplice. Aquí hay “gato encerrado”, se me ocurrió decir y una explosión de burlas se desencadenó: ¡así que gato encerrado...! Fui al baño a escupir el pedazo que aún tenía en la boca, y aunque intenté vomitar para teatralizar mi rechazo, no pude. El cuerpo había asimilado el alimento y se negaba a devolverlo. Ciertos tabúes alimenticios eran leyes demasiado incorporadas como para saltárselas sin que implicaran un coste emocional añadido. Pero ante el hambre, los escrúpulos solían dejarse a un lado. A veces.

Me contaron que llevaban vigilando al gato hacía muchos días; era de los últimos que quedaban por aquella zona. “¡Los pobres, como la cosa siga así van a entrar en período de extinción!”. Pregunté si habían comido algún otro animal doméstico -temía, sobre todo, por los perros del vecindario-, pero me tranquilizaron: sólo unas palomas de un tejado cercano a la Universidad. “Lamentablemente -agregaron- no eran rabiches”, sino unas palomas blancas bien cuidadas y con un anillo localizador en las patas. “Nos dio lástima matarlas, pero no quedó otra”. Varias veces, de niña, tuve que lanzar palomas al compás de alguna música energizante o cuando concluyera el discurso de algún dirigente partidista. Eran menudas, casi tímidas. Pero eso había sido en otro tiempo. En el Período Especial en Tiempos de Paz aquellas palomas degolladas y cocinadas habrían podido ser un buen símbolo de aquel momento de colapso general.

Cada vez que leía los carteles en las cafeterías o carnicerías estatales, donde se anunciaba con perífrasis o fórmulas indeterminadas la procedencia improcedente de los productos en venta, como las “hamburguesas de ave” (de “ave...rigua”, como se decía en un chiste de entonces) o la “pasta de oca” (ocasionalmente vomitiva, siempre intragable) o el “picadillo extendido” (que, como el universo, no sabíamos hacia dónde se extendía), recordaba la vez que me pasaron “gato por liebre”, o más exactamente, “gato por pollo”. ¿Quién sabe lo que nos estaríamos comiendo entonces?

sábado, 19 de marzo de 2011

Enchilado de langosta



Al cabo de unos años viviendo becada en La Habana y en medio del “Período Especial" tuve que comenzar a buscar vías alternativas para mi subsistencia. Por aquel entonces, más de medio país se afanaba en comercializar en el mercado negro y a una ínfima parte, o le llegaban los insumos por otras vías -porque estuviese vinculada directa o indirectamente al poder o al turismo-, o sufría el desabastecimiento de la bodega.

Fueron los años de las transformaciones, de los cambios radicales en la apariencia de los cubanos: los gordos del barrio adelgazaron de golpe y apenas tuvieron tiempo para reacomodar el cuerpo y los pantalones (algunos los ajustaban con unas sogas que funcionaban como cintos improvisados). Los delgados de siempre enseñamos nuestras caras huesudas, nuestros pómulos más pronunciados que nunca. Recuerdo que una amiga bromeaba diciendo que su mandíbula llegaría a atrofiarse de no usarla y masticaba el aire para ejercitarla. Muchos envejecieron prematuramente y algunos tics nerviosos empezaron a delatar los comienzos de un deterioro que podía terminar en demencia o en suicidio. A veces la barba disimulaba la delgadez. A veces, todo lo contrario. Pero la barba era un look impuesto a falta de cuchillas de afeitar. Un colega barbudo cruzó un día un parque lleno de adolescentes y uno de ellos exclamó: “mira, si se parece a Carlos Marx”, a lo que otro apuntó: “no, está muy flaco para ser Carlos Marx, en todo caso sería Federico Engels.” (Los referentes de mi generación eran asombrosos. Ahora lo compararían con cualquier cantante o actor de moda). El país se convirtió en un pueblo de hombres y mujeres quijotescos; seguíamos con nuestras cuotas diarias de sacrificio y revolución y con la cuota de la bodega reducida al mínimo.

Alguien me ha contado recientemente que en aquella época su madre solía machacar unos filetes imaginarios -y haciendo bastante ruido- para que en el barrio creyeran que comerían carne ese día. Según su madre, los vecinos hacían lo mismo, pues a pesar de ser unos médicos de prestigio que por lo general podían conseguir un "extra" gracias a los regalos de los pacientes, difícilmente tendrían carne tan a menudo. Y cada vez que los oía machacar bistecs, allá iba ella también a buscar el mazo y a aporrear la madera, para no ser menos. Vivíamos del cuento, del aire y de la dignidad, y como del aire no se puede vivir por mucho tiempo, los cuentos se multiplicaron y la dignidad comenzó a resquebrajarse. El cambalache, la estafa, y el mercado negro crecieron a ritmos acelerados.

Las colas de langosta eran unos de esos manjares inalcanzables antes y después del Período Especial, no sólo porque se vendían exclusivamente en el mercado negro sino, sobre todo, por los riesgos que implicaba su comercio y por el elevado precio que podían llegar a tener. La compra-venta de langostas era casi tan penalizada como la de carne de vaca, pues todo el marisco que se pescase en aguas tropicales parecía poco para satisfacer al mercado japonés, dispuesto a pagar -según se decía- hasta por los carapachos, usados como materia prima para hacer pinturas. (Esto recuerdo haberlo oído en varias ocasiones, aunque no sé si saldría de nuestra imaginación).

Uno de esos fines de semana que pasaba en Pinar, un pescador del Puerto de la Coloma tocó en mi casa para proponernos colas de langosta. Le compramos a pesar del miedo que acompañaba esta acción y con todo el sigilo reglamentario. Ya yo estudiaba en La Habana y se me ocurrió que podría revender las colas que se salvasen del enchilado de langosta que ese mediodía prepararía mi madre. "Enchilado" era una de esas palabras que yo saboreaba en la boca antes de comerme lo que ella significaba. La palabra por sí sola prometía algo sofisticado, bien distinto al soso menú diario: más allá de una salsa agridulce exquisita, se trataba, sobre todo, de una elaboración tradicional que revivía la cocina cubana. En tales ocasiones el almuerzo era de lujo, comida de turistas adinerados, de japoneses que ya no comerían aquellas langostas en su casa nipona, o de altos dirigentes. Las habladurías populares sostenían que Fidel adoraba aquel marisco; en realidad, cualquier cosa que nos era imposible comer, siempre la poníamos en boca -literalmente- del Presidente. Al caer la noche, acompañaba a mi padre a botar los cuescos chupados y rechupados. Los envolvíamos en varias hojas de periódicos y nos íbamos a un monte bastante lejano de la casa para despistar a los chismosos y a los guardianes del CDR. Allí tirábamos el paquete como si tratáramos de deshacernos de un cadáver que ya comenzara a apestar o como si hiciéramos una ofrenda al dios de las comidas imposibles.

El lunes de madrugada viajé a La Habana con varias colas de langosta congeladas. La policía solía revisar los ómnibus, alumbrar la cara de los posibles traficantes con un linterna amenazadora y meter las manos en cuanto bolso o maleta les pareciese sospechoso. Según la "vox pópuli", mientras más paquetes de carne, mariscos o viandas fueran requisados más posibilidades de repartir el botín antes de llegar a la estación, sobre todo si aparecía algún equipaje sin un dueño a quien tomar declaraciones. Cuando uno de los policías preguntaba: “¿de quién es este maletín?, no se oía ni una mosca en el autobús. Cualquier gesto indiscreto podría involucrarte y, cuanto menos, perderías el viaje. De todas formas, raras veces revisaban a los estudiantes, así que pasé los controles con serenidad.

Ya en La Habana empecé a recorrer las “paladares” del Vedado. En la primera, la mujer con la que hablé me dijo rotundamente que NO, que ellos no ofrecían productos ilegales en su menú, y me alargó la carta con desprecio para que lo comprobara. Con vocecita cómplice le insinué que todo el mundo sabía que en las paladares se vendían mariscos “por debajo del tapete” y que, por supuesto, no aparecían en el menú. Me amenazó con la policía. En la segunda me preguntaron si yo venía de parte de Papito. Dudé. El “sí” era la respuesta equivocada. Me echaron de allí diciéndome que Papito era un estafador y un carero (y que le dijera bien claro que no volviera por allí). En la tercera, ya a media mañana y con las colas casi descongeladas, cambié de estrategia. Decidí sentarme a merendar aunque tuviese que sacrificar el CUC de la semana en un refresco. Mientras la camarera me lo servía, le solté la oferta de las langostas, ya a dos por una. Me miró con ira y me dijo, casi gritándome, que los dejáramos tranquilos, que estaban cansados de la vigilancia. ¡Ah, y ni te pienses que no te voy a cobrar el refresco!, remató. Por más que le expliqué que yo no era de la Seguridad del Estado no hubo manera de convencerla; aunque evidentemente yo no tenía cara de “segurosa”, mucho menos de vendedora de langosta. No podía creer lo que me estaba pasando. Había pensado que en La Habana me quitarían las langostas de las manos y que incluso, me encargarían más. Pero la intriga con la que yo proponía el producto o mi voz indecisa y temblorosa, levantaba sospechas. Por lo que pude inferir, los negocios particulares estaban siendo asediados por inspectores que cobrarían muy caro su silencio si detectaban alguna irregularidad. Después de medio día zapateando el vedado las langostas empezaron a apestar y en ese estado, ya nadie se atrevería a comprarlas.

Esa tarde un olor penetrante invadió F y 3ra. Mientras subía las escaleras a oscuras -había bajado al comedor con las tarjetas de mis compañeros de piso y varios tupperware (en Cuba, pozuelos) para recoger el arroz blanco de la comida- alguien comentó: “¡parece que en algún piso están cocinando marisco!”, y otra voz de más arriba se burló: “¡¿marisco en F y 3ra?!”
Esa noche los habitantes del piso 12 saboreamos un exquisito enchilado de langosta como si estuviésemos comiendo en una costosa "paladar" habanera. Después, tiramos los cuescos sin envolver a la montaña de basura que se acumulaba en la esquina de la beca. Nunca darían con la identidad de la traficante.

domingo, 20 de febrero de 2011

En la beca de F y 3ra (2da parte)


(Foto tomada del blog F y 3ra)

Muchos saben de sobra a qué me refiero cuando digo beca de F y 3ra o Fy 3ra a secas. A otros, aún cuando hayan intentado comprender la compleja realidad cubana, se les escapa el sentido. Beca, según la RAE, es una “Subvención para realizar estudios o investigaciones”; algo a lo que aspiran la mayoría de los jóvenes europeos si desean continuar haciendo estudios de post-licenciatura (máster, doctorados). En definitiva, dinero para vivir, para desplazarse, para solventar los problemas de alquiler y alimentación, etc.
En Cuba, no se le llama beca al estipendio que se recibe (al salario de 15 pesos mensuales que nos daban no recuerdo si se le llamaba con algún nombre especial), sino a las edificaciones en las que se vive mientras se estudia, en algunos casos desde la primaria hasta la universidad. Mi hermano, por ejemplo, salió por la puerta de mi casa vestido de azul con pañoleta roja a los 12 años -yo tenía en ese entonces unos 3- y nunca más conviví con él salvo los fines de semana y los meses de vacaciones. Era como un visitante de domingo o un hermanastro que, después de un pleito por su custodia compartida, al fin le permitiesen estar en casa sólo ciertos días planificados. Y la calidad de esas edificaciones dependía de muchísimos factores, desde la prioridad que se le diese a la escuela como logro de la revolución, su ubicación geográfica o la edad de las estructuras, a veces envejecidas rápidamente (a los dos años de su construcción o restauración) ya sea por la ínfima calidad de los materiales, porque éstos hubiesen sido “extendidos” para la venta ilegal del sobrante o porque, en definitiva, no hay construcción que aguante el paso de miles de estudiantes en etapas adolescentes...

Quien diga que la emigración ha roto la familia cubana sólo afirma una verdad a medias: esa hipotética familia estaba rota de antemano. Crecimos con la imposición de dejar precozmente la casa y con la idea de que sólo quien lograse cortar amarras sin que le doliese demasiado garantizaba el éxito preconcebido para el estudiante en Cuba: un largo camino de beca en beca. En cierta medida, nos adiestraron al exilio sin proponérselo.

Así, cuando los que no hayan vivido en Cuba lean beca de F y 3ra sabrán que me refiero al lugar donde tuve que pagar, con dosis obligatorias de inhospitalidad, el privilegio de no tener que abonar mis estudios universitarios en la capital. Los sufragaba, en cambio, con el alto precio de vivir en un espacio que rozaba los límites de lo inhabitable y lo salubre (eso sin insistir demasiado en que los límites psicológicos, habían sido sobrepasados sin dudas).
F y 3ra: el sitio sitiado donde desaprendí el placer de la domesticidad y me nació un asilvestrado instinto de conservación ya ensayado en las becas anteriores; una dirección cualquiera en la Habana; para muchos, LA dirección. Allí, los que debimos posponer nuestras sencillas evidencias de bienestar (como esa perfección del huevo frito, tan simple y tan difícil de conseguir, con los bordes tostados y la yema blanda en su centro) y convertirlas en promesas de fin de semana o fin de año, evocadas como un pensamiento obsesivo en el autobús que nos llevaba de camino a casa.

En esa esquina tuve que vivir durante cinco años junto a otros cuerpos que, como yo, bajaban y subían las escaleras a oscuras contando los siete escalones de cada intervalo; desfilaban con sus bandejas metálicas a la espera de que les fueran servidas las porciones de alimentos; cargaban el agua en cubos e iban desparramándola escaleras abajo hasta llegar a los pisos de destino, ya fuese el doce, el dieciocho, o el veinticuatro, para después allí, ahorrarla al máximo en imprescindibles funciones de aseo y consumo; y dormían o hacían el amor en silencio, mientras el resto de los compañeros del cuarto fingían, condescendientes, que roncaban y hasta se quedaban dormidos arrullados por el ritmo de las parejas que poco a poco iban postergando la timidez ante la imposibilidad de tener un espacio privado. F y 3ra: un “gran hermano” sin cámaras ni lujos.

En cierta ocasión, vino la prima de Camagüey de una de mis compañeras de cuarto, para pasar unos días en la Habana. La primera noche nos despertó en medio de la madrugada con un verdadero ataque de histeria al oír unos gritos ahogados con una almohada y unos golpes acompasados contra la pared del cuarto colindante. La prima imaginó el set de una violación en toda regla, y temía que el ejecutor continuase su jornada en nuestro cuarto. Tardamos un buen rato en calmarla y hacerle entender que así podían ser, a veces, las noches en la beca. Creo que al otro día retornó a su provincia con la certeza de no regresar nunca más a aquel “antro” lujurioso.

Todos los años cometíamos la misma inocentada. Llegábamos a finales de agosto, recogíamos los colchones que habíamos guardado bajo llave en una habitación y adecentábamos el piso. El segundo año pusimos una cortina en el baño, bombillos en todos los sockets y por supuesto, una cerradura en la puerta de entrada principal y otra en la puerta del cuarto (unos yales antiguos reparados por mi padre). Quizás también colgamos algún cuadrito hecho con postales o con afiches de la feria del libro. Buscamos un sofá abandonado por algún piso y casi logramos reproducir el salón de una casa. En una patada, rompieron las cerraduras; en dos vueltas por el piso robaron la cortina, los bombillos y todo lo que hallaron útil, y en tres, nos dejaron aquello exactamente como lo habíamos recibido al llegar: casi vacío. Así que vivíamos prácticamente a oscuras; teníamos por cerradura un clavo torcido de tal forma que al girarlo sostuviera la puerta y se nos quitaron los deseos de poner cuadritos en las paredes.

Quien se parase en la intersección de esas dos calles podía recibir una lluvia blanquecina en su cabeza, o podía ver estallada, frente a sus pies, una bolsa de excrementos o de simple basura. Podía ver caer desde simples cáscaras de naranja hasta una silla y, en el peor de los casos, no ver nada, sólo sentir el golpe en su propia cabeza. Cuando sucedía esto último, solíamos correr a los balcones para presenciar el espectáculo del transeúnte histérico lanzando improperios al edificio.
Los que no teníamos tiempo para contemplar los veinticuatro pisos de la residencia desde la acera, vivíamos como si nadie necesitara pasar por allí o como si ninguna comunidad colindara con el edificio al que creíamos situado en otro mundo, especie de realidad paralela, en el que las personas podían asearse en el balcón y lanzar sus escupitajos con pasta dental a las aceras. En realidad creo que con aquellos actos “incivilizados” hacíamos evidentes las reglas del juego en el que vivíamos, en un lugar donde era imposible asearse asiduamente, comer con agrado o dormir con placidez. Nuestra desidia hablaba por nosotros mejor que cualquier acto de protesta; era la forma en que hacíamos transparente nuestra vida cotidiana en aquel solar vertical y ruidoso.

Podían pasar semanas, meses, sin que pudiésemos acercarnos a los baños de los dormitorios desde que se habían tupido un día y fuera imposible desatascarlos, o sin tener agua en el grifo para lavarnos la cara al despertar. Si el olor se hacía insoportable, siempre nos quedaba el balcón para airearnos gratamente mientras nos lavábamos la boca. Casi todas las tardes subía, lenta y resignadamente, 168 escalones hasta llegar al piso 12 con un cubo de agua para el aseo y con otro que servía de contenedor para transportar pomos -botellas- de tu kola llenos de agua. (Alguien nos enseñó que si poníamos dentro del cubo seis pomos de 1 litro y medio, transportábamos más agua y teníamos menos probabilidades de derramarla que si llenábamos directamente el cubo).

Los días que milagrosamente funcionaba el viejo elevador, las colas eran interminables: el recibidor se llenaba de agua y nuestros pasos poco a poco se hacían más pegajosos hasta formar el “patiñero”. Los más listos subían algunos pisos para coger el elevador desde allí, mientras en el primero esperaban los que, de tan cargados, apenas podían moverse y solo les quedaba maldecir cada vez que se abrían las puertas del Otis y comprobaban que no podrían montarse tampoco esta vez. En otras ocasiones el agua escaseaba hasta en el grifo del primer piso y la avería podía durar semanas enteras. Eran los días del éxodo: planificábamos las migraciones y, si teníamos suerte, matábamos dos pájaros de un tiro: nos duchábamos y cenábamos comida casera.

Una tarde, tocaba visitar a las primas lejanas de una compañera de piso -que vivían, para su desgracia, cerca de la beca; otra, lo intentábamos con algún colega habanero. Y agotadas las posibilidades, debía visitar a la familia, aunque para llegar hiciese falta emplear unas horas en el viaje y otras tantas en rodeos familiares (cuentos y más cuentos), antes de pasar a satisfacer las urgencias más elementales.
Cada vez que iba a la casa de mi profesor de solfeo (a partir del tercer año estuve en el coro de la Universidad y decidí pagar treinta pesos semanales para suplir mi ignorancia con las partituras), me las arreglaba para escapar al váter y allí, en la tranquilidad de un baño de hogar, aquietaba la lujuria de oír el agua correr y verla escurrirse milagrosamente por el desagüe. Regresaba después a la clase, al cabo de los veinte minutos, feliz y sin una gota de vergüenza. En ese intervalo, mis compañeras de solfeo tenían que enfrentar la intranquilidad del profesor que seguramente pensaba que yo andaría vagando en puntillas de pie por su casa con afán de desvalijársela. Así, cada miércoles, como si la visita al baño viniese incluida en la tarifa.

Mi bolso era una casa exprés (o un agujero negro si intentaba encontrar algo con prisa). Dentro podía haber desde un cepillo de dientes, ropa interior, una toalla y un pulóver, por si tocaba exiliarse sin previo aviso, (incluso, por si a última hora decidía torcer rumbo y escaparme vía autopista a Pinar del Río) hasta el pan del desayuno, guardado con previsión para el momento más agudo del día, todo conviviendo en perfecto acople de batiburrillo con los libros, las agendas, los carnés de la biblioteca, los bolis… Y con esa mochila a cuestas andaba todo el día, todos los días del curso, almacenando cosas útiles, incrementando hasta el límite su posibilidad de resistencia.

Tanta escasez de limpieza; tanta insuficiencia de lejía y desinfectantes, de agua potable lustrando las losas de los pisos, cuartos y baños, provocaba que los ácaros se multiplicaran en nuestra piel, las bacterias en los estómagos y que el cráneo se viera invadido, de vez en cuando, por minúsculos insectos a los que no les habíamos dado permiso de entrada. En tercer año fui un complejo sistema ecológico de una biodiversidad sorprendente, y mi larguísimo pelo tuvo que verse disminuido a un pelado de escasos milímetros para controlar la plaga.

En esos años solía ser más poderoso el espíritu de subsistencia y esa dignidad que nos libraba de la indiferencia y del despojo cada vez que nos recomponíamos con nuestro mejor aspecto para introducirnos en la vida de la ciudad, tan caótica y desvencijada como la beca de F y 3ra, pero cuyo deterioro apenas veíamos, casi siempre circunscritos a los beneficios del Vedado −a los conciertos, la cinemateca, exposiciones, o un atardecer en el malecón…
En esa beca conocí a mi actual pareja, compañero de piso durante muchos años. Pero antes, tuvo que pasar la dura prueba de auxiliarnos cada vez que, de noche, necesitábamos una “representación masculina” para ir a las zonas más oscuras del piso -las duchas-; o trasladar los cubos de un lugar a otro, o matar una cucaracha, u oír pacientemente nuestros comentarios infinitos. Compartimos el té con azúcar y los “polvorones” camagüeyanos (que la madre de mi amiga Natasha nos mandaba en unas cajas como de mudanza y que nos duraban eternamente), la música de la radio (“Buenas noches, ciudad” de Carlos Figueroa), libros y más libros y varios festivales de cine. Al final, como me lo ha recordado hace poco una de aquellas amigas de entonces, haber vivido en la beca y no haberse dejado la felicidad en el intento, valió la pena: nos hizo inmunes no solo a los bichos sino, sobre todo, a las trampas del pesimismo.

domingo, 16 de enero de 2011


(Foto tomada del blog F y 3ra)

F y 3ra. (Primera parte)

Después de vivir casi un año en casa de los tíos, un día hice la maleta y decidí renunciar. Rajarme. Pero antes de regresar definitivamente a Pinar del Río me quedé en la residencia de F y 3ra con unas compañeras de aula. El olor enrarecido de los pisos, el olor de los colchones, de las taquillas, el olor de los baños, de la comida y hasta del agua, supuestamente insípida e inodora, me dejó inhabilitada para tomar cualquier decisión. En aquellos días, el único pensamiento que ocupaba mi mente era aprender las técnicas −ya aprendidas por mis amigas− que harían más vivible mi vida transitoria en la residencia estudiantil: las técnicas para desplazar mentalmente el olor, anular el sonido, dejar de mirar la suciedad y cerrar el paladar para que, sin apenas llegar a sentir el sinsabor del sinsentido, la comida pasara como por un embudo de la boca al estómago. Esos días de tránsito se volvieron semanas y el instinto de sobrevivir fue más poderoso que el de renunciar. Y me quedé a vivir allí.

Ninguna de mis compañeras de cuarto podía explicarse aquella reacción semejante a la felicidad cuando, asomada al balcón de la beca −a expensas de que me cayera una saliva en la cabeza−, les explicaba que me sentía a gusto. En realidad estaba allí "por gusto": innecesariamente, pues podía vivir mucho más cómoda en la casa de mi familia, pero justamente por no tratarse de una obligación, sino más bien de una elección, estaba a gusto. (Realmente lo que evidenciaba era mi necesidad desequilibrada de sentir el agua al cuello para solo entonces comenzar a nadar. Resistir sería la palabra exacta, y en el proceso de resistir, olvidar poco a poco que se resistía).

Sentía −y quizás exageradamente− el placer de la sobrevida; ese que seguramente sienten los que, después de una catástrofe, amanecen en la ruina pero con el insensato encanto de poder registrarla, de dar testimonio. Entre tanta energía empleada para subsistir −y empleada sobre todo para disimular e incluso disfrutar la subsistencia, de tal modo que no se percibiera como tal, pues de lo contrario la estancia obligatoria en la beca podía convertirse en un suplicio inaguantable− apenas tenía tiempo para el lamento o la autocompasión. De lo que se trataba en aquellos días era de anular casi todo acto volitivo −dependía de agentes externos que me situaban, emplazaban y movían como una ficha de ajedrez−; casi toda autorreflexividad −difícilmente podría ensimismarme viviendo en aquella maldita circunstancia de gente por todas partes− y casi todo acto sensitivo −como explicaba, trataba de no sentir la fría y pegajosa textura del pasamanos de las escaleras, de no oler el saco donde había sido envasado el arroz que me estaba llevando a la boca, de no oír el banquete de las cucarachas en la taquilla donde se guardaba el pan tostado. O para ser más exacta, de sentir todas estas percepciones no como algo preconcebido −y que, entonces, me darían una infinita repugnancia− sino como algo que habría que empezar a bautizar con nuevos códigos y palabras. Una especie de oficio adánico en un mundo distópico.

En la beca debía, ante todo, desaprender para luego aprender. Des−aprehender (y soltar la mayor cantidad de amarras que tuviese) para luego aprehender. En ello radicaba la sobrevida (es decir, mantenerse a flote) en aquel estado de excepción en el que vivíamos desmintiendo casi todos los nombres que antes le habíamos dado a la seguridad, al placer, al bienestar.

Recuerdo que por aquellos años apenas me miraba al espejo; era algo innecesario, una acción que aportaba poco. (Aunque en realidad sí que nos mirábamos de cuerpo entero en el cristal sucio y reflectante de la puerta del balcón. Aquella superficie era incapaz de reproducir detalles, sino más bien una presencia que identificábamos con nuestra imagen). Apenas teníamos tiempo para aquel acto de vanidad. Nos levantábamos y después de agenciarnos unas gotas de agua en un tanque herrumbroso y vestirnos con urgencia, corríamos escaleras abajo, primero doce y después dieciocho pisos, para alcanzar el lujoso desayuno −y lo digo sin ironía: en mi caso, era la única comida “tragable” del día: un pan viejo que ultra−tostaban para que no notásemos su vejez y un yogurt pastoso y ultra−ácido, pero que tomaba convencida de su poder alimenticio: mientras más ácido estuviese más creía en su “autenticidad” láctea. Y después nos lanzábamos a la calle a coger una “botella” que nos ahorrara el camino a la facultad o nos íbamos casi corriendo, después de convencernos que cada vez era más difícil atrapar un "chance". Y una vez allí, y frente a frente a los espejos del baño de la Escuela de Letras, me permitía unos instantes de soledad con mi imagen, breves instantes, no nos engañemos: el olor del amoníaco y del azufre no se soportan por mucho tiempo. Muchas veces sentía que si me miraba demasiado al espejo podía "corromperme", pero sobre todo temía que este acto tan simple me llevara a la idea de renunciar, a hacer las maletas y regresar a casa, donde me quedaría para siempre mirándome al espejo, inútil y embrutecida. (Vivía convencida de que había cierta relación entre la pulcritud física y la inteligencia. Con este axioma machista justificaba mi desaliñada apariencia de estudiante becada: no tenía otra opción.)

Los espejos, repito, eran innecesarios; nos restaban un tiempo de oro que debíamos emplear en labores de subsistencia: buscar y cargar agua desde el comedor a los pisos donde viviésemos; hacer interminables colas ya sea para almorzar y comer, para coger el elevador si algún técnico milagroso lo había puesto a funcionar, o para comprar algunas croquetas en el "Recodo" -una cafetería que casi podría haberse llamado rescoldo, ceniza residual de un fuego extinguido hacía muchos años. O para salir a buscar un sitio donde ducharse, en caso de que ese día no hubiese agua en la beca. Después de tantos ajetreos, de tantas precariedades poco a poco solventadas −o insolventables− a pocos nos quedaban deseos de organizar el cabello, de maquillarnos para la cabriola de la escasez.

Creo que esta simple idea de que no teníamos tiempo para contemplarnos en el espejo sería fundamental para entender cómo anulábamos poco a poco nuestra subjetividad, nuestra conciencia de individualidad (tan falsa como necesaria). Por el contrario, cada vez más nos percibíamos como un conglomerado −los estudiantes de F y 3ra; los chicos de la beca−, una gran masa que retumbaba del primero al último piso: si antes lo que nos confirmaba en la igualdad era el uniforme azul con las perfectas medias hasta la rodilla, ahora, en la vida universitaria, lo que nos igualaba era la sensación de repetir y repartir la precariedad: los mismos espacios habitados por cuerpos que pergeñaban agua en los mismos tanques herrumbrosos; los mismos baños tupidos, las mismas cañerías rotas, y el rito de correr escaleras abajo para alcanzar el mismo desayuno. Pero sobre todo, la misma sensación de impotencia o de irreversibilidad.

Una frase bastante simple de Hannah Arendt puede explicar lo que podía haber sentido en mi tránsito a la residencia estudiantil: Dice Arendt que “el más claro signo de deshumanización no es la rabia o la violencia, sino la evidente ausencia de ambas”; y si estaba llena de ira antes de mudarme para la beca, al llegar a ella perdí absolutamente la necesidad de expresarla que es, en definitiva, el verdadero sentido de la ira y en donde radica su fuerza: en su expresión, en su visibilidad. En el gobierno mal gobernado de la casa de mis tíos podía ejercer mi protesta, así fuera a través de la violencia o de la angustia: me era posible intervenir de alguna forma. En F y 3ra más bien tocaba cerrar el pico y aprender a sobrevivir. La otra opción, que ya para entonces la había descartado, era la de regresar a casa y resignarme a la derrota, a eso que en Cuba se llama “rajarse” y que, en cierta medida, se seguía viviendo como una vergüenza.

jueves, 25 de noviembre de 2010

VAGÓN 204



"Para no olvidar".

Discurso de Fidel Castro, 13 de marzo de 1963.

En ese discurso del 13 de marzo de 1963 en la escalinata de la Universidad de la Habana se dijeron cosas muy importantes; algunas que leídas hoy, provocan una risa dolorosa, como cuando Fidel dice que los pobres "del pasado" (de ese pasado que es el ahora mismo en Cuba) vivían añorando, en la otra vida, lo que no podían tener en esta. Dice el "imagintivo" Castro:

"Imagino cómo verá un pobre el cielo, y tal vez se imagine el cielo con un gran automóvil, vajillas de plata, un palacio y una pierna de cerdo o de res asada en la mesa de su casa".

Para leer, pinche aquí

domingo, 21 de noviembre de 2010

[27] Diciembre, 1994.



En ese año empezó a circular algo llamado “chavito”: unos papeles de colores que casi nunca había tenido en mis manos. Las colas en los kioscos de cambio eran interminables y solo había unos pocos dispersos por la geografía de la isla. En diciembre la venta de cigarros “por la libre” se había paralizado y los fumadores estaban desesperados: una cajetilla llegó a costar entonces 40 pesos. Vendí las que recibíamos en casa, por la bodega, con increíble éxito: el pudor fue cediendo ante el apremio, y sin detenerme a valorar lo que hacía, me embolsillé la necesidad ajena.

Una tarde, decidí no ir a clases y aventurarme más allá de los límites habaneros conocidos, para canjear por “chavitos” aquellos pesos que tenía ahorrados. Mi madre había multiplicado mi dinero para que, con el cambio, comprara algunos regalos de navidad: baratijas, refulgentes obsequios que tenían un aire de premio inalcanzable, y por ello mismo, los ansiábamos. Su brillo recién se estrenaba en las tiendas y como insectos enceguecidos, íbamos a menudo a morir en ellos, incluso, sin dinero: acudíamos solo a contemplarlos, como a los museos.

Mis padres llevaban días emocionados con el festejo de las navidades. La navidad siempre se había celebrado disimuladamente en mi casa desde que yo tenía memoria; solo que no bajo ese nombre: mi abuelo cumplía años el 22 de diciembre y desde mucho antes de que se suspendieran las navidades en la isla, convocaba a la familia por esos días en torno a las empanadas de carne y guayaba y a la preciosa vajilla de matrimonio, que la abuela trataba de mantener intacta a pesar de los chiquillos correteando por todos lados. El cumpleaños fue el pretexto perfecto para fundir una celebración con otra, enmascarar los festejos −como harían los esclavos en la colonia con sus fiestas religiosas, escondidas tras el calendario cristiano. Pero ahora, en los 90 era diferente: ya se podía celebrar a cara descubierta. Habíamos llenado la casa de colas de gato, y mi madre, envuelta en un entusiasmo infantil, proyectaba bromas, regalos, platos suculentos… Mis suegros vendrían esa noche, y a la emoción de la fiesta, sumábamos la comunión de las familias…

(En realidad mis padres trataban de alejar su desolación. Ese año habían tenido que añadir, a su oficio de maestros, el de vendedores en un mercado de la provincia donde ofertaban unos pudines que elaboraban en las noches junto con otras menudencias. Me ofrecieron sus ahorros para agasajar a los invitados: yo debía cambiar, entonces, los pesos por papelitos y los papelitos por los objetos made in China.)

Averigüé los ómnibus que me llevarían a Centro Habana, y al salir mis compañeras de cuarto me pidieron que les cambiara a ellas también. Sin pensármelo dos veces, accedí: llevaba conmigo nada más y nada menos que 2400 pesos −el cambio estaba a 80 x 1, o sea, que compraría 30 chavitos, de los cuales 10 eran de mi madre, 6 míos y los 14 restantes, de mis compañeras. ¡Iba con las cuentas muy claras y con el dinero contado y recontado! 2400 pesos era mucho dinero y a la vez era nada: unas 60 cajas de cigarros…

(Foto de OLPL)

Al llegar al kiosco había todo un pueblo para cambiar. La cola se extendía a varias manzanas a la redonda y en la entrada, un núcleo ameboide franqueaba el paso y hacía imposible el avance ordenado. Un mulato achinado −y de quien podría haber hecho un perfecto retrato robot- me sugiere, por lo bajo, que él me puede cambiar, pero apúrate, cuánto quieres, dame ya el dinero que ahí viene la policía, toma tus 3 papelitos de colores…: mi bulto de 2400 pesos pasó a su mano y tres billetes enrollados me fueron entregados. (Recuerdo que le pedí que lo contara y me dijo que no, que qué va, que ahí no lo podía contar: “yo confío en ti”, añadió.)

Con la confianza de quien se sabe más lista que nadie −¡me quité de encima una gran cola!- me fui a la tienda más cercana tras los regalos navideños. Al llegar a pagar, la bellísima cajera con ese maquillaje perfecto que solo las cajeras entre otras pocas mujeres de la Isla podían permitírselo, me congeló con sus ojos: “Estos billetes son falsos. O te vas calladita como si no pasara nada −¡y no armes espectáculo, niña, que se van a dar cuenta los de la seguridad!-; o tengo que llamar a la policía y te enredarías, te meterían presa, imagínate, te acusarían a ti de compra ilegal y a lo mejor hasta de falsificación… Tú decides...” (Evidentemente la cajera estaba compinchada con los estafadores: quizás se maquillaba todos los días gracias a la credulidad de los burlados: mi dolor era un impasible make up en su rostro…).

Y me fui calladita, por supuesto. Al doblar la esquina me doblé en dos y vomité mi ingenuidad: tenía una resaca pegajosa, un mareo de vientre grávido que, de repente, se vacía, y aborta en plena calle, a la luz del día. La estafa duele tanto como una violación. Es una violación que te rompe sin dejar huellas corpóreas: ¿dónde la contusión, la fractura?; ¿a quién mostrar la marca inexistente que como un sello de agua se estampaba cuerpo adentro?

(Foto de OLPL)

Luego aprendería a sobrevellar el timo diario, el timo de pacotilla casi imperceptible con el que se tropezaba a cada paso -de balanzas desbalanceadas, de productos adulterados-; pero aquel era un sablazo mayor para el que nadie está inmunizado.

Decidí caminar y caminar y caminar…
Salí al malecón y fui andando desde la Habana Vieja hasta el Instituto Superior de Arte (donde vivía mi pareja en aquel momento). Llegué mojada y ajada −una lluvia pertinaz me intercedió en el camino: mi imagen asustaba. No tenía dónde refugiarme y solo necesitaba un abrazo. ¿Cómo reponer el dinero?, o ¿cómo decirle a mis padres que seguía detenida en ese estado de inmadurez que ellos ya creían superado?, ¿cómo convencer a mis amigas, sin que la duda se posara en sus ojos, de que había sido tan infantilmente estafada?

Tenía sólo tres “chavitos” en mis manos: los 30 en realidad eran tres billetes de a 1 que les habían pegado un cero mal recortado (en un principio quise tirarlos; me contaminaban, pero solo esa doble humillación que nos obliga a controlar el orgullo ante la obvia necesidad, me hizo conservarlos). Mi novio me ofreció todos sus ahorros: 2 chavitos que tenía guardados para ese fin de semana; sin un centavo, tuvo que regresar a la provincia, mientras yo me quedaba sola, hidrocefálica: la idea de reponer la falta estallaba en mi cabeza como las olas del mar en el muro; estaba obsesionada. Debía reunir 24 más para completar la deuda y para borrar aquel episodio, como si nunca hubiese ocurrido: ¡pero 24 “chavitos” eran 1920 pesos!, ¿de dónde los iba a sacar?

Ese fin de semana recorrí toda la feria artesanal que ocupaba la calle G pidiendo trabajo. Casi llegando a Línea, un joven de pelo largo y rizado me “contrató” solo por ese fin de semana, después que le conté, llorosa, lo ocurrido: creo que se lo contaba a todo el mundo con el impudor que da la desesperación: iba de puesto en puesto con esa vocecilla moribunda que tienen los mendicantes. En su mesa exponía sandalias de cuero y por cada par que lograra vender ganaría 1 chavito. Estuve desde las 10 de la mañana hasta las 8 de la tarde bajo un sol que disecaba −mi propia piel olía a cuero− y sin comer nada. A ratos, me tiraba en la hierba, exhausta. Pero me sostenía la excitación, casi felicidad, de lograr saldar la deuda.

Solo vendí dos pares de sandalias; la euforia se fue tornando desesperanza. Volví el domingo, casi sin fuerzas −me pidió que madrugase para ayudarle a montar el tinglado. El día se extendió oblongo como una lengua de perro sedienta… A cada hora hacía cálculos, se acercaba el retorno de mis amigas de sus provincias. Hacia el final de la tarde vendí dos pares de zapatos más.

El lunes le entregué el dinero recaudado a una de mis compañeras y no le conté lo ocurrido. Me faltaban los seis de la otra muchacha (casi 500 pesos), que llegaría de su provincia en cualquier momento y me pediría cuentas. Podía haberle explicado la verdad, pero una imagen caprichosa me martirizaba: hacerlo era reconocer mi incapacidad para lidiar con el mundo. (Quizás el complejo de "pinareña", del que trataba de desentenderme a toda costa, influía en no querer reconocer que había sido burlada.)


(Foto de OLPL)

Volví a doblarme en dos y a caminar, caminar, caminar (era de noche, y arrastraba los pies por el malecón). En un impulso, y sin dejar que una culpa pegajosa me inmovilizara, me arrimé al costado de la acera y empecé a señalizar con el dedo levantado como pidiendo “botella”. Fue un gesto casi instintivo, sin meditación de por medio... Inmediatamente se me acercó, salida de la nada, una mujer pequeña −como una infante envejecida−, con tacones y falda muy corta y me gritó amenazante: “oye, este pedazo es mío, y además lo controla Él” −y señaló para una sombra blanca que desde la otra acera observaba nuestros movimientos. Miré hacia atrás y vi una larga cola de chiquillas en tacones y faldas cortas, separadas a una prudencial distancia unas de otras; todas dispuestas a defender sus "puestos".
“Y vete ya −agregó−, que con esa ropa y esos zapatos me espantas a los clientes.”

Su violencia hizo que me diera de bruces con el sinsentido de mi empresa: mi cuerpo descarnado, casi concentracionario, y mis ropas elementales −toda yo desprendía una ausencia de sofisticación como un perfume barato: mi belleza era hirsuta, nunca me había depilado las cejas, apenas me maquillaba−; además de mi incapacidad para la seducción impostada y para el amor sin consagración, sin previo pacto de futuro, todo ello hacía que mi empresa fuera, de antemano, un disparate. Esto, sin detenerme en pensar que, por aquella época, consideraba moralmente reprobable la prostitución.

Regresé a la residencia descoyuntada; como en las torturas medievales, mi cuerpo eran dos fragmentos que unos caballos arrastraban por caminos opuestos. Sin ningún milagro a la vista que multiplicara el dinero, tuve que contarle lo ocurrido a mi compañera de cuarto y prometerle que, tan pronto pudiera, se lo devolvería. Por un buen tiempo trabajé, durante los fines de semana, en el puesto de frituras, pudín y refresco de mis padres, hasta reunir la suma faltante (peso a peso, con la cara desvalorizada de Martí, fui restando la deuda). El trabajo de unos pocos fines de semana se volvió empleo permanente por varios años: francamente no lo asumí como una carga; era feliz ayudando a mis padres y garantizando mi cuota de subsistencia). De toda esta historia me quedé sólo con un único sabor agrio: el de no haber hecho el retrato robot de aquel individuo que aún hoy, si afino la memoria, podría recomponer. ¿A cuántas personas más habrá estafado?

Ese fin de año hubo fiesta en casa y regalos al pie del arbolito −aunque no los objetos brillantes y frágiles made in China. Mi madre sacó del fondo de un armario unos adornos de cristal, comprados probablemente en los últimos destellos de las tiendas “de la Amistad” y almacenados para cuando necesitase obsequiar a algún médico… Cuando mi abuela avisó que ya la mesa estaba servida y los platos de la vajilla de su matrimonio nos recibieron con su encanto añejo, tuve la sensación de que no podía ser más completa la estampa familiar.

sábado, 20 de noviembre de 2010

LA VIDA DE NOS-OTROS

Cap 20 Fast Havana, de GautierProdVideos.

Aquí me reencuentro con los trenes abandonados, con el vagón 204... No eran una fantasía, una ilusión óptica o un recorte maléfico de la ciudad: ahí están, como la huella indolente del pasado varado, del futuro que se oxida sin llegar a ninguna estación -pero esto es tan evidente que es casi una metáfora obsoleta...

La Habana, narrada por la lente de George Gautier sustituirá, por hoy, las palabras.


jueves, 18 de noviembre de 2010

LA VIDA DE NOS-OTROS



Esta vez Omar Rodríguez (habanero residente en Madrid) me regala un resumen de nuestra/su vida -con conga santiaguera de fondo- que ya había publicado hace un tiempo en su blog pero que a petición del autor, formará parte de esta cadena de vidas que me apropio para espejearme y dialogar... Gracias Omar por este trocito de "muela bizca", sobre todo por tejer tan bien tus recuerdos con la música que tanto disfrutábamos y odiábamos -en mi caso- a partes iguales.

"Ser negrito, ser chusma, ser blanquito equivocado, ser yuma… (manifiesto personal contra el racismo)" por Omar Rodríguez.

Para leer la entrada, haz clic aquí

lunes, 15 de noviembre de 2010

[26] La Habana, 1994: historia íntima.



La Habana empezó a incrustarse en mi piel justo cuando comencé a vivir en ella: los fragmentos de su cotidiano hacían unas rasgaduras dolorosas, densas y rebordadas como los pasamanos de las escaleras que no me atrevía a escalar. Fue entonces, cuando entre tantas marcas y desabridas mañanas fuera de casa, me refugié en un rostro aniñado −alguien que me brindó su edad descoyuntada por la gravedad de la música y por cierta terquedad, ejercitada algunas tardes, de quebrar el aliento, de hacerse poderoso para olvidar la provincia y el dolor intersticial de la familia también descoyuntada.

Su música no estaba en la pauta; estaba en la intensidad de sus ojos −demasiado oscuros y empozados para sus cortos años. (Los dedos se deslizaban rompiendo el silencio y todos aplaudían la ejecución. Pero en la ejecución no había misterio: había esfuerzo; el misterio estaba en el rictus de su mandíbula triturando los sonidos, y en sus ojos plomizos). Solo cuando reía se despejaban las tinieblas y regresaba el animal doméstico, el niño que había que despiojar y mimar: esa gravedad se pierde con los años y sin ella, nos volvemos anodinos…

Cinco, tal vez veinte años, nos separaban, y como en algunas utopías fílmicas, soñaba detenerme a esperarlo y envejecer con él, simultáneamente, hasta que ni una arruga ni una simple cana simbolizara las diferencias. Sólo que no fui capaz de prever que los cuerpos hablan un lenguaje de años muy diferente al lenguaje de gestos, de experiencias…

Quería ser la dualidad o abolir las dualidades, abrirme la piel como un abrigo y refugiar dentro de mí al cuerpo que recién empezaba a amar. Quería ser la confluencia perfecta entre el sufrimiento y la belleza; el instrumento −madera y sublimidad mezcladas a partes iguales−; el arpegio que dejaba caer el amor como si lloviera, lentamente sobre mis poros vueltos cántaros, y la simultaneidad de los sonidos, difusos en la noche. Quería ser el cansancio y la repetición infinita de una pieza inconclusa… Terminé por ahogarlo, como la libélula fósil en la burbuja de ámbar.

Los ires y venires de La Habana a la provincia se llenaron de lentas madrugadas tejiendo intensidades, que luego debían destejerse al llegar a la ciudad. Nos internábamos en ciudadelas estudiantiles y vivía el martirio de la distancia como el suplicio que pagaba a cambio de instantes de trascendencia que me eran regalados −como un viaje arrodillado y doloroso de camino al santuario en busca de la promesa que salva la vida−. Me ausentaba, vivía ausente, comía ausente la insípida y casi ausente comida que me daban, dormía ausente entre el bullicio de los pasillos −vivía una especie de vida sin mí, o mi vida conmigo alcanzaba un grosor, una intensidad o una forma que aprendí a sentir y dimensionar sólo cuando volvía a ser un continuum, una vida consigo. Por aquellos días tenía la certeza de la inmortalidad: ni una hoja de otoño podría herirme; cualquier muerte cotidiana estaba demasiado lejos de la totalidad que sentía entonces. (Como si Dios no se atreviera a interrumpirnos; como si sintiera pudor de deshacernos en plena hechura.)

Lo cotidiano era un trámite, apenas un cobertizo donde actuaba o una pausa: no dejaba entrar a mi cuerpo lo cotidiano; demasiado sucio, decadente, ocre. Tenía aspecto de museo, con animales disecados y sonrientes, con olor a serrín y formol. La vida estaba en otra parte, y salía a buscarla, atravesaba la ciudad hasta llegar a la ciudadela suburbana, cuyo aire de sonidos en la distancia, de chelos y trompetas despeinaba mi acritud. El amor fue una excusa ideal para sublimar la violencia que sufría cada día al despertar. Y lógicamente, un amor no puede sustituir el entramado en el que vivimos, no puede crear una ciudad perfecta, un laberinto hecho a la medida de nuestros sinuosos deseos: la ciudad dejaba sus esquirlas, sus punzantes restos en mi piel y rompía la burbuja en la que intentaba calentar los cuerpos, unificarlos. Como un árbol enquistado en el pavimento y cuyas raíces pueden romper la ciudad, levantarla un día sin que haya remedio, mi amor se enquistó en las aceras: el dinero escaseaba, las distancias eran cada vez más insalvables, mis años de más empezaron a pesar sobre su ligera espalda de Sísifo imberbe…

Quería soñar que La Habana estaba recién asfaltada y que yo caminaría, entonces, como los chiquillos, queriendo dejar el hueco de mis pisadas para siempre (y de las suyas, a mi lado…). Pero no pude ser cántaro para que el agua no escapara, ni ahuecando las manos: mis poros dejaron de aposentar los arpegios de lluvia y se cerraron.

No supe nunca más de esa vida sin mí−consigo que enterré en algún lugar de mi cuerpo. Dios no tuvo el más mínimo pudor de deshacernos en plena hechura.

domingo, 14 de noviembre de 2010

VAGÓN 204



¡Te lo prometió José Antonio Saco y Fidel te lo cumplió!"

(Fragmento de Memoria sobre la vagancia de José A. Saco, 1830.)
Las obsesiones de la intelectualidad criolla colonial de implantar un "sistema de espionaje" que controlara a los individuos y que elevara la productividad de la nación fue, al cabo de 130 años, implantado en Cuba. Los vagos, ahora investidos con la categoría política de "lumpen", o, la más aplatanada de "gusanos" vivieron la pesadilla del biopoder revolucionario, instalado a imagen de aquel que propugnara Saco en el marco del "Despotismo Ilustrado".
Martí, más democrático y conciliador, nunca hubiese apostado por una república que cercara hasta prácticamente echar al mar, a sus ciudadanos. Por eso enmendé el verso de Guillén...
Para leer más, haz clic aquí

domingo, 7 de noviembre de 2010

LA VIDA DE NOS-OTROS



Con el título "Desgarramiento", ayer seis de noviembre, se publicó en el Blog Relatos de Meme está carta de una madre cubana que lleva más de cinco años separada de los suyos y que aún le niegan, en el consulado de Cuba en Venezuela, ese sello vergonzoso de "Habilitación" que llevamos en nuestro pasaporte los que sí podemos entrar.
Como es la realidad de tantos, y como la viví prácticamente en carne propia cuando mi esposo supo que su padre había fallecido y tuvo que llorar su pérdida en la distancia, la republico para seguir armando esa vida de nos-otros que nos han obligado a vivir en el más absurdo de los sinsentidos.

Esta carta la acaba de enviar mi sobrina Lismay a su mamá y su hijita acá en Cuba. Como introducción les cuento que ella cumplió misión médica en Venezuela y se enamoró y se casó en aquel país y decidió no regresar porque ya venía en camino su segunda hija. En Cuba había dejado a la mayor con apenas 8 años y desde hace más de 5añoran un abrazo. Quiero que conozcan su historia.


Hola Mamita, mi niña querida, mi Papi, mi hermano, tía Melvis y toda mi familia. Tal y como les había anunciado hoy 5 de noviembre en la mañana fui a la embajada cubana en Venezuela con el propósito de ver al embajador u otro funcionario allí y reclamar nuevamente –por tercera vez- la habilitación de mi pasaporte para viajar a Cuba después de casi 5 años de “castigo”, víspera de los 15 años de Lianny en enero, a los que quería asistir.
Para seguir leyendo, pinche aquí

jueves, 4 de noviembre de 2010

[25] La Habana a todo color.


(La Víbora. Habana. Fotos tomadas del blog "Secretos de Cuba")

Y ya era inevitable. Lo que desde los 15 años había sido un sueño, ahora podía leerse en una casilla al lado de mi nombre, escrito con una caligrafía de oficina: Filología.
Habían ofertado dos plazas a la Provincia (en realidad se decía “habían venido” dos plazas, como “viene” el pollo, y los huracanes y cierto placer semejante a la muerte al término de la cópula). Temía que esta escasez de posibilidades para estudiar lo añorado quebrara algunos lazos de amistad, fundados, justamente, en la pasión por la literatura; casi con timidez rellené las planillas…
(En los meses cercanos a los exámenes, alguien llamaba a mi casa los fines de semana y me amenaza. Pretendía que me asustara y no ‘optara’ por la carrera. Después supe de quién se trataba y hasta fuimos amigos. Estudió bibliotecología.)

Antes de llenar las planillas con las diferentes opciones elegidas se hizo una pequeña reunión, que era, como muchas de las cosas absurdas de aquella época, una rutina para complacer a los dirigentes: todos estábamos capacitados, por nuestro compromiso revolucionario, a estudiar en la Universidad… Mientras colocamos en silencio el nombre de las carreras, alguien pide que le muestre mi planilla, y al negarme, me acusa de querer estudiar “Medicina” y no confesarlo. Habían venido, creo recordar, sólo 90 plazas para ser médico (y solo en mi aula se postulaban casi 20). Algunos enlistaban los posibles candidatos con ansiedad y temían, a cada paso, que se incrementara el inventario. La paranoia nos tenía poseídos. No quise mostrar mi planilla porque sólo cubrí una opción: no se podía desear ser filólogo, y con una intensidad menguada, ser médico o astronauta (eso pensaba en aquel momento). O uno o lo otro: casi un suicidio.

Quizás lo que no sepan mis colegas es que, al término de la reunión, tuvimos otra más “cerrada” (dirigentes estudiantiles con dirigentes partidistas), en la que se nos instaba a vetar a algunos compañeros para que no estudiasen sus carreras. En especial recuerdo −porque era mi amigo− que se pretendía negar la posibilidad de estudiar Medicina a alguien con un excelente promedio y un carisma singular, casi el “alma" de nuestro grupo. Con la “ingenuidad” como estrategia me hice la desentendida y defendí su sentido de la responsabilidad y otras manías necesarias para “encajar” en el sistema −su entusiasmo, solidaridad, su militancia en la UJC…: no veía yo cuál podía ser el impedimento.
La causa se insinuaba con remilgos: “Sí, será un buen estudiante, sin dudas, pero ¿ustedes creen que algún hombre (y se resaltaba la palabra) va a dejarse examinar por este muchacho? Que estudie Arte, Letras…” No se mencionaba la falta, pero volaba densa por la sala, como los insultos que se le lanzaban a toda hora por los pasillos de la escuela. Quien tenga la integridad de sobrevivir al insulto sin inmutarse −como lo hacía él−, podrá sobrevivir a casi todo.
Al final, casi nadie se atrevió a votar en su contra, y sin nuestro apoyo, no podían seguir adelante con el veto.

Así que después de los exámenes y de ver mi nombre en la casilla, ya era inevitable: Filología. Apenas me alegré.

Tenía una pareja diez años mayor, que me había puesto un anillo de compromiso (de plata y vidrio) y reclamaba boda, hijos, una domesticidad que escapaba a toda concreción y que yo fingía representar, agasajada por una falsa madurez. Me suplicaba que no me fuera a La Habana. En aquel momento, “irse” a la Habana era como “irse” del país; salir del estrecho círculo provinciano y nunca más regresar, o regresar a medias, cambiada, distante. Entre llantos me despedía todos los fines de semana hasta que la relación se deterioró. Había que adaptarse y la única manera era cortar las amarras: dejar la casa y el sillón


(Ruinas emblemáticas de la Calzada de 10 de Octubre)

El primer año me instalé en la casa de los tíos en la Víbora. Una casa semiderruida en la que sus habitantes también estaban, como yo, desgajados, perdidos. Apenas había muebles donde sentarse y las paredes vacías rebotaban el eco de las conversaciones. Mis tíos habían llegado poco antes de sus misiones en el extranjero, y el país los obligaba a vivir una miseria desconocida y a regresar a sus roles, ya desaprendidos, de padres; mis primos habían saltado, en cierta medida, al vacío, al dejar la casa de Pinar del Río −de una estabilidad familiar, rígidamente amorosa− y abrirse a la libertad y a la precariedad de los años 90 en la capital.


Nadie preguntaba por mí, nadie me preparaba el desayuno o me deseaba buenas noches. En el colmo del patetismo, intentaba descubrir el límite de este despego: salía a mitad de la noche sin dar explicación (abría la puerta y me iba a caminar por el barrio), y al regresar, apenas habían notado mi ausencia. Todos tenían demasiadas preocupaciones que acomodar en la casa vacía. Eran los días en que la prima más pequeña, que se perdía por semanas viviendo el sueño del neojipismo habanero, me llamaba al baño donde nadie nos viera, y se sacaba una tartaleta del bolsillo, comprada con monedas inalcanzables. Los seis huevos de la quincena se guardaban en las gavetas para que cada cual los racionara a su antojo. Éramos una familia demasiado numerosa como para planificar y compartir la precariedad.
La prima mayor vivía en la casa, con su marido y su niño hiperquinético de unos cuatro años. El primo mayor vivía en la casa, con su esposa y su niño dócil de unos cuatro años −mantenido a raya por el hiperquinético. Éramos 10 en total. No había un minuto de silencio.
Por las mañanas, hacíamos colas en el baño; el tío a veces amanecía sentado en la taza, borracho. Los primos discutían, las puertas se tiraban. Los pequeños probaban fuerza conmigo, tanteaban la paciencia de la nueva inquilina.

Yo esperaba a que todos se fueran al trabajo para levantarme. Cuando lograba desayunar, echaba un plátano en la batidora con agua: jugo de plátano que había que tomar inmediatamente, porque si no, se separaba el agua de la fruta. El día que tardé en beberlo, vomité. (Nunca más he vuelto a comer esta fruta; soy incapaz de no regresar, con ella, a aquellos días).
Después me iba a clases y seguía en las nubes, sin entender muy bien si tenía sentido toda aquella locura. A las pocas semanas me hice amiga de una compañera de clases, vecina. Me salvó la vida. Literalmente. Estaba en su casa hasta la hora de dormir; estudiábamos, conversábamos, y su madre nos preparaba un refresco rosa (agua con azúcar a la que le echaba unas gotitas de un colorante con ligero sabor a fresa). Almorzaba allí, en familia, usurpando una ración que no me pertenecía. Esa mujer leyó mi desasosiego como nadie. Y nunca tendré suficientes palabras para agradecérselo.

Cierro los ojos y evoco un robo. De repente, estamos sentadas en el comedor, la esposa de mi primo y yo, conversando, tomando café. Un gallo hermosísimo se pasea con ínfulas por el muro que separa nuestra casa del patio del vecino. Con un impulso desconocido por mí, cogió un cuchillo y se abalanzó contra el ave que apenas pudo protestar. Esa tarde todos cenamos pollo, “comprado en el mercado negro”: le había prometido callar la fechoría de la que fui cómplice.

Otro día, cuando regreso a casa sobre las siete de la tarde, veo a mi tía sentada a la mesa de la cocina, esperando. Esperando. A las ocho habría apagón −hasta la madrugada− y el fogón sin encender, la nevera vacía y un oficio de madre que no podía ser ejercido. (Cuando cortaban la luz también se iba el “gas de la calle”).
En aquel momento su mirada no era de desespero, impaciencia o dolor; sino más bien de resignación, lento aprendizaje del suplicio. Al sentirse observada, salió del ensimismamiento y me contó que había venido el picadillo de soya a la carnicería, pero que la cola era infinita y que todo el barrio defendía su lugar con la chusmería imprescindible en estos casos. Me dijo que lo sentía, pero que no había podido sumarse a la multitud. No sabía cómo. (Apunto unos versos que me vienen a la memoria: “La efectividad del ritual sólo es posible / si la víctima se suma al jolgorio / de su muerte”).
Yo tampoco sabía, pero era joven y debía aprenderlo. Quien tenga la integridad de sobrevivir sin inmutarse a la humillación de batallar por una cuota de comida, podrá sobrevivir a casi todo. (Después, al cabo de 5 años y ya graduada, retornaría a vivir a un solar de la Víbora en donde aprendí a ponerme la chancleta con una facilidad que aún la conservo.)

Ese día fui la heroína de la casa. Comimos la insípida ficción que nos ofrecían en la oscuridad del apagón.

Suspendí mi primer examen de Latín.

martes, 26 de octubre de 2010

LA VIDA DE NOS-OTROS



Le he pedido este texto a George Gautier (el "Yoyin") porque leyéndolo, sentía que dialogaba conmigo de alguna manera. Yo, que últimamente ando vestida a toda hora con la "camisa blanca" de los recuerdos, siento, en cambio placer poniéndomela y quitándomela lentamente ("me quito el rostro y lo pongo encima del pantalón" - diría el Silvio de aquellas canciones que valía la pena memorizar). Para el Yoyi, recordar es como pasar ese coágulo imposible por el corazón. Y sobreviene el dolor. El infarto.

Hoy me puse la camisa blanca de ir a trabajar y por unos segundos, mi memoria sádica me llevó al mismo momento en que me ponía una camisa similar para ir a la escuela. Por un momento pasé un susto terrible de haber vuelto atrás de pronto, es más, de que nada de mi vida actual hubiera sucedido. Temí despertar de pronto en un escabroso y sacudido año 88 yendo al tecnológico en la guagua 22, colgado de la puerta, sin nada en el estómago.
En esos segundos me volvió a sacudir la inseguridad, la falta de esperanzas, la falta de amor, la ceguera inmadura de cualquier estudiante que solo quiere que pase el día para volver a ir a la playa, único sitio donde realmente me sentía en casa, en tierra.
Para seguir leyendo, haz clic aquí

domingo, 24 de octubre de 2010

[24] Viaje sin fotos (2)



Como ya conté en otra ocasión, antes de partir a Francia y con la ingenuidad pretenciosa de una adolescente insular de apellido extraño, mi boca se abrió para decir que quién sabe, a lo mejor podría encontrar mis raíces francesas,y en ese instante se llenó de insectos que construyeron su nido dentro de mi cuerpo (¡y mira que siempre me habían dicho que “en boca cerrada no entraban moscas”!). Quienes me oyeron, seguramente “segurosos” −o sea, miembros de la seguridad del estado−, interpretaron que en aquellas raíces foráneas que pretendía buscar me quedaría a vivir, como el jinete sin cabeza, y no regresaría más a la isla, a mis raíces de ceiba o de algarrobo llenas de ofrendas a los orishas. Yo, que sin dudas pasaba por una “chica del montón”, fui el objeto del deseo -más bien "carne trémula"- de aquellos moscones que me circundaban, ofreciéndome sus amores pegajosos y sus bondadosas ayudas −me cargaban las maletas o me esperaban pacientemente cada vez que me detenía, despistada y curiosa, en las pequeñas tiendecitas de minucias y souvenirs. No importaba que uno tuviese la edad de mi padre para tales proposiciones, u otro la impaciencia de un dóberman a flor de piel. Estaban en todas partes, disfrutando de su ubicuidad y facilidad para pasarse el bastón −que era yo− cada vez que uno se aburría o era despachado de mi lado con una grosería. Las mujeres -que eran minoría- cubrían los momentos de intimidad femeninos: si iba al baño me acompañaba alguna, tan buena y maternal, como para no cuidar mi puerta; otra me diría que el vestido me quedaba pintado −asomada al probador de un gran comercio. ¡Eran 25 caras que veía hasta en la sopa!

El colmo de toda aquella persecución fue el día en que me reuniría con la familia francesa que nos acogería. ¡Todo un día con una familia de raíces exóticas: “ma mère”! Con cartel en mano, esperaba ansiosa a que los franceses me contactaran, y juro que fui feliz en el instante en que divisé mi nombre en un cartel ajeno y pensé que, por fin, me iría a respirar sola sin el mosquero que se desplazaba tras mis huellas. Precipitadamente besé a los franceses y me lancé hacia la puerta para escapar, pero a la salida, una urraca dio la alarma.
Vino el jefe de la cuadrilla y habló con el padre de familia: “Hay un chico al que no vendrá a recoger nadie y, pobrecito, blablablablabla, ¿se podría ir con ustedes?”. Miré con una rabia de animal poseído al jefe −el viejo verde que unos días antes me había intentado seducir falsamente− y al joven con cara de carnero degollado casi a punto de llorar por no tener familia exprés, y monté un numerito de chiquilla egoísta ante los ojos atónitos de los franceses, para quienes era incomprensible tanta insolidaridad con el prójimo (muy lejana de cualquier manual del perfecto comunista). Dije casi gritando que por qué se tenía que ir precisamente con nosotros, que se fuera con otras personas y que ya estaba hartaaaaa del convoy -hablaba en "clave": sólo él y yo sabíamos de qué se trataba.
Al final, la familia francesa adoptó al huerfanito del tercer mundo y lo tuve toda la noche a mi lado como ese hermano antipático que te va halando las "motonetas" mientras caminas.
A causa de su presencia, los franceses tuvieron que cambiar sus planes, y en vez de llevarme a su casa a cenar y darme los regalos que me tenían preparados −bolsas de ropa usada que seguramente donarían a Cáritas−, terminamos en un restaurante griego comiendo creps. Según me explicaron, no me darían la ropa porque era de mujer y no iban a venir ellos, capitalistas inconscientes, a romper la idealidad del igualitarismo cubano. Si no había trapos para el hermanito, tampoco para mí. No los volví a ver, porque esa noche se canceló toda posibilidad de empatía.

Así que, mientras el resto de mis compañeras llenaron sus maletas de regalos −muchos solicitados directamente: artículos de aseo en peligro de extinción o medicinas de nombres desconocidos−, con los que la izquierda francesa intentaba soñar que otro mundo era posible -reposando su cabeza en almohadas de viscolátex-, yo tuve que conformarme con traer mi maleta prácticamente vacía.

Esa tarde noche puse en orden algunas cosas: dada mi irritación, disfruté diciéndole a aquella familia "comunista" que fabulaba con la impoluta perfección de mi sistema social, que el pueblo de Cuba era INFELIZ y que prácticamente nadie se creía YA el cuento de la “buena pipa”; que la gente tenía hambre y que era más fácil ser comunista vestido de traje y con un mercedes recorriendo las calles parisinas que comiéndose una hamburguesa tras tres tristes horas de colas al sol. Eso lo decía, claro y alto, para que el seguroso me oyera. El chico aprovechó un momento de soledad y para mi asombro me dijo, con un profundo abatimiento, que aunque aquello fuera verdad yo no debería decir eso. En realidad me estaba suplicando que no desbaratara sin conmiseración sus murallas de arena (dentro de las que vivía y con las que trabajaba) y esa angustia de animal acorralado me traspasó.

Y así tuve amigos a la fuerza, es decir, forzada y forzosamente −ya lo dijo Maquiavelo, si no puedes matar a tu enemigo, hazte amigo suyo. Como ya conté, me puse al tanto de este complot -y que temía fuera fruto de un delirio paranoico que habría que tratar llegando a la isla-, porque “el último de los mohicanos”, un joven “estudiante de derecho” de ojos azules hacia el que sentí real empatía, desenredó todos los cables con los que me habían estado atando y me mostró cada uno de los individuos que había "coincidido" conmigo en cada ocasión (¡mira que la Seguridad se inventa misiones de bajo costo para tener “contenido de trabajo”!). Aunque no llegó a confiar en mí como para “bajar la guardia”, al menos a su lado me sentía más a gusto, digamos que empecé a disfrutar de una cierta ilusión de libertad.

Durante el viaje visitamos una fábrica de ensamblaje de televisores Philips en las afueras de París. Fuimos recibidos por dirigentes sindicales pro−fidelistas (que nos hablaban de esa Cuba de ficción, apuntalada con sus propias frustraciones trostkistas, en la que no vivíamos nosotros- que nos explicaron las permanentes gestiones que hacían por mejorar las condiciones laborales −entre ellas, la creación de una preciosa guardería− y lograr igualdad de salarios para todos los trabajadores. Aquello seguramente nos sonaba a marciano: nuestros sindicatos sólo justificaban su existencia recogiendo la mensualidad de las MTT (Milicias de Tropas Territoriales) o debatiendo en Asambleas Generales los discursos de Fidel y, después del 94', obligando a los trabajadores a formar parte de las Brigadas de Respuesta Rápida. (Brigadas para dar palo y gritar groserías si a alguien se le ocurría lanzarse a la calle a protestar) Así que, seguramente, nos compadecimos de los pobres obreros capitalistas, todo el tiempo en pie de guerra.

Comimos esa tarde en el “comedor de los trabajadores”, algo que pensábamos sería el sitio donde se hacinaba la masa obrera −los sótanos de Metrópolis−, pero que ante nuestros ojos resultó ser como el restaurante de un hotel de primera, con aquel self service que podía ser la representación más apabullante de la libertad: poder escoger, autoservirse sin que nadie restringiera las medidas con cara de nazi era como la conquista del libre albedrío. La libertad guiando al pueblo había soltado la bandera y cogido una bandeja que llenaba y llenaba con todo tipo de alimentos que a la larga no podría comerse, y mucho menos guardar en una “jabita”.
¿Alguien puede imaginarse lo delirante que sería oír frases como: “¿y esto será lo que comen todos los días, o nos estarían esperando con un menú preparado para la ocasión?". Evidentemente nuestra precariedad cotidiana era tan grande que estábamos deslumbrados ante aquellos "lujos", que para los trabajadores no eran ni más ni menos que "condiciones de trabajo" logradas a fuerza de productividad, exigencias e incluso, huelgas. Estado de bienestar, con servicios públicos eficientes -como el acceso a la salud del que tanto presumíamos los isleños-. Un médico camagüeyano de la delegación me dijo al oído: “preferiría ser cola de ratón en Francia que cabeza de león en Cuba" y sostuvimos una larga conversación sobre sus condiciones de trabajo en el Hospital Provincial.

Para gran parte del grupo, el mundo era una pantalla de televisor Krim (artefacto ruso ensamblado en la isla) con dos canales regulados por el estado: en uno se nos decía que “había que votar por todos” y en otro se nos entretenía con béisbol. Un mes después de nuestro viaje, el 26 de julio de 1993, se anunciaría la despenalización del dólar en la isla y comenzaría a canjearse la moneda a exorbitantes precios: desde 1 x 63 hasta 1x 120. Las tiendas empezarían a vender sus exiguas mercaderías “chinas” que nos parecían artículos de primera, y algunos años después llegarían los tv Philips a sus estantes para los pocos afortunados que pudieran comprarlos.

(Recientemente supe que la empresa holandesa Philips había anunciado el cierre de aquella costosa planta que yo había visitado, amparada en la justificación de la crisis. En realidad pretendían radicalizar las políticas neoliberales ya puestas en vigor desde finales de los '90 y que habían provocado oleadas de despidos masivos. Ante esta nueva medida, los pocos trabajadores que quedaban en la plantilla “tomaron” la fábrica por 10 días y al final lograron conservar sus empleos.
En las pantallas de los televisores Philips de Cuba difícilmente esta noticia haya sido reflejada −y entendida− en toda su complejidad (más allá de una masa gritando y unos polícías dando palos), y mucho menos ahora que tantos trabajadores se irán a la calle sin que ningún sindicato ni huelga pueda frenar los despidos o negociar las indemnizaciones. Y esto en Cuba, que se ubicaba en las antípodas del neoliberalismo!. Los obreros de la fábrica de Dreux exhibían un cartel que decía: “¡Gagner contre les patrons c'est possible!”; los cubanos, en cambio, ya empiezan a hacer las asambleas para ver quién se queda y quién no, declarando de antemano perdida la batalla contra el único patrón posible: el Estado.

Al final de aquellas visitas a las fábricas o a otros sitios como la Universidad, nos reuníamos con europeos sedientos de "testimonios" de la Cuba real. En París VIII un estudiante de Hispánicas me preguntó si en Cuba había una dictadura. Fue la primera vez que alguien me lanzaba la palabra en la cara y me quedé sin aire. El “estudiante de Derecho” −el agente de la seguridad que me acompañaba−, respondió por mí: “Sí, en Cuba hay una Dictadura. Y se quedó unos segundos en silencio para rematar: "la Dictadura del Proletariado”. En el intervalo entre una oración y otra casi muero de asfixia. Alguien del grupo tiró a choteo el debate concluyendo: “en Cuba no hay una dicta−dura, chico, lo que hay es una dicta−blanda” (no recuerdo si a los franceses les pareció simpático esto). A la salida, alguien se atrevió a bromear con la que respondió: en realidad tú quisiste decir que lo que tenemos es una "dieta blanda", ¿no?.

Otro universitario nos preguntó que si la gente tenía “coches”; seguramente estaba informado de la proverbial falta de gasóleo de entonces. Esta vez respondió una dirigente de la Juventud Nacional. Dijo con sosegada seguridad que sí, ¡que claro que había coches!. Casi todos los cubanos tenían un “forever” parqueado frente a sus casas. Sólo nosotros entendimos el chiste: "forever” era la marca de las bicicletas chinas vendidas en Cuba.
Como en "La vida es bella" hay cosas que sólo pueden ser explicadas y sobre-vividas con infinitas cuotas de humor.

martes, 19 de octubre de 2010

LA VIDA DE NOS-OTROS



Mi hermano me ha regalado estos fragmentos de su niñez para mi blog. Los comparto con mis lectores, desde la emoción de saber que un recuerdo puede ser un poderoso artilugio para resistir −aunque no sepamos muy bien hacia dónde nos llevan estos caminos de la “resistencia”.
Siempre se nos ha dicho que para sobrevivir en el exilio había que atravesar el Leteo; ahogarse en sus aguas, y renacer en la otra orilla sin la pesada carga de los recuerdos. (Tomarse "la coca-cola del olvido", dice una canción de salsa). Yo me niego a esta operación de asepsia, por demás consumista. Yo no crucé el río −tampoco mi hermano− con la promesa de nadar por aguas sin pasado, límpidas, incontaminadas. Mis días no son más luminosos desde que recupero mi infancia con las palabras del presente, y construyo esa ficción del pasado que disfruto para saber que cada cosa está en su sitio: técnica mixta de recorte. Pero tampoco son menos luminosos −como algunos amigos me han sugerido.)

Por lo demás, no siempre estaremos bajo tierra, hermano. Un país no puede ser un cementerio tan vasto, tan desolado.

Para leer "Somos más que 33",haz click aquí

domingo, 17 de octubre de 2010

[23] Viaje sin fotos



El primero de mayo de 1993 cien cubanos maquillados con la ansiedad subían las escaleras mecánicas del aeropuerto internacional “José Martí” de La Habana, muchos por primera vez. Por primera vez unas escaleras mecánicas, un aeropuerto, un avión, y algunos, quizás, por última.

Yo sería una de aquellas cien piezas que volaría con destino a Francia dentro de una delegación diversa, con nombres conocidos de la cultura y la política cubanas; con unos 25 segurosos, y con gente de muy diverso origen: un machetero sobrecumplidor que le costaba entender qué hacía en la ciudad de la luz -y que en unos de los paseos nos enseñó, orgulloso, un retrato que se había hecho con el mismísimo Michael Jackson, y que cuando le explicamos que se trataba de un imitador casi regresa a matar al individuo-, estudiantes de varias universidades del país, obreros, "gente simple", muchos que sencillamente hacían el nada heroico papel de cumplir con su trabajo y que por eso eran premiados, y otros que estaban 100 % comprometidos, no sólo con la Revolución, sino con la "lucha": la que aseguraba la posibilidad casi milagrosa de vivir en Cuba y poder viajar.

Yo estaba en el grupo porque, como saben los que me leen, era -para decirlo en buen cubano-, una "comecandela". Con el viaje premiaban todo mi desempeño pioneril de muñequita ventrílocua que, por suerte, tal parece que había sido programada con fecha de caducidad cercana: ya empezaba a estar "fuera de revolución" (o sea, ya se me empezaba a oír mal, lenta y ruidosamente) y una vez en la Universidad no se me oiría más.

Mi hermano fue a despedirme al aeropuerto y ya debíamos embarcar, aunque yo no me atrevía a despegarme; y venga otro abrazo, y venga una última pregunta, y todo porque le tenía un miedo atroz a aquellas escaleras con vida propia que no paraban de moverse tras mis espaldas y que presentía que me comerían los pies, y que poco a poco devorarían todo el cuerpo como un alien mecánico. Hasta que tuve que girar y mirar al monstruo de frente y ascender, trastabillante y aterrada.

Ascender, creo que esa es la palabra que podría definir mi viaje a París con 17 años -aunque tenga una reminiscencia positivista que asusta. Sé que "ascendí" sencillamente porque, a mi regreso, descendí violentamente: creo haber sentido este descenso psicológico casi de manera física. Me caí en un abismo, en una abulia de la que tardaría en recuperarme. Desde el aeropuerto hasta mi casa, en Pinar del Río, transité por una oscurísima y desolada autopista en una "guagua" de lata a punto de desarmarse, y aquella oscuridad de montes sin pueblos y de pueblos sin luces me heló los ideales junto al frío de la madrugada. Tal fue mi desencanto con esa Cuba oscura a la que retornaba que intenté no regresar al preuniversitario con la excusa de que necesitaba redoblar los estudios, dada la cercanía de las pruebas de ingreso a la Universidad.
Esperaban que hiciera públicas mis experiencias en un Matutino General y me negué rotundamente. ¿Qué decir que fuese políticamente adecuado y que, a la vez, no traicionara mis recuerdos? ¿Con qué palabras contar que, mientras mis colegas comían sopa de arroz, yo me tomaba un café en "Deux Magots" soñando con Verlaine y Rimbaud? Hay experiencias que no tienen equivalencias o traducciones, sobre todo porque aquello se salía del discurso memorizado, de todo esquema mental. Era la experiencia de haber vivido, por primera vez, una fractura con lo cotidiano. Tampoco hablé del viaje en mi aula de Letras. Pocos supieron, mientras veíamos en las diapositivas "La Libertad guiando al pueblo" de Delacroix, que yo había estado clavada frente al cuadro como hipnotizada, tratando de entender el valor de la muerte y de la bandera en una mano de mujer.

Viajé con la certeza de que el 'afuera’ sería ese mundo hostil de motines y policías represores, o poblado de seres que debían vivir con la perenne culpa del Conquistador. Los europeos debían ser unos vampiros que se relamían las bocas después de chupar la sangre de esas “venas abiertas de América Latina” -salvo los que nos invitaban a Francia, claro- y que me podrían morder y ya para siempre convertir a su religión de gula y despilfarro (estas plagas estaban muy bien controladas en Cuba gracias a la miseria cotidiana). Iba preparada para ver las dos orillas del Capitalismo: la riqueza extrema y la pobreza extrema. El príncipe y el mendigo.

A mi regreso, mis amigos más cercanos querían saber si había visto muchos pobres en la calle pidiendo limosnas; nadie preguntaba por la Venus de Milo auténtica y mucho menos por las gárgolas de Notre Dame: aquello era un adorno superfluo del viaje que podía leerse en cualquier manual turístico. Cuando les decía que había visto algunos indigentes, pero más bien pocos, zanjaban su descolocación con un “te enseñaron lo que les convenía”. Esto era en 1993. Ahora los niveles de indigencia en Europa han aumentado considerablemente. Y en Cuba ya casi nadie preguntaría esto; más bien intentarían comprender la insensatez de mi regreso. El otro tema predilecto giraba sobre la comida: qué, cuánto, cómo. Más que las texturas, interesaban las cantidades.

La gigante maleta sin ruedas −y con remiendos hogareños− iba vacía de ropas (con la esperanza de que regresara llena), pero en sus espacios libres estaba muy bien acomodada la ansiedad que me generaba el viaje. En un pequeño manual escrito en mi memoria tenía algunas reglas paranoicas que justificaban mi espanto:

1. No hablar con intrusos −cualquiera que se me acercara para entablar un diálogo podía clasificar en esta categoría. El ‘intruso’ podía pertenecer a una mafia de prostitución, y de repente, me vería exhibiendo mi delgado cuerpo en un miserable burdel de Bangkok. (A esa conclusión llegué cuando comprobé que mi mercadería no sería apetecible en Pigalle: aunque se viva en una isla no hay que tener delirios de grandeza)

2. Agarrar las maletas como si fuese un pulpo. La tira del bolso me la enrollaba en la mano, habiéndole dado antes una vuelta en el cuello, de tal manera que si intentaban arrancarme el bolso, o me ahorcaban o me llevaban con él. Por las calles de París, parecía una hiedra enrollada a mis pertenencias.

3. No dejar nunca el dinero en el hotel, donde habría mucamas que lo registraban todo. Salir con él a cuestas pero nunca guardado en un solo lugar, sino disperso por varios sitios del cuerpo: por las piernas −me lo ponía dentro de las medias y bajo la plantilla de los zapatos− y en la ropa interior (y ¡ojo!, no dentro del sostén como las abuelas porque si me ponía un jersey de cuello alto, a la hora de pagar tendría que desnudarme y, más allá del espectáculo, podría pescar un resfriado). Durante todo el viaje fui una alcancía viviente, sin IVA ni tasas de interés.

4. No separarme del grupo. El grupo debía ser la prolongación de mi cuerpo. De hecho, subir las escaleras mecánicas del aeropuerto fue el último acto de soledad que hice; a partir de ahí dejé de ser una entidad para integrarme a la manada bulliciosa que ratificaba, a golpe de aullido, su identidad “cubana”. Como unos búfalos que pastan inofensivos pero que se vuelven temibles a la desbandada, cuando transitábamos por las calles de París arrastrábamos a los transeúntes con el sonido ensordecedor de nuestra algarabía. Y los franceses se molestaban, estallaban de la ira...

5. No ir a los baños de los sitios que visitáramos -y mucho menos al del aeropuerto francés, sobre todo en el regreso−, porque una mano salida de no se sabe dónde, clausuraría la puerta y me quedaría para siempre perdida en Francia. (Los enemigos de la patria dirían después que me había quedado por voluntad propia, y que dentro del grupo de comunistas había una joven desertora).

Las reglas ideológicas estaban almacenadas en otro lado de mi cerebro y trataba de no mezclarlas con éstas que eran de pura sobrevivencia, porque si no, podía enloquecer y pensar que en vez de un ladrón vulgar, quien me robaría la maleta podía ser un agente de la CIA.

Para estas reglas hubo su tiempo de aprendizaje.

Unas semanas antes nos quedamos en un hotel de La Habana −también era la primera vez que pisaba un Hotel diseñado exclusivamente para turistas, con piscinas y karaoke y jineteras sentadas en las piernas de gordos italianos; la próxima vez sería cuando mi luna de miel−. Debo decir que fui feliz en aquellos días de vacaciones semilujosas que no llegaban a tener la extrañeza radical de Francia. Allí comíamos en un buffet libre y pude paladear un bistec sin la mala conciencia de estárselo quitando a mi abuela −el plato suculento de aquellos años eran las hamburguesas de “ave” −de averigua.
Allí nos dieron las instrucciones políticas mientras íbamos consolidando nuestra pertenencia a la manada. Durante este tiempo nos llevaron a algunas fábricas en activo (sólo recuerdo a Antillana de Acero), a Expocuba −donde nos dieron infinitas explicaciones en torno a los logros de la productividad cubana−, y al Hospital Hermanos Ameijeiras. Y por las tardes nos aleccionaban en un aula improvisada: qué decir, qué responder si alguien nos “provocaba” en los variados encuentros que tendríamos. Nos explicaron con letra de molde cómo era el proceso electoral cubano − un año antes, en 1992 se había modificado la Ley Electoral y en el 93 andábamos con esa siquitrilla de votar todos por todos. Anotábamos cifras, logros, victorias, y reveses, también convertidos en victorias, todo para disparárselo al enemigo que nos agrediera. (Y en efecto, los “provocadores” no tardaron en aparecer, pero esto lo narraré en otra ocasión. Ahora ando por los preliminares.)

Antes de que nos reuniésemos en el Hotel Panamericano, tuvimos una cita en La Habana para proveernos de la pacotilla necesaria para viajar. En una tienda que almacenaba artículos de muy diverso origen, casi todos "decomisados" en el aeropuerto habanero, nos daban a elegir una de cada cosa que hubiese allí: un pantalón, una falda, un vestido, un par de zapatos -me tocaron unos tenis reebok que me acompañaron por muuuuuchos años-, un juego de ropa interior, un, un, un. Hasta bisutería: pedí un hermoso brazalete de alpaca y nácar que aún conservo, e imagino el dolor de la persona que lo traería como regalo y que le fuera quitado a su entrada en Cuba, quién sabe por qué razones. También me "dieron" una redonda y rosada caja de talco Dior -no podía explicarme cómo no había sido robada, quizás porque el talco no "resolviera" mucho o porque no se sabía demasiado de marcas en aquel momento- y un perfume, un jabón, un pote de champú, un, un, un.

Gracias a esta "compra" de artículos usurpados, cuando camináramos por las calles francesas nadie descubriría que, en realidad, dentro del grupo había una estudiante matancera que, según nos dijeron en las presentaciones oficiales, se había enrolado en las BET (Brigadas Estudiantiles de Trabajo) a pesar de no tener zapatos para trabajar en el campo. Y sin zapatos trabajó y por eso la premiaban con la ciudad de los famosos zapatos de Christian Louboutin...

De ese, mi primer viaje fuera de la Isla, no tengo ni una sola foto que mostrar. Me negué a llevar al país de la luz la cámara rusa de mi padre que pesaba una tonelada. Pero tengo recuerdos emocionales, reminiscencias de sabores y olores que, de todas formas, no hubiera podido retratar.

Continuará